28 septiembre, 2017

Debajo de la capa de ozono, encima del subsuelo.

Es divertido cómo las personas usualmente pensamos que tenemos más control en nuestras vidas de lo que en realidad sucede.
Esto lo escribí tiempo atrás en el blog (si fuese más dedicado a la computación y menos distraído en las cosas a las que doy clic, sabría la fecha exacta, pero no), con esperanzas de ahondar en el asunto o refutar ese punto. Heme aquí, a veintiocho de septiembre de unos cuantos años después, malgastando lo que tengo mi vida y disfrutando de aquello que no tengo, riéndome de las incongruencias mientras trato de hacerme consciente de que soy la más grande de ellas que puedo observar desde mis propios ojos.
Inconsistencias. La falta de seguimiento en el desarrollo de algo.
¿Qué hice de mí en estos días? Me la pasé durmiendo y divagando. He intentado leer pero no logro pasar de la página cinco, de la página seis, me fuerzo a terminar un capítulo.
Fui a cortarme el cabello y me di cuenta de que mis pies quedaban volando, descubiertos, debajo de la capa que me pusieron para no llenarme de pelos. Mis pies, en sandalias que quería mandar a volar, pero que temía desnudar andando descalzos, se quedaron firmes, manteniéndose engarrotados durante todo el rato que estuve en esa silla acolchonada, forrada de una imitación de cuero que a nadie le importa si resulta convincente. El olor a engrudo a punto de pudrirse de un rollo de papel higiénico me mareó; quizá fui el único que se dio cuenta del olor.
(¿Ven eso? ¿"...quizá fui el único"? Véanme asumiendo que tengo el poder, que solo importo yo. Es más difícil conocerse cuando te convences de poner tus barreras entre los ojos y el cerebro, que no entre lo que no se quiere procesar, que no pase lo que pueda resultar problemático).
Salí de ahí, complacido por la obra realizada por el chico que se encargó de liberar mi cabeza de una gran cantidad de cabello, alejándome del local que me cobró más de lo que acostumbro pagar, dirigiéndome hacia la playa, no hacia mi casa.
Había gente bañándose, y otros nada más volteando hacia el mar, como si en verdad no le estuvieran prestando atención.
Quise hablar con el agua. Pretender ser un loco por un rato, o serlo de verdad frente al agua mientras charlaba con la marea, con la oscura arena que estaba por volverse más clara en contraste con el agua tras la puesta del sol; no se veía el sol, y por lo tanto, minutos después, el atardecer no aparecería como siempre: imagino que pasaría, la luz, de ser de día a la noche como si se fuesen terminando de consumir los filamentos de la vela que enciende al sol.
Así se van los días. Como gotas de lluvia que caen en otros lados antes de llegar al suelo. Si es que hay un suelo al cual llegar.
¿Cómo ser libre en este espacio que queda? Al menos se puede aspirar a una libertad horizontal, si hacia arriba y hacia abajo está todo ocupado, en teoría.
Suena como que tengo que hacer un cambio radical, pero la verdad es que tengo miedo de perderlo todo: mis comodidades, mi narcisismo, las oportunidades que tengo, aquellas que pretendo que están ahí, las puestas de sol que ya vi que no siempre suceden, la oportunidad de ir y venir.
Me río en persona porque no tengo nada.

23 septiembre, 2017

Vicios (diario de la perdición, parte II).

Cuando pruebo el cigarro, me sabe a aire con polvo.
Al dejar que salga el humo por la nariz y no por la boca, quema en mis fosas nasales.
Terminando, me queda el sabor que se incrusta el la boca después de tomar mucho café. Ambos son clases distintas de vicios de muchas personas. Se supone que no debo, para nada, consumirlo, nunca en la vida, por mi bien y el de mis allegados, pero cuando no importa nada de esto, lo único que se siente es el morbo de oler en mis dedos una suciedad que no se quita ni con el jabón.

...

Parado, frente al mingitorio, dejé de orinar y sentí que algo subía por mi pecho, desde adentro. Me incliné hacia adelante e hice para atrás la parte inferior de mi cuerpo. Después de varios litros de alcohol dentro de mí, algo en el interior me pidió expulsar. Siempre tuve miedo a vomitar, pero en esta ocasión fue como si mi cuerpo fuera un pozo y alguien metía un balde para sacar agua. Se sintió natural. No dolió ni quemó, sentí incluso más trabajo para consumir el alcohol que para expulsarlo por esa vía. Me sentí mejor, pero al mismo tiempo supe que no andaba bien.

...

Con un cuerpo a mi lado, con un corazón latiendo, con un ente de piel cálida y llena de vida, una mente intrigante, una serie de movimientos emitidos con seguridad, un deseo expectante, un cansancio que se intenta ocultar para prolongar el rato de convivencia, el rato de vida, la vida en un rato, el rato en momentos, los momentos detenidos, la noche inquieta, el fin del mundo y de la vida, la vida, en un rato todo en un rato.
Un golpe.
Un gemido.
Un ruido interior que no se acaba y que se prolonga hasta que se deja de respirar por un rato.
Respirar.
Una mirada que muestra a una persona. Otra mirada que la ve de regreso.
Dos cuerpos en un acto.
Dos cuerpos ocupados en algo que no va a volver a ser igual en otro momento.
Dos personas alargando la noche.

...

Caminar por lugares oscuros.
Andar sin parar.
Respirar aires acelerados.
Romper hojas y juramentos.

...

La noche es corta
el viento se lleva más
noctámbulo soy.

21 septiembre, 2017

Filosofía de la regadera.

Me despierto con el agua tibia, que quisiera que pudiera estar un poco más helada, cayendo sobre mi rostro y pensando: de verdad, ¿qué sucedería de esta, mi versión del mundo, la que proceso en mi cabeza a través de los sentidos de mi cuerpo, sin aquellos tormentos emocionales, sin los desastres existenciales, sin los planes rotos y las ilusiones que se quiebran cuando no se cumple cualquier tipo de expectativa, qué pasaría?
Díganme dramático, pero: ¿sería una vida que vale la pena vivir? ¿Valdría la pena ir en busca de un propósito cuando todo sale bien?

20 septiembre, 2017

Casa (diario de la perdición, parte I).

Mis condolencias a todas las familias y amigos de los afectados por los sismos y catástrofes que han ocurrido en estos días en diversos puntos del país, en especial al del día de hoy. Fuertes tragedias impredecibles que nos deben unir como humanidad y que debemos tomarlo como un grito de auxilio de parte de nuestro planeta.

Tres veces un asunto.
Dos de regreso al matadero.
Un musical de pánico y destrucción.
Tengo muchas historias en la cabeza, pero ninguna toma forma.
Un montón de ciudades destruidas.
Gente muriendo por consumir una bebida.
Un compañero de la escuela desaparecido de repente.
El mundo es un caos y uno se enfoca en destruir su microcosmos.
Una prima vive conmigo desde hace unas semanas. Sé que no he sido la persona más agradable con la cual compartir casa, pero tampoco me siento en ánimos de pretender que quiero estar alrededor de alguien (por más agradable que sea), cuando quiero la soledad que disfruto.
Más que eso, el asunto no lo tomo con tanto rechazo por el hecho de compartir vivienda, mis cosas y mis desastres culinarios con alguien más: no es lo más agradable que te pueda suceder cuando tienes ya una dinámica establecida, pero no tengo problemas en hacerlo. Va más allá el asunto.
A principios de junio envié una solicitud a la Fundación para las Letras Mexicanas para obtener una beca de formación en narrativa. Harto de muchas de las circunstancias que suceden en mi trabajo de maestro (a pesar de las experiencias que he vivido, de pasármela muy bien con los alumnos y de tener compañeros muy agradables), decidí cambiar el rumbo y empezar a avanzar hacia el camino que siempre quise tomar pero por el cual nunca me atreví a dar un paso.
Tomé todo lo que tenía, me las arreglé para que saliera algo decente y redacté reseñas para cubrir los requisitos que pedían, y un sábado fui con una amiga a enviar el engargolado, sabiendo de antemano que me iba a atormentar el asunto de vez en cuando hasta que supiera, en septiembre, de los resultados.
En los meses que pasaron entre cuando envié y cuando supe, era consciente de que trataba de organizar mi vida por si quedaba, pero sentía que debía preparar asuntos por si no.
Por ahí de julio, antes de salir a vacaciones de la escuela, empecé a plantearme retos e ideas en el probable caso de que no fuera aceptado (dediqué un rato para analizar cómo son las personas aceptadas en el programa, y digamos que me di cuenta de que ser aceptado se podría tomar como una decisión arriesgada por parte de la Fundación, como aceptar a un negro en un grupo de blancos supremacistas nada más para agregar diversidad). Dije que haría tal cosa, que me dedicaría en los ratos libres a tal y cual, y que echaría a andar tal proyecto. Solo en lo último he comenzado; una de las cosas que me planteé fue mudarme de con mi padre, salirme de la casa de la playa de mi papá y buscármelas por mi propia cuenta, más cerca de Vallarta y de lugares que me podrían dar algo más que un lugar tranquilo y de descanso. Me falta más la acción que la recreación, y un cambio radical, una separación completa ahora sí de una clase de dependencia de mis padres que, a pesar de agradecerlo eternamente y de ser algo que me ayuda bastante, no deja de ser dependencia.
De lo que sucedió con mi padre y cómo seguí a pesar de todo, y cómo se complicó la cosa de la búsqueda de una independencia completa hablaré con más detalles en otra ocasión, en otra entrada. Diré que hubo sacrificios, hospitales, familiares dándolo todo, decepciones, más enfermedades sorpresas y confrontaciones. Parecía todo perfecto como un preludio a un cambio radical, como si la vida me estuviese preparando para que organizara mis asuntos y me fuera directo a la Ciudad de México a dedicarme a algo completamente diferente.
Incluso las cosas empezaron a mejorar muchísimo en el trabajo.
De verdad sentí que todo el universo se puso de acuerdo para plantearme una decisión que debía ser tomada en serio: ¿de verdad renunciaría a lo que soy para buscar ser algo diferente?
Dejé los pagos realizados de las cuentas que creí necesario arreglar desde principios de octubre, acomodé las cosas que tenía pendientes e incluso organicé y limpié la casa de mi padre.
Una tarde muy cálida, en la que llegué cansado de la escuela, que fui a comprar un mueble de plástico para acomodar una de las pocas cosas que me faltaban por arreglar, me acosté en la cama, encendí el ventilador y me disponía a dormir, a olvidarme del mundo un rato.
Encendí el celular, sin conciliar el sueño a pesar del cansancio.
Recorrí las aplicaciones y las páginas de internet como quien no tiene nada qué hacer y quiere hacer algo que no tenga importancia.
Llegué a la página de la Fundación por lo que pareció pura casualidad.
Dos días antes se habían publicado los resultados para la convocatoria en la que apliqué.
Leí entera la entrada. Tranquilo. Como si fuese una receta de cocina que no me interesa llevar a cabo, pero poniendo atención a cada detalle.
Era después de la segunda lectura cuando sentí una temperatura de sangre distinta que recorrió mi espalda al darme cuenta de que mi nombre no figuraba en ninguna parte de la publicación.
Hablé con algunas personas que sabían de la solicitud, me puse a organizar los pendientes para el día siguiente en la escuela y decidí que las cosas me valieran madres por un rato mientras me quedaba viendo a la pared.
La tristeza, el enojo, la desesperación y las ganas de romper y borrar todo lo que he escrito en mi vida llegaron después (y, gracias a la naturaleza humana, se fueron), pero en ese momento nada más éramos la pared, mis pensamientos y yo.
Me prometí un cambio. Me debía un cambio. Necesitaba y todavía necesito empezar a mover las cosas, y en esos días llegó una prima a vivir conmigo porque había aceptado un trabajo en el área.
Mi papá, por cuestiones de salud, ya no estaba viviendo aquí, conmigo, y eso resultaba una ventaja porque había planteado el caso mencionado anteriormente de mudarme, quedara o no, pero mis papás invitando a mi prima a vivir conmigo modificó la cosa.
¿Cómo puedo decirle: "prima, vienes a vivir conmigo, pues, deja te digo, me voy a otro lado, ahí te encargo"?
(Raúl dándose cuenta de que no parece tan complicado una vez viéndolo por escrito).
Bueno, ahí no está el detalle. Las cosas que me sacan de onda y que me mantienen con la guerra en la cabeza se originan a partir de darme cuenta que no me puedo quejar del asunto. Que mis papás la hayan invitado a vivir aquí está bien: es familia, sobrina directa, un tanto frívola pero no maliciosa, desconectada en su propio mundo pero acoplándose como puede a las circunstancias.
No me puedo quejar ni pude ni puedo rehusarme a recibirla.
No es mi casa.
No tengo decisión directa sobre lo que no es mío, por derecho de posesión, creación, renta o como sea. La casa es de mis papás. Ellos toman la decisión. Yo, mientras lo acepte, viviré bajo esas circunstancias.
Mientras, voy dándome cuenta de que estoy mandando la vida al carajo sin querer y adrede. Hablaré después de un antro y un reto que se convirtió en una descorazonada conquista, de alcoholes y fiestas y de cómo el cine tiene derecho y posesión sobre aproximadamente el cincuenta porciento de mis ingresos económicos, de cómo no quiero terminar una pinche tesis que no tiene sentido y de la renuncia de todo, pero hoy quiero dejar por escrito que, mientras no haga nada distinto, seguiré en estas circunstancias.
No tengo hogar, aunque suene a grito desesperado de quien nunca ha perdido nada. Pero, para mí, es verdad. Voy a casa de mis padres algunos fines de semana, duermo a veces en la casa de mi hermano, y me encuentro casi siempre en la casa de mi padre, la de la playa, la que me queda cerca de donde trabajo, pero no hay lugar que pueda llamar "mi casa". Ante los demás sí.
¿Ante mí?
Quizá por eso me la paso dándole vuelta a las historias de mi cabeza.
Tres chicos y una decisión.
Una persona queriendo olvidar a otra.
Canciones en busca de recorrer la galaxia entera.
Me di cuenta en el verano que las historias se atenúan de mi cabeza una vez que logro escribirlas en papel. Como si dejaran espacio para que otras más tomen su lugar. Descansando en físico, sin dar tantas vueltas en el aire.
Quizá esas ideas son mi casa y no las quiero dejar ir.

08 septiembre, 2017

Bufido.

Cerré la cuenta del twitter en vísperas de huracanes, terremotos, maremotos y tormentas tropicales.
De repente sentí que no necesitaba del mundo. ¿Qué hay que saber, si no me sirve de nada? ¿Preocuparme por aquello en lo que no tengo opinión, en lo que no puedo hacer nada?
No fui aceptado en el asunto aquel que había mencionado.
Está bien.
Algún día.
El mundo no se me acaba, a pesar de los desastres naturales.
A menos que muera. En ese caso, se quedan con el mundo propio aquellos que permanezcan vivos.

02 septiembre, 2017

Sobre perder, y no ganar.

¿Qué es lo que se busca cuando eliges una carrera, algo en lo que quieres dedicarte?
¿Estabilidad?
Aparte, ¿qué significa "crecer" en el ámbito laboral?
¿Más tiempo de trabajo?
¿Mejor paga?
¿Satisfacción, sea lo que signifique tal abstracto concepto?
Me encuentro en un punto en el que siento que estoy desperdiciando mi vida porque voy de siete a once a trabajar, de lunes a viernes, y tengo desde las once y hasta las diez de la noche de tiempo relativamente disponible para hacer otras actividades.
Un gimnasio.
Otro trabajo.
Buscar obtener más horas dando clases.
Empezar la tesis para acabarla en dos semanas (cosa que no quiero hacer nada más porque no encuentro pinches razones para hacerlo).
¿Qué es lo que quiero?
Quiero escribir, pero no lo hago. Es lo que pretendo hacer. Es la razón por la cual trato de alejarme de las redes sociales y borro a cada rato las aplicaciones de mi celular. Es el motivo principal por el cual leo a todas horas. Es en lo que quiero invertir el tiempo que me queda fuera de otras cosas.
Pero no me pongo.
Que porque mi casa ya no está sola (que no escribía más sin gente, pero sí tenía menos sensación de responsabilidad por socializar), que porque no se me ocurre nada, que porque nada más no quiero...
¿Por qué no quiero?
Tengo miedo de que no salgan las cosas en un asunto que quiero y espero y deseo e imploro que tenga resultados positivos a finales de este mes.
O quizá tenga más miedo de que me digan "sí, se te hizo el pinche milagrito" y ande pariendo chayotes porque no sepa qué hacer, o no esté a la altura, o me quede de a cuatro porque todo haya resultado ser una broma cósmica.
Es que siento que no disfruto algo en esta vida más que la inactividad. O disfrutaba, mejor dicho, porque ya se acabó el sazón para ello. Ya no se siente bien querarse inerte. Que la latencia termina cuando las cosas explotan, pero para existir tal periodo significa que algo está en proceso.
¿Qué es un proceso sino la vida?
Temo no estar a la altura que espero de mí, pero admitiré que temo todavía más no estar a la altura de los demás, y ese lo siento como mi error garrafal. Aunque a la gente que me importa si le importe el entorno. A pesar de que todo a mi alrededor parece funcionar con tal de adaptarme a un esquema con el cual tengo mis encuentros desafortunados.

Si ves alguna marca en el espacio, haz que suene la corneta y moviliza a las tropas. Se acerca la llegada a tierra.