07 agosto, 2016

Desde tiempo atrás.

Diecisiete meses atrás, y las cosas eran diferentes.
¿Cómo son las cosas tras despertar de un sueño eterno?
Si ya no me complacen tanto las respuestas sencillas, así que trataré de evitar escribir “difícil”, además de que no ha sido tan difícil, o no lo he sentido así, pero me encuentro en medio de una falta de motivación para ahondar más en este tipo de asuntos. En este tipo y en tipos diferentes.
Dejé de escribir. Por la paz. O, mejor dicho, por la guerra. Porque a veces el hecho de no entrar en el combate es sinónimo de rendirse. A veces, porque para todo hay estrategias que son algo diferente a lo que parecen.
El mundo reclama mi atención en cosas efímeras, abstractas y que no existen, y yo he cedido.
No opongo resistencia.
Sigo con la cabeza apagada porque es más cómodo.
Y lo era para él. Más confortable.
Hace diecisiete meses lo conocí. En un lugar que ya no recuerdo. En un pozo oscuro donde cada quien ve lo que te quieren enseñar y los ojos se contentan con no saber más allá. Un Juan Lastarria que no quería ver, pero que le habló a un Peter Pan cuando le murió su capacidad para soñar, cuando el suelo lo mantenía atado a sus entrañas y el polvo de hadas se convirtió en suciedad.
No quiero seguir cegado.
Quiero ver más allá, pero mentiría si no admitiera que es desgastante mantener los ojos y, más que eso, resulta a veces inútil intentar usar los ojos de otras personas. A veces no hay más que aquello de lo que se está huyendo.