Me encuentro detestando mi casa. Más que nada durante la noche.
Cualquier palabra que pronuncie se escuchará incluso en mi oscuro clóset, sin importar que todas las puertas estén cerradas y selladas.
Cada puerta de madera, al moverla tan solo un pelo, provoca un estruendo.
Todas las sillas se interponen en mi camino para ser golpeadas, y provocar sonidos que me hacen lamentar el hecho de que siga pateándolas sin querer.
El más mínimo movimiento que realice sé que hará que los objetos se expresen con sus lenguajes particulares.
Sigo aquí, casi cada noche sin poder dormir. Tengo la maldición de ser productivo a altas horas de la noche y no poder avanzar en lo que hago al saber que estoy despertando a los demás habitantes de mi hogar, quiene sufren del más ligero de los sueños.
Detesto comer galletas por el ruido, me limito a escuchar música clásica calmada y en volúmenes imperceptibles, a moverme con más cuidado de lo que acostumbro, a tratar las madera como si se tratara del más fino cristal y a las bolsas de plástico como dinamita.
"Ten cuidado," me susurro a cada momento, mientras frunzo el ceño al pensar en mis aparentes desdichas.
¿Por qué vivo aquí, si así no puedo progresar?
¿Merezco este castigo por todo en lo que he reincidido?
¿Es el karma el que me encuentra vestido?