28 enero, 2014

Sucesores.

Querido diario de un chico que lleva demasiado tiempo confundido y ya no sabe cómo es sentirse no-confundido: no sé si quiero tener hijos algún día.
La pregunta ha surgido bastante, como un tema de emergencia para evitar el silencio en una reunión entre amigos, con mis familiares a la hora de la comida, o en una cita con un interés amoroso en potencia. Siempre está presente la incógnita de cómo te imaginas tu vida como padre (o madre, ya sea el caso).
Cuando era más joven (léase en la preparatoria), decía que quería tener un par de hijos gemelos, o lo típico: un hijo y una hija.
Tras descubrir mi sexualidad, la respuesta tuvo que adaptarse y contestaba que adoptaría hijos "porque no me agradaba pensar en la gran cantidad de niños que viven en la calle o en condiciones de vida deplorables".
Luego de desarrollar un poco de sentido del humor, la respuesta hasta hora ha sido que quiero un hijo de raza negra y una niña oriental, o una niña de raza negra y un niño oriental, y la seriedad con la que respondo depende de cómo esté el clima.
Sin embargo, hasta principios de este año, precisamente cuando me di cuenta que ya estaba en una relación con el chico con quien se supone que salgo en este momento, fue cuando me di cuenta de que en realidad no me había planteado en serio eso de tener hijos en un futuro.

26 enero, 2014

Silencio.

Mi papá lo sabe, casi estoy seguro.
Durante todo el día, desde que llegó hoy con mi mamá, no me ha dirigido la mirada. Se limita a observarme con desaprobación, atacándome con la vista, y sé que evita aún más que yo el momento en el que se tengan que jugar todas las cartas al frente.
Casi puedo jurar que en efecto leyó el contenido de los escritos que mantenía dentro de un cajón.
No me preocupo por el hecho de la vasta información poco útil que contienen, pero la página en la que estaba abierta la libreta cuando la encontré es la única de todo el compendio de hojas que querría ocultar. Al menos ahora esta bajó mi colchón, mientras encuentro un mejor lugar para ocultar eso.

25 enero, 2014

Los fuegos de Pompeya.

No es secreto que guardo escritos por doquier. Mis cuadernos están llenos de ideas que tengo sobre historias, entradas de blog y hasta poemas o dibujos, y a veces tengo que borrarlos para que mis maestros no los vean. La aplicación que más utilizo en mi celular es "Notas". Escondo papeles entre libros, cajones y roperos, todos con algo pequeño que anoté para que no quede en el olvido. Tengo unos cuantos cuadernos dedicados específicamente para ello, aunque normalmente comiencen siendo libretas de notas escolares.
Había perdido hace tiempo uno de esos cuadernos. No me dio importancia porque recordaba que su contenido no era revelador ni delatador. No me preocupé.
Esta mañana, cumpleaños de mi mamá, me sentí mal porque no alcancé a mi progenitora para darle un abrazo antes de que fuera con mi papá a un curso sabatino, así que me dediqué a limpiar, comer, ir a la tienda en pijama por unos encargos de mi hermana y ver Doctor Who con mi hermano.

21 enero, 2014

Música clásica.

Escucho música de Tchaikovsky. Como galletas de canela con yogur de durazno, aunque hubiese preferido que éste fuera de frutas y cereales. Bebo agua y, al mirar a mi alrededor, me siento como todo un psicópata consumado, observando fijamente a mi próxima víctima, mientras ésta danza alrededor mío, sin estar consciente de que pronto dejará de tener vida.
Cierro los ojos y al abrirlos han pasado cinco minutos. Es extraño, dormí bastante bien la noche anterior, no me debería sentir así.
Cansado. No, agotado.
En lugar de estar postergando las miles de lecturas que debo realizar, pierdo el tiempo como siempre, mientras anhelo estar viendo una película, una serie de televisión.
Me pregunto qué estará haciendo aquel chico. Dormido, a juzgar por la hora.
¿Seguirá pensando en mí con el mismo afán?

19 enero, 2014

Ilusiones.

En ocasiones como ésta, en las que trato sin éxito de terminar los problemas de trigonometría que mis compañeros me pedirán y tardarán máximo media hora en copiar mi esfuerzo de dos días, son únicas. Estoy harto de todo, quiero golpear a mis vecinos por tener la música a todo volumen, y comienzo a divagar entre las esquinas de mi mente.
De manera muy extraña, momentos como éste, para mí, son ideales para reflexionar. Mientras mi mano trabaja en modo automático, trazando garabatos incomprensibles y apresurados, mi cabeza escoge un tema y da vueltas alrededor de él.
Estoy gratamente sorprendido porque no he pensado tanto en películas, en comida o en el hecho de que no he limpiado mi cuarto, pero mi mente no deja de pensar en una sola cosa: ¿en verdad quiero tener una relación?

03 enero, 2014

Y aún me cuesta creerlo.

Querido diario de un chico homosexual que trata de no arruinar su primera relación que parece que va en serio: los gays somos personas que tendemos a mentir compulsivamente. Estamos duramente entrenados y capacitados para ello.
Tras años de negación interior, de debates profundos y tumultuosos, de sueños imposibles que se ven destruidos día a día por el miedo de que alguien te juzgue por una pequeñísima parte de sí mismos (y que a la vez paradógicamente consume la mayoría de los pensamientos del individuo una vez que existe la duda), terminamos convirtiéndonos en máquinas preparadas para salir de cualquier apuro con una pequeña mentira.
Lo que comienza con una situación en la que pones de excusa a una amiga para poder salir con un individuo al cual uno siente cierto grado de atracción, puede llegar a terminar en la creación de una historia mucho más compleja con tal de poder pasar la noche en casa de un sujeto.
Aprendes a amar la mentira, a hacerla parte de tu vida y a darte cuenta de que, mientras esas pequeñas invenciones te sacan de tantos apuros con tan solo abrir la boca y dejar salir unas cuantas palabras arregladas, terminan convirtiéndose en un hábito, en una droga.