31 julio, 2015

Cuestión de ayer.

A veces es necesario detenerse por completo y pensar qué es lo que uno quiere de las acciones que realiza.
A esa conclusión llegué en una conversación nocturna que tuve con mi hermano, uno de estos días. Suelo agobiarlo con preguntas pseudo filosóficas que tienen raíces en problemas que acontecen la vida de una persona cercana, de un intento de personaje o en la mía.
Sin afán de darle más vueltas a algo que ni es móvil y no se trata de un círculo, tras mucho tiempo (si tarda más de dos semanas es mucho tiempo) de vivir acongojado por la sombra de lo que pudo suceder, o de lo que sí sucedió, o de las diferentes interpretaciones que surgen desde una sola cosa.
Pero en ocasiones es más difícil eliminar algo inexistente a desaparecer un objeto.
¿Algo inexistente? Algo intangible, mejor dicho, una cosa inmaterial.
Le dediqué más noches de insomnio de las imaginadas a conversaciones que, podría jurar, nunca tomarán lugar. Pasaron tantas horas de discusiones sobre ello que mis oídos se cierran cuando escuchan mi parloteo porque saben que no saldrá nada nuevo de ello. Y hay una enorme roca ubicada sobre mí que impide el movimiento de la persona que está atorada debajo. Una persona harta de estar así.
Tras tanto tiempo de mirar pantallas vacías hasta que los ojos ardían, de agitar con ansiedad el celular porque quizá así se obtendría una respuesta más rápida y de asimilar el hecho de que a veces la otra persona tiene razón en cometer las acciones que destrozan lentamente lo que se tenía antes, mientras se sigue cometiendo una y otra vez el mismo error, resulta que se necesita ver las cosas como son, actuar como se debe actuar y dejar las cosas donde deben estar.
Partes tendrán que irse, sobre todo aquellas que impiden el movimiento de los implicados, como la enorme roca que tenía encima.
Otras se quedarán, como aquellas cicatrices que permanecen en el cuerpo después de un accidente. Algunas se desvanecen y existen aquellas que permanecen, pero si se van o si se quedan deja de importar cuando uno se concentra en analizar qué es lo que dejan.
Están aquellas sobre las cuales no existe un control. Al igual que las cicatrices, habrá que vivir con ellas. El simple hecho de que sean incontrolables implica que aceptemos su naturaleza y que actuemos conforme a ella, si es que vuelve a intervenir.
Mirando hacia atrás es evidente el grito de auxilio que hace mi cabeza: "¡qué no ves todo lo que arruinaste! ¡Todo lo que en este momento tendrías si hubieras actuado de manera diferente! Mira lo que dejaste ir".
Lo que no me dice esa dichosa cabeza es que hay cosas que son de uno, hay algunas de dos y otras involucran más seres intermedios. Esta cuestión trata de dos, y cada uno tomó sus decisiones, cabeza. No todo tiene un significado específico en esta vida, pero las acciones tienen un propósito.
Vaya que a veces este mundo puede ser un lugar solitario, pero es más triste cuando ves que tus ojos deciden estar cerrados por miedo a enfrentarse a lo que les regale la traicionera vista.

11 julio, 2015

Él. Sí: él.

Me siento bien y no me siento bien al mismo tiempo.
Tener una relación siempre ha implicado trabajo, paciencia y comunicación.
Ésta última ha sido un punto débil en la relación que tuve con un chico muy increíble hace unos meses. Todo comenzó cuando, estando en la beca, en otro país -en otro continente, incluso-, teníamos problemas de conectividad que nos separaban un poco.
Una vez resuelto el asunto de la conectividad, no estaba todo el tiempo pegado al teléfono intentando hablarle, más que nada por la diferencia de horarios y por la carga de trabajo, pero siempre me bromeaba diciendo que debería disfrutar, que debería dejar el teléfono por un rato. Siempre decía que lo haría, y no lo hacía en realidad, pero me sentía bien al no hacerlo porque lo sentía cerca.
Llegó el día del primer viaje fuera de la ciudad donde tenía la residencia y, en la mañana, le dije que no me podría conectar mucho a lo largo del día. Bromeé diciendo que ahora sí le haría caso al no conectarme tanto.
Sobra decir que ninguno entendió el mensaje del otro, y lo que me terminó entendiendo fue que le hacía demasiado caso y que necesitaba un tiempo. No necesitaba un tiempo, quería que supiera que podría desconectarme un rato, así como parecía que me lo pedía antes.
Terminó conmigo en esa misma llamada telefónica. Me dijo que pensaba que yo era una persona madura, que tampoco estaba listo para una relación, que ya se había hartado de todos los dramas que le hacía y de hacer las cosas solo a mi manera. Era su ira respondiéndome.
Habían pasado dos semanas desde que estuve fuera, y justo elegí la mañana siguiente del día en que cumplíamos el primer mes de novios para hacer esa llamada. Lo peor es que, para él, todavía era nuestro día del mes.
Fue el viaje más extraño de mi vida. Durante las dos horas que pasaron en el autobús de ida, no dejé de llorar. Llegando allá, pretendiendo que nada pasara, mis compañeros notaban que era "yo sin ser yo". Anduve caminando de un lado a otro, me alejé de todos, me subí a juegos mecánicos a los que ni siquiera me atrevería a ver y procuré estar ocupado durante todo el tiempo, con tal de no volver a llorar. La verdad es que no recuerdo más que eso del viaje. Todo es una nube oscura.
Al día siguiente, tenía un mensaje suyo. Resentido. Fastidiado de mí. Lo había destrozado.
Intentamos regresar, pero era evidente que teníamos miedo de volver a caer. Intenté estar demasiado encima de él, y me respondía con indiferencia. Él atacaba con palabras hirientes y con bromas que señalaban todos los errores que él creía que yo cometía. Terminamos. Volvimos a intentarlo una segunda vez, pero volvimos a acabar igual.
Tuve esta conversación en mi mente una y otra vez:
-Entiende, está teniendo muchos problemas allá.
-¿Y por eso se debe desquitar conmigo?
-No, eso está mal. Pero ve cómo estás reaccionando.
-¿Cómo quieres que reaccione? Se enoja porque no le hago caso y ahí estoy esperando horas a que me responda un solo mensaje. Destruye las cosas que le doy. Ni siquiera hace caso a los miles de videos que le envié a diario para que me sintiera cerca y, de los que ve, solo comenta lo gordo que me veo, lo mal que me escucho y lo feo que estoy vestido.
-No le hagas caso y ya, entonces.
-No puedo. Me importa muchísimo.
-¿Entonces?
-No quiero estar así. Lo quiero.
-Sabes que él te quiere. Pero le hiciste daño.
-Él también me hizo daño. Me lastimó.
-No se trata de eso.
-¿De qué se trata, entonces?
-De entender qué es lo que sientes. No le vas a solucionar sus problemas porque simplemente no puedes y no te corresponde, pero puedes apoyarlo.
-¿Y si no quiere mi apoyo?
-Entonces no lo necesita. Entiéndelo también. Tú propiciaste el daño, él lo detonó y ambos lo están perpetuando.
Fueron dos meses y medio los que estuve fuera. Aún hasta la fecha, sigo queriéndolo. Muchísimo.
Nos hemos visto unas cuantas veces. La primera fue devastadora, pero hablamos con la verdad. La segunda dolió, porque a sabiendas que me quería, dijo que no quería volver conmigo. La tercera fue frustrante, porque me di cuenta de que no podía verlo sin querer estar con él, no podía pretender ser "un amigo" cuando en realidad soy todavía "un ex".
La cuarta fue como una primera cita con un chico increíble. Hablamos de otras cosas, reímos, bromeamos, y nos sentimos bien. Fue increíble.
No sé qué pasará con nosotros. Ahora veo que le hice mucho daño, pero también que él también me lastimó. No dijimos las cosas correctamente desde un principio, pero ninguno hizo un verdadero esfuerzo por escuchar al otro. Él está harto de tantos problemas y no necesita que esté ahí generándole dramas. Y francamente estoy cansado de que me culpe por "hacerle tantos dramas".
Sin embargo, ¿vale la pena quedarse en eso? ¿Perderse de todas las cosas que podemos disfrutar por discusiones que no llevan a nada?

Cuando lo veo, me doy cuenta de que en verdad lo quiero, y que en verdad me quiere.
Y somos personas difíciles que a veces no se entienden, pero sé que él es una persona que en verdad vale la pena. Y sé que valgo la pena para él.