13 diciembre, 2015

Rompiendo las olas.

Vivir cerca de la playa ha sido toda una experiencia, sobre todo en un aspecto: hay tantos lugares, y cada uno vive dentro de un microcosmos que pueden variar brutalmente si te mueves entre uno y entre otro.
Se siente extraño darse cuenta de que, ahora, si la llego a cagar, se supone que no habrá nadie para mí. Por ejemplo, estoy aquí, visitando a mis padres con lo justo para pagar el boleto de regreso en el bolsillo (y para unas frituras qué degustar en el camino). No me preocupo porque me pagarán en estos días y porque acabo de pagar las cuentas de la casa, pero es una sensación diferente a andar por la calle y tener cinco pesos en el bolsillo, hace un año.
Es un mundo feo, pero parece que todos tenemos órdenes de verlo como tal, además de que los mayores intentan que veamos lo peor de todo ello. No es algo agradable, pero en cierta parte se entiende el origen de la idea.
Se siente como si ya hay cosas de las que no puedo escribir aquí, pero también hay cosas que aquí no quiero mencionar. Porque siento que ofendo a personas y porque me parece un acto de cobardía silenciosa. Tengo un cuaderno dedicado a ello, a mencionar vivencias con lujos de detalle, pero entro en un periodo en el que me cuesta trabajo escribir.
Intento escribir ficción y va muchísimo más lento de lo que esperaba.
Soy bueno en el trabajo pero a veces me siento como el peor en el oficio.
Me gusta estar solo, pero pienso en que sería agradable estar con alguien y al mismo tiempo no tanto.
Veo cómo la gente que observo deambula por las calles en busca de compañía, alguien les dijo que ese era el secreto de su felicidad. Van con los ojos absortos en cosas que les ayudan a distraerse de lo negativo, y son felices, o al menos lo pretenden, y me veo pretendiendo ser feliz de vez en cuando, pero no se siente bien.

25 octubre, 2015

Estoy preparándolo todo para ser infeliz.

En estos momentos es cuando se siente mayor el peso de las palabras, de los movimientos y de las acciones.
Gente despidiéndose constantemente por el miedo a morir. Personas que se olvidan de los insignificantes detalles y que están en todo su derecho a sentirse agredidos cuando se los recuerdan. Personas que actúan bajo un esquema que siempre ha funcionado sin hacer ningún cambio en él. Hacer las cosas solo porque es la única manera de hacerlas bien. Ser un idiota. Repetir los errores del pasado como si jamás se hubiesen cometido.
Dicen que esta vida es para quienes están dispuestos a dejar los errores atrás, pero ¿qué sucede cuando no se está particularmente dispuesto a dejarlo atrás por el miedo a olvidarlo todo y volver a caer en tales desdichas? ¿No se está cometiendo un error más grande?
No quiero ser víctima de mi cabeza, pero no ser víctima se siente como un constante escape que me permitirá pretender que todo está bien cuando en realidad hay cosas que no lo están. Lo que no me he atrevido a preguntar es si todo esto importa.

21 octubre, 2015

Tú sabes.

Descubrir que estaba a punto de morir para que la vida me diga que siempre no, retomar una vida que había cambiado de curso por completo porque ya no tenía sentido para olvidarlo todo por completo para disfrutar la inexistencia del ser y tener que viajar a otro continente para darme cuenta de todo lo que iba mal, regresar y encontrar todo incompleto y destrozado en pedazos, intentar reconstruir lo que necesitaba quedarse destruido y volver a empezar desde cero en otro lugar diferente al que solía llamar casa, porque ahora mi casa es diferente, y cuando visito la anterior tengo la sensación de que en realidad ya dejé de pertenecer ahí.
Esto es la versión resumida del 2015, hasta la fecha, omitiendo detalles como interesantes personas que tuvieron que decir "adiós", otras tantas que llegaron con el nuevo comienzo y una gran cantidad de ellas que dieron un giro completo en mi vida. Es un puto caos que me deja con la sensación de que, a partir de varios momentos atrás, las cosas no se detendrán hasta que me muera, explote o ambas.
Ya no soy el chico inseguro y desgraciado que era antes, porque, para empezar, nunca fui desgraciado y lo de inseguro pude no serlo y estar bien (aunque no me di cuenta de ello antes). Ahora soy la persona indecisa que las personas observan bajo una etiqueta de incomprensión, lo cual es no tan desagradable como para ser insoportable, francamente.
Estoy bien, por más raro que sea admitirlo, pero se siente como si no supiera hacia dónde voy, y como si el camino que estoy tomando en este momento fuera un piloto automático que anda por un camino hacia ningún lugar.

31 julio, 2015

Cuestión de ayer.

A veces es necesario detenerse por completo y pensar qué es lo que uno quiere de las acciones que realiza.
A esa conclusión llegué en una conversación nocturna que tuve con mi hermano, uno de estos días. Suelo agobiarlo con preguntas pseudo filosóficas que tienen raíces en problemas que acontecen la vida de una persona cercana, de un intento de personaje o en la mía.
Sin afán de darle más vueltas a algo que ni es móvil y no se trata de un círculo, tras mucho tiempo (si tarda más de dos semanas es mucho tiempo) de vivir acongojado por la sombra de lo que pudo suceder, o de lo que sí sucedió, o de las diferentes interpretaciones que surgen desde una sola cosa.
Pero en ocasiones es más difícil eliminar algo inexistente a desaparecer un objeto.
¿Algo inexistente? Algo intangible, mejor dicho, una cosa inmaterial.
Le dediqué más noches de insomnio de las imaginadas a conversaciones que, podría jurar, nunca tomarán lugar. Pasaron tantas horas de discusiones sobre ello que mis oídos se cierran cuando escuchan mi parloteo porque saben que no saldrá nada nuevo de ello. Y hay una enorme roca ubicada sobre mí que impide el movimiento de la persona que está atorada debajo. Una persona harta de estar así.
Tras tanto tiempo de mirar pantallas vacías hasta que los ojos ardían, de agitar con ansiedad el celular porque quizá así se obtendría una respuesta más rápida y de asimilar el hecho de que a veces la otra persona tiene razón en cometer las acciones que destrozan lentamente lo que se tenía antes, mientras se sigue cometiendo una y otra vez el mismo error, resulta que se necesita ver las cosas como son, actuar como se debe actuar y dejar las cosas donde deben estar.
Partes tendrán que irse, sobre todo aquellas que impiden el movimiento de los implicados, como la enorme roca que tenía encima.
Otras se quedarán, como aquellas cicatrices que permanecen en el cuerpo después de un accidente. Algunas se desvanecen y existen aquellas que permanecen, pero si se van o si se quedan deja de importar cuando uno se concentra en analizar qué es lo que dejan.
Están aquellas sobre las cuales no existe un control. Al igual que las cicatrices, habrá que vivir con ellas. El simple hecho de que sean incontrolables implica que aceptemos su naturaleza y que actuemos conforme a ella, si es que vuelve a intervenir.
Mirando hacia atrás es evidente el grito de auxilio que hace mi cabeza: "¡qué no ves todo lo que arruinaste! ¡Todo lo que en este momento tendrías si hubieras actuado de manera diferente! Mira lo que dejaste ir".
Lo que no me dice esa dichosa cabeza es que hay cosas que son de uno, hay algunas de dos y otras involucran más seres intermedios. Esta cuestión trata de dos, y cada uno tomó sus decisiones, cabeza. No todo tiene un significado específico en esta vida, pero las acciones tienen un propósito.
Vaya que a veces este mundo puede ser un lugar solitario, pero es más triste cuando ves que tus ojos deciden estar cerrados por miedo a enfrentarse a lo que les regale la traicionera vista.

11 julio, 2015

Él. Sí: él.

Me siento bien y no me siento bien al mismo tiempo.
Tener una relación siempre ha implicado trabajo, paciencia y comunicación.
Ésta última ha sido un punto débil en la relación que tuve con un chico muy increíble hace unos meses. Todo comenzó cuando, estando en la beca, en otro país -en otro continente, incluso-, teníamos problemas de conectividad que nos separaban un poco.
Una vez resuelto el asunto de la conectividad, no estaba todo el tiempo pegado al teléfono intentando hablarle, más que nada por la diferencia de horarios y por la carga de trabajo, pero siempre me bromeaba diciendo que debería disfrutar, que debería dejar el teléfono por un rato. Siempre decía que lo haría, y no lo hacía en realidad, pero me sentía bien al no hacerlo porque lo sentía cerca.
Llegó el día del primer viaje fuera de la ciudad donde tenía la residencia y, en la mañana, le dije que no me podría conectar mucho a lo largo del día. Bromeé diciendo que ahora sí le haría caso al no conectarme tanto.
Sobra decir que ninguno entendió el mensaje del otro, y lo que me terminó entendiendo fue que le hacía demasiado caso y que necesitaba un tiempo. No necesitaba un tiempo, quería que supiera que podría desconectarme un rato, así como parecía que me lo pedía antes.
Terminó conmigo en esa misma llamada telefónica. Me dijo que pensaba que yo era una persona madura, que tampoco estaba listo para una relación, que ya se había hartado de todos los dramas que le hacía y de hacer las cosas solo a mi manera. Era su ira respondiéndome.
Habían pasado dos semanas desde que estuve fuera, y justo elegí la mañana siguiente del día en que cumplíamos el primer mes de novios para hacer esa llamada. Lo peor es que, para él, todavía era nuestro día del mes.
Fue el viaje más extraño de mi vida. Durante las dos horas que pasaron en el autobús de ida, no dejé de llorar. Llegando allá, pretendiendo que nada pasara, mis compañeros notaban que era "yo sin ser yo". Anduve caminando de un lado a otro, me alejé de todos, me subí a juegos mecánicos a los que ni siquiera me atrevería a ver y procuré estar ocupado durante todo el tiempo, con tal de no volver a llorar. La verdad es que no recuerdo más que eso del viaje. Todo es una nube oscura.
Al día siguiente, tenía un mensaje suyo. Resentido. Fastidiado de mí. Lo había destrozado.
Intentamos regresar, pero era evidente que teníamos miedo de volver a caer. Intenté estar demasiado encima de él, y me respondía con indiferencia. Él atacaba con palabras hirientes y con bromas que señalaban todos los errores que él creía que yo cometía. Terminamos. Volvimos a intentarlo una segunda vez, pero volvimos a acabar igual.
Tuve esta conversación en mi mente una y otra vez:
-Entiende, está teniendo muchos problemas allá.
-¿Y por eso se debe desquitar conmigo?
-No, eso está mal. Pero ve cómo estás reaccionando.
-¿Cómo quieres que reaccione? Se enoja porque no le hago caso y ahí estoy esperando horas a que me responda un solo mensaje. Destruye las cosas que le doy. Ni siquiera hace caso a los miles de videos que le envié a diario para que me sintiera cerca y, de los que ve, solo comenta lo gordo que me veo, lo mal que me escucho y lo feo que estoy vestido.
-No le hagas caso y ya, entonces.
-No puedo. Me importa muchísimo.
-¿Entonces?
-No quiero estar así. Lo quiero.
-Sabes que él te quiere. Pero le hiciste daño.
-Él también me hizo daño. Me lastimó.
-No se trata de eso.
-¿De qué se trata, entonces?
-De entender qué es lo que sientes. No le vas a solucionar sus problemas porque simplemente no puedes y no te corresponde, pero puedes apoyarlo.
-¿Y si no quiere mi apoyo?
-Entonces no lo necesita. Entiéndelo también. Tú propiciaste el daño, él lo detonó y ambos lo están perpetuando.
Fueron dos meses y medio los que estuve fuera. Aún hasta la fecha, sigo queriéndolo. Muchísimo.
Nos hemos visto unas cuantas veces. La primera fue devastadora, pero hablamos con la verdad. La segunda dolió, porque a sabiendas que me quería, dijo que no quería volver conmigo. La tercera fue frustrante, porque me di cuenta de que no podía verlo sin querer estar con él, no podía pretender ser "un amigo" cuando en realidad soy todavía "un ex".
La cuarta fue como una primera cita con un chico increíble. Hablamos de otras cosas, reímos, bromeamos, y nos sentimos bien. Fue increíble.
No sé qué pasará con nosotros. Ahora veo que le hice mucho daño, pero también que él también me lastimó. No dijimos las cosas correctamente desde un principio, pero ninguno hizo un verdadero esfuerzo por escuchar al otro. Él está harto de tantos problemas y no necesita que esté ahí generándole dramas. Y francamente estoy cansado de que me culpe por "hacerle tantos dramas".
Sin embargo, ¿vale la pena quedarse en eso? ¿Perderse de todas las cosas que podemos disfrutar por discusiones que no llevan a nada?

Cuando lo veo, me doy cuenta de que en verdad lo quiero, y que en verdad me quiere.
Y somos personas difíciles que a veces no se entienden, pero sé que él es una persona que en verdad vale la pena. Y sé que valgo la pena para él.

21 mayo, 2015

21 de mayo de 2015.

Te quiero. Es en serio.
Y quiero que seas feliz.
Si se puede conmigo, te lo digo.
Que eres importante para mí.

Y si te hago daño, te lo escribo,
nunca fue con un mal fin.
Lo que mereces y no habías visto
es un infinito para ti.

Pero abre los ojos y ve a tu alrededor,
que el infierno será acogedor y el cielo será frío,
y aunque tú decides el cauce del río,
debes confiar en tu decisión.

Hermoso.
Lindo.
Mi amor.
Te extraño.

Lo sé.
Lo siento.
Te entiendo.
Escucha.

Tardé mucho tiempo en darme cuenta.

Hay muchas cosas en mi cabeza en este momento.
Me duelen las palabras que nos hemos dicho.
Y algunas cosas se van con el viento,
pero otras se han quedado conmigo.

Vivimos en el mismo mundo
pero cada uno lo ve diferente
y el cambio a veces es rotundo,
cuando mis pensamientos no concuerdan con tu mente.

Y tardé en darme cuenta del dolor que provocan las palabras,
las ausencias y el no verte de frente,
pero puedo decir con seguridad
que los momentos que estuve contigo,
todos, cada uno de ellos,
valieron la pena.
Por lo bueno, por lo no tan bueno.
En la oscuridad que me permitía mirarte a los ojos.
Caminando por la calle, platicando en el autobús.
Haciendo que el aire detenga al tiempo
y que el tiempo se eleve con saber que estás tú.

Me sentí seguro de estar contigo.
De vivir las cosas que vivimos.
De ser, contigo.
Te quiero por eso.
Me hiciste muy feliz.
Soy feliz por haberte conocido.
Quiero que seas muy, muy feliz,
sea como sea lo que venga en el futuro.

Y llámame si quieres que esté ahí.
Quiéreme si es lo que sientes.
Olvídame si así lo necesitas.
Toma la mejor decisión y permite que el tiempo intervenga,
pero no te arrepientas de nada,
que la vida será corta para los humanos,
pero el tiempo es relativo hasta para los desahuciados,
y valió la pena el que pasé contigo,
con tu presencia y tu alma que sentí para mí.

13 mayo, 2015

Allá.

¿Fue un malentendido? Quizá una serie de malentendidos.
¿Tuvieron sentido las discusiones? Ahora no lo parece, pero puede ser que no lo quiera ver.
¿Me arrepiento? De nada sirve.
Lo quiero. Y sé que me quiere. Lo quiero muchísimo, a pesar de las cosas que nos hemos dicho.
Nunca antes en mi vida me había importado alguien así, aparte de mi familia y de mis amigos más cercanos.
No quiero estar así, pensando en las palabras que me dijo y que siguen lastimándome como puñaladas constantes en la cara, recordando los momentos únicos que pasamos juntos consciente de que no volverá conmigo por el daño que le hice, sintiendo cómo una parte de mi mundo se viene abajo mientras me mantengo con la frente en alto.
Sin engañarnos con otras personas. Sin estar hartos el uno del otro. La distancia y la falta de comunicación pudo más que nuestro cariño.
Soy honesto con él, le permití verme en mis peores momentos, y me dijo que no soy la persona fuerte, madura y preparada que parezco ser.
No seré fuerte, pero estoy en un país extraño rodeado de personas desconocidas, y eso no me mantiene encerrado en una habitación oscura ni me desmorono al recordar cualquier detalle sobre mi hogar.
No tomaré siempre las mejores decisiones, pero trato de encontrar la manera de salir adelante aceptando las consecuencias que conllevan, y sé qué es lo que tengo y lo que no tengo, y sigo a pesar del miedo.
Y sé que la vida no se acaba con ésto, y me permito llorar cuando siento que quiero hacerlo, pero no dejo que esas lágrimas detengan mi vida, y estando en la escuela disfruto dar clases con alumnos que hablan muy rápido y con palabras extrañas, y si voy de viaje aprovecho al máximo todo a pesar de que por dentro me desmorono. Y bromeo, y río, y grito, y escribo, y platico, y leo, y sé que este dolor dejará de lastimar en algún momento. Y no importa si llega en unos días o en unos meses, porque fingir que nada sucede solo empeora las situaciones, pero enfrentar las cosas hace que al menos tengan sentido.
Le agradezco por todos los momentos que pasamos, por los malos y por los buenos, pero lo que más le agradezco es que nunca me pidió que dejara de vivir mi vida. Y le deseo lo mejor. No porque lo quiero o por todo lo que hizo por mí, sino porque lo merece.
Sé que estará bien. Probablemente estará mejor que como estaba conmigo. Y sé que encontrará a alguien que sienta al menos lo mismo que yo sentía por él, pero que lo haga sentir como él hubiera querido.
Estaré bien. Estoy bien, a pesar del dolor. Me siento vivo, y vivir en la realidad a veces implica que las cosas no sucedan como uno lo desea. Y me siento triste, pero no es algo que me impida vivir. Pero, no mentiré, hubiera querido ser esa persona para él.
No le quiero decir adiós, y quiero estar allá para platicar las cosas de frente, y espero que ésto tenga solución, pero si no es así, sé que valió mucho la pena conocerlo y, en el camino, conocerme todavía más.

25 marzo, 2015

Nosotros.

Mira, salir con alguien puede ser tan complejo como simple. Es como leer Nueve Cuentos de J. D. Salinger: al principio te puedes dar una idea de lo que va a tratar el cuento, pero mientras avanzas vas descubriendo que no se está hablando de lo que creías que se estaba hablando, o que las cualidades que posee una persona pueden seguir ahí, pero de una forma diferente. A veces es necesario saber el proceso de escritura de la historia para comprenderla, pero también eso implica que tengas que aceptar los errores cometidos en el camino, y aquellos que pueden persistir.
¿Estás dispuesto a vivir con ello? Las cosas no son ni blancas ni negras, pero el tono de gris que se aprecia puede dar miedo, así como todo aquello que desconocemos. Tomando en cuenta que en realidad no sabemos nada, sino que le damos vueltas a concepciones de otras mentes, todo debería dar miedo, sobre todo porque el gris que ven nuestros ojos puede ser oscuros o claros si son vistos desde otros.
Aquí es donde llega un punto muy importante que ha estado dando vueltas en mi cabeza en los últimos días: confiar. No significa que deba escuchar a todo loco que me grite cómo debe funcionar mi mente, ni saltar a un río con cocodrilos porque otra persona no puede verlos, pero me siento bien escuchándolo cuando habla de las cosas que vive, de su punto de vista y de lo que piensa de muchas cosas. No estoy de acuerdo en todas, pero sé, por el resplandor en sus ojos y por la manera cómo mueve su pierna cuando está tratando de encontrar la mejor manera de decir las cosas, que está diciendo su verdad.
Y ahora reafirmo que no hay preguntas difíciles, sino cosas que no son fáciles de aceptar. Que la vida es una y que hay que echar a perder, pero que también debemos estar conscientes de que las consecuencias llegarán y tendrán que ser afrontadas con la misma vivacidad. Que parece que hay malos momentos y malas palabras, pero no hay vuelta atrás. El pasado no se borra, pero se queda con un propósito y no por ello debe de arruinar el presente o el futuro. Que callar en todo momento es tan malo como no dejar de hablar, pero que el equilibrio se puede encontrar. Y que permitirte vivir no implica apagar el cerebro y dejarme llevar por la corriente, sino estar consciente de que hay muchísimas cosas que están sucediendo en este momento, pero nada más algunas resultan relevantes para ciertas personas.
El día de ayer le hice una pregunta a un chico, quien, al responder que sí, se convirtió en mi novio. Fue un momento lleno de viento, ojos cansados, latidos de corazones acelerados y de sonrisas que aparecían sin ser llamadas.
Él dijo que yo ya sabía la respuesta.
Tener historias complicadas con otros chicos, sentir que me estaba fallando a mí mismo, arruinar mis relaciones con amigos y familia, fracasar en el plano laboral, echar cosas a perder e irme por los caminos más oscuros, fueron acciones que, en el momento en que las vivía, carecían de sentido, en un plano más amplio.
En esos momentos deseaba que llegara alguien a indicarme el camino o a darme sino la respuesta entonces una pista de cómo salir de una de esas situaciones. Mientras más lo esperaba, más me daba cuenta de que no hacer nada era peor que atrever a equivocarme, porque al menos al intentarlo aparecían a la vista caminos no tan transitados pero que tenían un destino.
Sé que voy a seguir cometiendo errores día a día; con él, con mis amigos, con mi familia, conmigo. Voy a hacer estupideces y llegaré a pensar que no debí hacer tal cosa o que todo sería mejor si hubiera hecho aquello. Quizá me aleje de mis metas, o me coloque obstáculos para lograrlas. Puede ser que solo me provoque mis propios sufrimientos venideros.
Sin embargo, si mantengo los ojos abiertos y la mente despierta, puedo ver que, aunque no crea en un destino, las cosas a veces te dicen que tienen un propósito por el cual suceden o existen. Y quizá ambos terminemos partiendo por caminos diferentes desde mañana o compartamos toda una vida juntos, no lo sabemos, pero en verdad siento que encontré a la persona correcta para descubrirlo.

01 marzo, 2015

Conversaciones: Solo.

-Deja de beber eso.
-¿Qué?
El silencio reinó en la habitación mientras solo había una persona sentada en ella.
-Es agua -añadió a su pregunta.
-No importa, déjalo.
-Está bien.
El chico tomó la botella y giró la tapa con tanta fuerza que el plástico cedió y la tapadera se rasgó.
-Ahora me la tengo que beber.
-No, qué importa, cubre la botella con un papel o algo así.
-No va a funcionar, se puede ensuciar.
-No es verdad.
-Sí, pueden caerle... no lo sé... partículas.
-¿En serio? Partículas... ¿En serio?
-Sí. O puedo beber el agua y ya.
-No.
-Dime por qué.
-No lo entenderías.
-Lo intentaré.
-Digamos que te da sed.
-No me dará sed si tomo agua.
-Digamos que sucede después de que la termines.
-Bien.
-Ya no vas a tener.
-Estoy cerca de la cocina.
-El garrafón está vacío.
-Voy por uno nuevo.
-No tienes dinero.
-Le pido a mis papás.
-No están.
-Me las ingenio para conseguir agua.
-No puedes.
-¿Por qué?
-Porque no es posible y ya. Imagínalo.
-Bien, no es posible.
-Por eso debes aguantar.
-La tendré que beber en algún momento, de cualquier manera.
-Sí, pero que lo vayas a hacer en algún punto de tu vida no significa que lo tengas que hacer en cuanto puedas.
-¿Por qué?
-Porque hay cosas que merecen vivirse hasta que llega su momento.
-¿Seguimos hablando de la botella de agua?
-Sí.
-No tiene sentido.
-Que no lo veas no significa que deja de existir.
-Tampoco eso tiene sentido.
-Piénsalo.
-No.
-¿Por qué no?
-Porque, lo piense o no, va a ser como esté destinado a serlo.
-Crees en el destino.
-No... lo sé. En verdad no sé.
-Tú no tienes sentido.
-¿Importa?
-Te importó antes.
-Ya no.
-Bien.
El chico volvió a estar solo. En silencio. Alejando al par de mosquitos que buscaban alimentarse para sobrevivir por el resto de sus cortas vidas. Observando los objetos que tenía a su alrededor y pensando que él seguiría igual si la mitad de ellos no existieran con él.

05 febrero, 2015

Honesto.

Tras haber leído bastantes libros -comparando el tiempo que llevamos viviendo el 2015 a otros tiempos-, después de vivir la vida de las personas acostadas y habiendo comprado una rasuradora eléctrica que adivino que usaré alrededor de tres veces en lo que llevo de vida, puedo decir que desde el último sexto del año pasado hasta la fecha he vivido tantos cambios en mi vida que ni siquiera puedo recordar cómo se sentía ser el mismo yo de antes.
Claro, eso te lo puede decir una persona que se esfuerza por contener las lágrimas, las majaderías y la imposibilidad de moverse cuando el doctor te anuncia con todo y pena que tienes una enfermedad crónica que no te matará pero te regala la posibilidad de no ser totalmente independiente, como en aquellos sueños adolescentes que ahora tienen mayor parecido con un amor platónico que con hecho no realizado aún.
Evitando actuar como un pesimista total o como el protagonista de una típica novela popular para adolescentes, trato de agregar una pizca de humor a mis días, agradeciendo a los cielos que "¿cómo va todo en tu año hasta ahora?" no sea una pregunta recurrente en las conversaciones casuales, evitándome la pena de responder "lo mejor que me ha sucedido en el año es que el examen de VIH salió negativo, por lo que la enfermedad que en realidad tengo es menos agresiva, ja, ja".
Bueno, pero esta transición de ser un típico protagonista de una historia de Stephen King en su inerte periodo de la adolescencia a ser Holden Caulfield enfermo ha resaltado en cierto modo el cinismo y el resentimiento que creo que demuestro hacia el mundo, y hay ocasiones en las que me pregunto si estaban ahí en primer lugar. Por ejemplo, he evitado de las maneras más viles e infantiles encontrarme con familiares por el simple hecho de que verme caminar con exesiva lentitud o tener que agarrarme de algo a la hora de pararme y sentarme genera tantas preguntas que estoy dispuesto a gritar "¡pueden dejarme en paz por favor! Antes, cuando era un ser aburrido para ustedes al no generar un tema de discusión más interesante que el clima o sobre lo poco que sucede en mi escuela, era invisible para ustedes, así que, si quieren que hable sobre lo que quieren, no lo lograrán, ¡porque no escucharon cuando tenía algo qué decir!", cada vez que se quieren referir a lo que tengo.
Es molesto, aunque en situaciones en las que te puedes escapar más fácil de las cosas puedes resumirlo, como aquella vez que comencé una clase con "sí, tengo algo, y lo aclaro para que no me pregunten individualmente sobre esto y ahorrarnos la miseria", pero cuando la gente te visita, pregunta por ti o incluso te llama de la nada, sigo pensando en cómo me gustaba cuando no existía y en lo que tiene que suceder para que ello cambie. Comprendo de dónde vienen esas muestras de afecto, que no funcione como los demás no significa que no comprenda lo que hacen, pero me siento Holden Caulfield por dentro, y no me gusta que lo hagan.
He estado pensando y escribiendo bastante sobre eso (en mi cuaderno verde, en algún espacio en blanco dispuesto a ser rayado y ahora aquí), y llegué a la conclusión de que soy un maldito, y desgraciado, y chiflado, y estúpido hijo de perra, y que ya lo era desde antes pero, como suele pasar, algo tuvo que suceder para que mostrara mis verdaderos colores ante los demás. Claro, me encantaría llegar a una reunión familiar diciendo "hola a todos, tengo una enfermedad crónica que a ustedes les provocará la necesidad de preguntarme cincuenta cosas que no responderé, pero también quiero decirles que soy totalmente gay y sobre eso les cuento lo que quieran" tan solo para que me dejaran en paz un segundo, pero eso no es algo que admitiría querer hacer en el pasado.
Entrando en un conflicto interno mientras escribo este montón de incongruencias, lo mejor de esto que me sucede es que ahora siento que comienzo a tener el valor de ser quien soy en realidad. ¿Porque puedo quedar inválido en diez o veinte años? ¿Porque, incluso llegando a los setenta, seré dependiente de un medicamento y de un estilo de vida diferente al agradable que llevaba antes por el resto de mis días?
No. Porque el yo de antes tuvo que morir. Y regresar a él implicaría la muerte. La muerte física. Porque si me detengo ahora sí muero por completo. Y con "morir" ya no me refiero a una muerte interna, del alma, del pensamiento o de la razón. No. Aún tengo miedo de admitirlo, pero han venido a mi mente muchas cosas que tengo miedo que estén aquí: Sylvia Plath, Virginia Woolf, lo que siento cuando escucho a Erik Satie, la rasposa acidez de las despedidas, la sensación de terminar un libro que no fue finalizado, pensar en lo que sucedería si el peor de los casos se convierta en mi caso, o en el hecho de a veces preguntarme por qué sigo con vida.
Pero tengo cosas qué hacer en este mundo. Quiero escribir porque tengo personas cobrando vida en mi cabeza. Quiero ver, quiero leer, quiero escuchar. Y también creo que quiero vivir.

01 enero, 2015

Adiós y hola.

Atorado en mi casa, molestando a mis padres y hermanos y sintiendo que la movilidad poco a poco desaparece de mi cuerpo, este periodo de vacaciones no ha sido particularmente el más relajante, pero me estoy comenzando a sentir... bien... por más extraño que parezca, y aunque estoy consciente de que en seis días tendré que pretender que no me duele ninguna parte de mi cuerpo para regresar a clases.
Estas últimas semanas han sido el epítome de todo el 2014: libros al por mayor (según mi perfil de Goodreads, leí veintisiete, pero sé que fueron poco más de treinta libros), series nuevas que me impresionaron bastante --el final de la segunda temporada de Hannibal sigue estando entre mis horas favoritas de este año--, películas buenas, regulares y decepcionantes, viajes a lugares conocidos, conocer a desconocidos, ver cómo intentan estresarme por cosas que no valen la pena en la escuela y vivir la presión de que a veces no "daré el ancho" y sorprenderme porque me escapo de lo malo de maneras tan simples y anticlimáticas que me decepcionaría demasiado ser un personaje de alguna historia.
Mencionando a Goodreads, esa, la aplicación WhatsApp y mi cuenta de Twitter son las únicas redes sociales que tengo, y con toda franqueza espero que siga siendo así. ¿Por qué? El Facebook es, todavía, una pérdida de tiempo, ante mis soñadores ojos de chocolate amargo. El Google+ aún no resulta de mayor utilidad que este último caso. Usar Grindr hace que sienta que destruyo lentamente mi alma. Sobre los demás, no sé cómo usarlos y el hecho de que esté respirando en estos momentos sin hacer uso de ellos implica que no los necesito. Incluso aún sigo considerando eliminar WhatsApp.  Hay algo que encuentro bastante desesperante de esa red.
En fin, si no tuviera cierto avance sobre un proyecto que tengo por ahí y que en verdad es prometedor, para variar, tengo que admitir que el 2015 comienza similar al 2014... excepto que hace un año no estaba sufriendo un malestar corporal, no tenía tantos libros y me sentía más limpio, menos como una muñeca fea que traen de un lado a otro por ciertos periodos y la dejan otra vez cuando se dan cuenta que hay más muñecas en el exterior.
El simple hecho de un prometedor viaje (si se llega a concretar) y la publicación de un cuento mío en una revista local hacen que el ya presente año sea mejor, habiendo pasado solamente dos horas y tantos minutos. Sin embargo, me queda presente el sentimiento de que trescientos sesenta y cinco días se fueron como si se tratara de un par de simples semanas, y no sé si se trate de algo bueno o no.