11 febrero, 2018

Intercambio de miradas: diario de la perdición, parte VIII.

Como cuando te avientas al vacío y no sabes qué hay debajo.

Querido diario del chico más impulsivo que conozco (su presente servidor): ya recibí respuesta del chavo de la tienda.
"¿El chavo de la tienda? ¡¿Cuál chavo de la tienda?!"
Digamos que hace un par de semanas, semanas de torbellino y desmadre intenso, llegué a intercambiar miradas con un chavo de una tienda.
Atractivo, bien parecido, agradable en su sonrisa que le dedica a un extraño que se atreve a intercambiarle la mirada de repente...
Volví otro día, le pregunté su nombre, le di el mío, y antes de irme le pasé un papelito con mi número.
No marcó ni envió mensajes, y regresé a la tienda, a ver si estaba (sí estaba) y a saludarlo (él me saludó primero).
Ya me había ido, pero se me ocurrió volver y dejarle un chocolate.
Hoy, un día y medio después, recibí su contestación.
Agradece el detalle pero irrumpí en una cuestión laboral. Y tiene novio. Y me vio la mejor amiga de su novio.
Me siento problemático.
Digo, me da risa todo esto y no estuviera durmiendo en paz en las noches si hubiese decidido contenerme, pero espero no haberle generado algún problema grande.
Quizá arruiné una relación a tres días de San Valentín, quizá nada más fue un evento gracioso para la mayoría de los implicados. Ojalá sea una variable de esta última.
Lo que me queda es: actué bajo lo que me indicó mi instinto, pero tengo que reconocer que mi instinto también me decía que el chavo tenía bato.