Me siento bien y no me siento bien al mismo tiempo.
Tener una relación siempre ha implicado trabajo, paciencia y comunicación.
Ésta última ha sido un punto débil en la relación que tuve con un chico muy increíble hace unos meses. Todo comenzó cuando, estando en la beca, en otro país -en otro continente, incluso-, teníamos problemas de conectividad que nos separaban un poco.
Una vez resuelto el asunto de la conectividad, no estaba todo el tiempo pegado al teléfono intentando hablarle, más que nada por la diferencia de horarios y por la carga de trabajo, pero siempre me bromeaba diciendo que debería disfrutar, que debería dejar el teléfono por un rato. Siempre decía que lo haría, y no lo hacía en realidad, pero me sentía bien al no hacerlo porque lo sentía cerca.
Llegó el día del primer viaje fuera de la ciudad donde tenía la residencia y, en la mañana, le dije que no me podría conectar mucho a lo largo del día. Bromeé diciendo que ahora sí le haría caso al no conectarme tanto.
Sobra decir que ninguno entendió el mensaje del otro, y lo que me terminó entendiendo fue que le hacía demasiado caso y que necesitaba un tiempo. No necesitaba un tiempo, quería que supiera que podría desconectarme un rato, así como parecía que me lo pedía antes.
Terminó conmigo en esa misma llamada telefónica. Me dijo que pensaba que yo era una persona madura, que tampoco estaba listo para una relación, que ya se había hartado de todos los dramas que le hacía y de hacer las cosas solo a mi manera. Era su ira respondiéndome.
Habían pasado dos semanas desde que estuve fuera, y justo elegí la mañana siguiente del día en que cumplíamos el primer mes de novios para hacer esa llamada. Lo peor es que, para él, todavía era nuestro día del mes.
Fue el viaje más extraño de mi vida. Durante las dos horas que pasaron en el autobús de ida, no dejé de llorar. Llegando allá, pretendiendo que nada pasara, mis compañeros notaban que era "yo sin ser yo". Anduve caminando de un lado a otro, me alejé de todos, me subí a juegos mecánicos a los que ni siquiera me atrevería a ver y procuré estar ocupado durante todo el tiempo, con tal de no volver a llorar. La verdad es que no recuerdo más que eso del viaje. Todo es una nube oscura.
Al día siguiente, tenía un mensaje suyo. Resentido. Fastidiado de mí. Lo había destrozado.
Intentamos regresar, pero era evidente que teníamos miedo de volver a caer. Intenté estar demasiado encima de él, y me respondía con indiferencia. Él atacaba con palabras hirientes y con bromas que señalaban todos los errores que él creía que yo cometía. Terminamos. Volvimos a intentarlo una segunda vez, pero volvimos a acabar igual.
Tuve esta conversación en mi mente una y otra vez:
-Entiende, está teniendo muchos problemas allá.
-¿Y por eso se debe desquitar conmigo?
-No, eso está mal. Pero ve cómo estás reaccionando.
-¿Cómo quieres que reaccione? Se enoja porque no le hago caso y ahí estoy esperando horas a que me responda un solo mensaje. Destruye las cosas que le doy. Ni siquiera hace caso a los miles de videos que le envié a diario para que me sintiera cerca y, de los que ve, solo comenta lo gordo que me veo, lo mal que me escucho y lo feo que estoy vestido.
-No le hagas caso y ya, entonces.
-No puedo. Me importa muchísimo.
-¿Entonces?
-No quiero estar así. Lo quiero.
-Sabes que él te quiere. Pero le hiciste daño.
-Él también me hizo daño. Me lastimó.
-No se trata de eso.
-¿De qué se trata, entonces?
-De entender qué es lo que sientes. No le vas a solucionar sus problemas porque simplemente no puedes y no te corresponde, pero puedes apoyarlo.
-¿Y si no quiere mi apoyo?
-Entonces no lo necesita. Entiéndelo también. Tú propiciaste el daño, él lo detonó y ambos lo están perpetuando.
Fueron dos meses y medio los que estuve fuera. Aún hasta la fecha, sigo queriéndolo. Muchísimo.
Nos hemos visto unas cuantas veces. La primera fue devastadora, pero hablamos con la verdad. La segunda dolió, porque a sabiendas que me quería, dijo que no quería volver conmigo. La tercera fue frustrante, porque me di cuenta de que no podía verlo sin querer estar con él, no podía pretender ser "un amigo" cuando en realidad soy todavía "un ex".
La cuarta fue como una primera cita con un chico increíble. Hablamos de otras cosas, reímos, bromeamos, y nos sentimos bien. Fue increíble.
No sé qué pasará con nosotros. Ahora veo que le hice mucho daño, pero también que él también me lastimó. No dijimos las cosas correctamente desde un principio, pero ninguno hizo un verdadero esfuerzo por escuchar al otro. Él está harto de tantos problemas y no necesita que esté ahí generándole dramas. Y francamente estoy cansado de que me culpe por "hacerle tantos dramas".
Sin embargo, ¿vale la pena quedarse en eso? ¿Perderse de todas las cosas que podemos disfrutar por discusiones que no llevan a nada?
Cuando lo veo, me doy cuenta de que en verdad lo quiero, y que en verdad me quiere.
Y somos personas difíciles que a veces no se entienden, pero sé que él es una persona que en verdad vale la pena. Y sé que valgo la pena para él.