24 diciembre, 2017

Asueto (diario de la perdición, parte IV).

El límite de la espontaneidad comienza con el peso de las cosas.
Cuando nada importa, nada duele.
¿Es malo, entonces, que importen las cosas?

Para mí no.
No me importa el dolor.
Ya no.
Pero sí me preocupa que de un lado importe más que del otro.

Cállate.
Respira.
Vive.

Si no tengo motivos para alterarme, no debo hacerlo.

Todo está colgando de un hilo.

Siempre es más fácil tomar la vía libre, andar sin ataduras, procurar no crear un vínculo que duela al quebrantarse.

Como le he llegado a decir cada que me llega la iluminación y la verdadera aceptación de la fragilidad del destino:

"Primero dejen me preocupo por llegar a mañana, lo demás después vemos".

(Nada más me falta creérmelo).

09 diciembre, 2017

Open Mic Vallarta: La escalera.

A continuación, dejo el video de la lectura que hice sobre el relato "La escalera" (publicado en julio de este año en este mismo blog, aunque para la lectura hice un par de ediciones), en la tercera edición del Open Mic Vallarta, en la Biblioteca "Los Mangos", celebrada ayer por la noche.


 

Muchas felicidades a los organizadores por la iniciativa, y por permitir a este tipo, su servidor, tener un ataque de nervios frente a personas que parecieron disfrutar del escrito. ¡Muchas gracias!



Enlaces:

07 diciembre, 2017

33: Diario de la perdición, parte III.

¿Qué buscan las almas caminantes que van por la tierra?
Cuánta ambiguedad mantienen escondida de nuestros seres aquellos que provocaron nuestra creación.
Aceptar los pasados es vivir en un presente.
¿Se trata de no esperar nada de nadie, o es de saber qué esperar de cada quien?
La primera parece la más lógica. La más razonable. La menos pendeja.
Dícese que las personas adultas ya están grandes como para cuestionar las decisiones de los demás. Si lo hacemos, perdemos tiempo.
La esperanza. No suena positiva.
Esperar implica desear que algo suceda.
¿Qué sucede cuando no pasa?

...

Me pierdo en sus besos.
En sus caricias.
Pero más en sus abrazos.
Me pregunto cómo alcanza a cubrir mi cuerpo entero con mis brazos. Cómo transforman un momento de paz en una luz que parece que no se va a apagar.
Momentos efímeros que parece eternos.
Nos suspendemos en el aire pero se sienten los pies en la tierra.

...

Imagina el futuro.
Cerrando tus ojos.
Déjate llevar.
Imagina tu vida después, miles de horas de ahora.

Nada veo.

¿Será que mi mirada está ciega?
¿O es que nada quiero ver?

...

Con-
fí-
o
en
ti,

y a-
pa-
ci-
guo
tor-
men-
tas,

me-
jor
dis-
fru-
to.

27 noviembre, 2017

Veintitrés.

Tres semanas y dos horas atrás, estaba en tu cuarto dormido.
Una noche antes, caminábamos los dos por la playa.
Seis días después, bebimos sin sentirnos perdidos.
Tres o cuatro antes que eso, lo dimos todo, sin pensarlo.

Tres días antes que hoy, estabas aquí, en donde justo estoy.
Antier intentamos esconder nuestra piel en la del otro.
Hoy estamos ocupados, te llevaré en el pensamiento.
Mañana quién sabe, quizá no nos toque llegar, empieza a importar no verte, pero olvido el futuro al ver tus ojos, esos que no me ven dentro de siete años.



Jamás hablaste de los otros cuatro sentidos.

20 noviembre, 2017

vacío.

2018:

recuerdo las últimas veces que no me sentí despojado de significado, de moción y de movimiento.
esas últimas veces me encontré sedado por líquidos que resecaron mi garganta, por neblinas invisibles que impidieron la llegada de la consciencia.

pinche perra vida, ya estoy harto
quiero regresar a los momentos de idiotez
porque aún destruyan a mi ser
me ayudan a olvidar el vacío.

18 noviembre, 2017

Catorce.

Ayer fue el treceavo día.
De una nueva vida que llegó de no sé dónde.
La locura invade mis sentidos, más míos que nunca, pero sí están asombrados por esos ojos, profunda mirada, que no me lo dice todo, pero sí me deja ser parte.
Esas caricias llenas de intensidad, ese cielo que deja de tener relevancia si no tiene estrellas en él, las estrellas siempre están ahí, pero no siempre brillan, a veces se ocultan entre las nubes.
Vida, vaya vida. Vida de perdición, vida de impulsos, vida de dejarse llevar por una caricia, vida de compartir, vida de emoción, vida de cambiar las noches de dormir por momentos que se disfrutan con gusto.
Vida de tomarse de la mano a escondidas, recargados en el barandal de un lugar con luces de navidad.
Vida de sentarse frente a la playa, sobre las rocas inestables, y sentirse seguros.
Vida de una intranquila sensación de congeniar.
Se siente diferente, eso diré.
Sigo con el vaivén de mi vida, continúo mis caminos, alimento mis anhelos, pero se siente también que una parte diferente empieza a tomar lugar. Sin precipitarse, ni asumir, ni dar nada por hecho en esta vida, se siente muy bien este imperfecto y extraño asunto.
Hoy es el día siguiente.

12 noviembre, 2017

Doce de noviembre, dos mil diecisiete.

Dejarse llevar. Todo en la vida parece que es de dejarse llevar. Se puede hacer si tienes mil cosas en la cabeza; no es afirmación, es más una pregunta.
Bailé con él. No toda la noche, pero sí hasta que sus tobillos le dijeron basta y hasta que mis rodillas no pudieron más. Entre canciones que cantábamos si nos las sabíamos o que coreábamos si nada más las reconocíamos, nos dejamos llevar. Por el ritmo, por la noche, por las miradas que nos ofrecíamos entre nosotros dos.
Ni el pasado ni el futuro importaron en el momento, mucho menos el dolor y los pensamientos, al menos por un rato. Todo fue movimiento, y cuando no lo hubo quedó el aire.
Ahí estamos los dos, desde mi punto de vista: entre el suelo y el mundo que se nos viene encima. Y disfrutamos. De las preguntas, las discrepancias, las incomodidades, los alientos compartidos, los errores del otro, las cualidades invaluables, las sonrisas arrancadas o regaladas, las miradas de pensamiento, la vida.
Tanta vida que hay.

06 noviembre, 2017

Tifón.

Desde esa noche de luna casi llena
en la que miramos en su lugar a las estrellas
reflejadas a través de tu mirada plena,
de tu luz me llenas

y ese roce incesante de tu piel
que, prohibida, dejo acercar bajo riesgo,
por saber si tu sabor es como la miel
arriesgaría mi miedo,

aunque vuelva el temor a resurgir de noche,
precipitados pensamientos que se vuelven sentimientos,
pero por aquellos recuerdos, libres de remordimientos,
agradezco a ti.

Las cosas que no entendemos nos asustan. Aunque sea, a veces de repente.
Darse cuenta de que actuamos no siempre con la razón.
Da miedo equivocarse.
Al mismo tiempo, días, momentos, como el que comenzó esta noche y parece nunca acabarse en mi cabeza, se aprecian. Se agradecen. Se anhelan sus continuaciones.
Me pongo a pensar en muchas cosas que quizá debí detener. Y, entonces, pienso, ¿se deben detener las fuerzas de la naturaleza?
Quizá se debe tratar de que un huracán haga el menor daño posible a quienes se puedan ver afectados. Los impulsos de un tigre asesino se necesitan tranquilizar para no matar inocentes. Pero encontrar tanta paz al convivir con otra persona, sentir que arrojarse al vuelo es lo natural, pues...
El tiempo al tiempo, la vida a la vida y que las cosas tomen su curso, claro. Queda la emoción de vivir algo nuevo, con su potencial para que la lluvia de la cabeza se convierta en un tifón en descontrol, uno que me gustaría vivir, viendo el curso de las cosas.

Tantas cosas qué decir y escribir y las palabras no alcanzan para expresar las cosas como fueron.

Agradezco a la vida.

30 octubre, 2017

Mándalo a la chingada.

Mándalo a la chingada
y dile que coma tierra,
que esta vida tan perra
no se hizo para vivirla en la nada.

Dile que la tiene regalada
y todavía la desprecia,
señal de que no aprecia
las caricias que no son compradas

Y si vuelve ponle una recia,
regálasela con palabras,
al cabo no tiene ciencia
moverte lejos de sus desgracias

Mándalo a la chingada
pero tampoco tú andes con tus mamadas

28 octubre, 2017

Nadando en la tarde.

Tras el paso de las olas
Del horizonte más allá
Se esconde el sol en los cielos
Más la luz brillando va

Tonos de verde que no veo
Y de naranja que sí observo
Con el agua de sal en mis ojos
La marea del mar en mis hombros

Dime, horizonte, pregunto
¿Cuesta trabajo montarme en tus olas?
Y él responde en sus silencios
Me deja en el agua, a solas

26 octubre, 2017

Constante lucha.

Dice en la pantalla que son de mi edad.
Sé que las fotografías no dicen la verdad completa, que son retratos que muestran una fracción de todo lo que hay, pero los veo, también de veinticuatro años, y se ven, ellos, más grandes que yo, más fornidos y fuertes y formados, se parecen más a aquellas imágenes que nos arrojan a nuestros sentidos todos los medios que nos rodean, y me veo, o me imagino, y soy más pequeño por fuera.
¿Por dentro?
Quizá me defiendo.

03 octubre, 2017

Generación de consumidores.

Mientras estaba viendo, hoy, una película en el cine, una de esas populares que me detesta detestar querer ver de repente, fue muy chistoso cómo tomó nada más una serie de diálogos entre los personajes para sacarme de la experiencia de ver la película y devolverme a mi lugar como persona sentada en una sala con unas cuantas personas esparcidas entre los asientos.
La película es una secuela, y la conversación en cuestión era un chiste que hacía referencia a un diálogo gracioso que tuvo lugar en la primera película. Otras dos personas y yo soltamos la carcajada, porque en verdad que la broma me pareció buena, pero el resto de la sala guardó silencio.
No mentiré: sentí orgullo de entender un chiste cuando otras personas se dieron cuenta de que se estaban perdiendo de algo. De estar en una sala vacía o en otra situación en que hubiese visto la película solo o con mi hermano, por poner el ejemplo de una persona que pudo haber captado lo divertido del asunto, hubiese provocado nada más que la entrada de hoy fuese una más de sobrepensar, exagerar y explicitar sin decir nada, pero no, sucedió el silencio de quienes estaban a mi alrededor sin contar al par de excepciones, sentí la victoria momentánea por estar encima de otros por un momento, y sin más méritos ni esfuerzos que haber visto la película anterior, y fui consciente de inmediato que no sentía agradable. Pude distraerme por ratos durante el resto de la película, pero en momentos no fue suficiente y regresaba a imaginar la situación desde diferentes puntos de vista. Mientras el resto de la sala estaba en la proyección, en su celular o en las manos de la persona que tenían al lado, ahí me tienen con un tren imparable al que parecía que no se le iban a acabar las vías ni el combustible.
Una de las cosas que están dándome vueltas más desde entonces, porque ya había planteado el asunto y nada más traté de acomodar la idea como si estuviese metiendo mi pie a un zapato dos tallas más chico, es que me siento muy agobiado de repente, aunque suene a queja de malcogido, por la constante necesidad de estar al día en este mundo tan vasto de inutilidades. Y no sé si la mía sea una mente curiosa, distraída o aburrida, pero cada que veo algo que pueda resultar de mi interés, aun en lo más mínimo, siento la necesidad de devorarlo por completo, de llegar hasta el fondo del barril y no salir de ahí hasta que me saquen o hasta llegar hasta abajo. ¿Por qué creen que vi la película en primer lugar? Esta mañana iba decidido a "tal vez verla el jueves, o quizá hasta que alguien me la pueda prestar", pero hoy, martes, tres de octubre de un año que se me ha ido a la chingada en más de una ocasión, a una compañera del trabajo se le ocurre mencionar que le gustó cuando la vio con su novio y ahí me tienen, tomando el primer autobús que pasó para alcanzar a llegar antes de la función y poder comer algo aparte de palomitas.
No culpo a mi generación por estos dolores de cabeza: en la vida, desde el punto de vista de todo mundo, nadie queda impune, pero ver a gente tan tranquila con sus vidas me hace pensar que soy el del problema. Y ya. ¿Qué hace la gente con los problemas? ¿Deshacerse de ellos? ¿Me tengo que deshacer de mi persona? Lo platiqué con un amigo hace unos días y di con que soy demasiado narcisista como para salirme del juego por cuenta propia. Pero llega el punto en que me duele el cuello porque la tensión se está propagando más allá de mi espalda y de mis hombros.
Todo lo que nos envuelve tiene esa dinámica para mí. Fíjate o te vas a quedar atrás. Estáte al pendiente o ya valiste madres. Si no ves quinientas películas antes de esta no le vas a entender. Necesitas leerte tales clásicos para poder siquiera meterte en la trama de tal libro. Para poder usar tal palabra debes saber el significado de otra. Para escribir un diálogo tienes que conocer de cabo a rabo a un personaje (¿según quién? Díganle a esa persona que ni yo me conozco y sigo escribiendo de mi vida; ¿estoy mal en hacerlo porque no sé de qué trata mi vida todavía?). Para ver tal serie necesitas quemarte dieciocho millones de horas viendo puras pendejadas en otra. Para interactuar conmigo tienes que saber estas idioteces que tengo anotadas en una lista que, si la extiendo en papel, va de aquí a china. Chinguen a su puta madre por favor.
Detesto a las personas que se ponen en papel de víctimas (supongo que debo detestarme a veces), pero ¿hasta dónde es válida una crisis mental y una necesidad de despegarse del entorno cuando está así de chingada la cosa?
¿Qué chingados hacían antes?
Recuerdo muchos eventos de cuando era niño y sentía una especie de desprecio, un desgano que me sabía casi a asco, cuando tenía que relacionarme con personas que eran consideradas "ignorantes" en alguna cosa. Hasta la fecha, me doy cuenta, si quieres destruirme, ahí está el mecanismo (nada más no me hagas ver el artificio, porque no va a suceder cosa alguna): ponme en el lugar de ignorancia y yo solo tomo asiento sin rechistar en el de la inferioridad.
Y es que a veces siento que sé las cosas que una persona puede aprender en tres vidas, pero casi todas esas cosas son nimiedades, son vacíos que hacen lugar sin dejar nada, es pura paja pendeja. Y entro al famosísismo YouTube y me doy cuenta de que he visto un chingo de vídeos, y de ese chingo recuerdo aunque sea algo de cada uno, y de todos esos casi ninguno me deja algo que sienta que me sirva. Y las películas quieren ser relevantes con la cultura popular del momento (ni me hagan empezar con las series porque reviento, son las pecadoras capitales de estos crímenes), y luego leo que tal libro viejísimo en realidad es una interpretación de algo de la biblia y desearía no saber ese detalle porque ahora siento la necesidad de devorarme la biblia entera con el único propósito de entender la referencia.
¿Por qué creen que cerré mis redes sociales, en las que tienen las personas que estar al día para seguir al tanto?
¿Por qué piensan dejo series de películas y de televisión a medias si sé que se está poniendo denso el asunto con sus conexiones?
¿Me explico? (Nunca le entendí el sentido a esta frase: "¿me explico?", otro tormento para alguna noche o paseo que tendría intenciones de ser despejado).
Quizá porque antes no tenían acceso no se preocupaban.
Por falta de mundo.
Me aburrían esas historias, desde siempre, de asumir el rol que se le daba a cada quién y jugar ese papel hasta la muerte.
Y ahora estoy aquí, parece que añorándolo.

28 septiembre, 2017

Debajo de la capa de ozono, encima del subsuelo.

Es divertido cómo las personas usualmente pensamos que tenemos más control en nuestras vidas de lo que en realidad sucede.
Esto lo escribí tiempo atrás en el blog (si fuese más dedicado a la computación y menos distraído en las cosas a las que doy clic, sabría la fecha exacta, pero no), con esperanzas de ahondar en el asunto o refutar ese punto. Heme aquí, a veintiocho de septiembre de unos cuantos años después, malgastando lo que tengo mi vida y disfrutando de aquello que no tengo, riéndome de las incongruencias mientras trato de hacerme consciente de que soy la más grande de ellas que puedo observar desde mis propios ojos.
Inconsistencias. La falta de seguimiento en el desarrollo de algo.
¿Qué hice de mí en estos días? Me la pasé durmiendo y divagando. He intentado leer pero no logro pasar de la página cinco, de la página seis, me fuerzo a terminar un capítulo.
Fui a cortarme el cabello y me di cuenta de que mis pies quedaban volando, descubiertos, debajo de la capa que me pusieron para no llenarme de pelos. Mis pies, en sandalias que quería mandar a volar, pero que temía desnudar andando descalzos, se quedaron firmes, manteniéndose engarrotados durante todo el rato que estuve en esa silla acolchonada, forrada de una imitación de cuero que a nadie le importa si resulta convincente. El olor a engrudo a punto de pudrirse de un rollo de papel higiénico me mareó; quizá fui el único que se dio cuenta del olor.
(¿Ven eso? ¿"...quizá fui el único"? Véanme asumiendo que tengo el poder, que solo importo yo. Es más difícil conocerse cuando te convences de poner tus barreras entre los ojos y el cerebro, que no entre lo que no se quiere procesar, que no pase lo que pueda resultar problemático).
Salí de ahí, complacido por la obra realizada por el chico que se encargó de liberar mi cabeza de una gran cantidad de cabello, alejándome del local que me cobró más de lo que acostumbro pagar, dirigiéndome hacia la playa, no hacia mi casa.
Había gente bañándose, y otros nada más volteando hacia el mar, como si en verdad no le estuvieran prestando atención.
Quise hablar con el agua. Pretender ser un loco por un rato, o serlo de verdad frente al agua mientras charlaba con la marea, con la oscura arena que estaba por volverse más clara en contraste con el agua tras la puesta del sol; no se veía el sol, y por lo tanto, minutos después, el atardecer no aparecería como siempre: imagino que pasaría, la luz, de ser de día a la noche como si se fuesen terminando de consumir los filamentos de la vela que enciende al sol.
Así se van los días. Como gotas de lluvia que caen en otros lados antes de llegar al suelo. Si es que hay un suelo al cual llegar.
¿Cómo ser libre en este espacio que queda? Al menos se puede aspirar a una libertad horizontal, si hacia arriba y hacia abajo está todo ocupado, en teoría.
Suena como que tengo que hacer un cambio radical, pero la verdad es que tengo miedo de perderlo todo: mis comodidades, mi narcisismo, las oportunidades que tengo, aquellas que pretendo que están ahí, las puestas de sol que ya vi que no siempre suceden, la oportunidad de ir y venir.
Me río en persona porque no tengo nada.

23 septiembre, 2017

Vicios (diario de la perdición, parte II).

Cuando pruebo el cigarro, me sabe a aire con polvo.
Al dejar que salga el humo por la nariz y no por la boca, quema en mis fosas nasales.
Terminando, me queda el sabor que se incrusta el la boca después de tomar mucho café. Ambos son clases distintas de vicios de muchas personas. Se supone que no debo, para nada, consumirlo, nunca en la vida, por mi bien y el de mis allegados, pero cuando no importa nada de esto, lo único que se siente es el morbo de oler en mis dedos una suciedad que no se quita ni con el jabón.

...

Parado, frente al mingitorio, dejé de orinar y sentí que algo subía por mi pecho, desde adentro. Me incliné hacia adelante e hice para atrás la parte inferior de mi cuerpo. Después de varios litros de alcohol dentro de mí, algo en el interior me pidió expulsar. Siempre tuve miedo a vomitar, pero en esta ocasión fue como si mi cuerpo fuera un pozo y alguien metía un balde para sacar agua. Se sintió natural. No dolió ni quemó, sentí incluso más trabajo para consumir el alcohol que para expulsarlo por esa vía. Me sentí mejor, pero al mismo tiempo supe que no andaba bien.

...

Con un cuerpo a mi lado, con un corazón latiendo, con un ente de piel cálida y llena de vida, una mente intrigante, una serie de movimientos emitidos con seguridad, un deseo expectante, un cansancio que se intenta ocultar para prolongar el rato de convivencia, el rato de vida, la vida en un rato, el rato en momentos, los momentos detenidos, la noche inquieta, el fin del mundo y de la vida, la vida, en un rato todo en un rato.
Un golpe.
Un gemido.
Un ruido interior que no se acaba y que se prolonga hasta que se deja de respirar por un rato.
Respirar.
Una mirada que muestra a una persona. Otra mirada que la ve de regreso.
Dos cuerpos en un acto.
Dos cuerpos ocupados en algo que no va a volver a ser igual en otro momento.
Dos personas alargando la noche.

...

Caminar por lugares oscuros.
Andar sin parar.
Respirar aires acelerados.
Romper hojas y juramentos.

...

La noche es corta
el viento se lleva más
noctámbulo soy.

21 septiembre, 2017

Filosofía de la regadera.

Me despierto con el agua tibia, que quisiera que pudiera estar un poco más helada, cayendo sobre mi rostro y pensando: de verdad, ¿qué sucedería de esta, mi versión del mundo, la que proceso en mi cabeza a través de los sentidos de mi cuerpo, sin aquellos tormentos emocionales, sin los desastres existenciales, sin los planes rotos y las ilusiones que se quiebran cuando no se cumple cualquier tipo de expectativa, qué pasaría?
Díganme dramático, pero: ¿sería una vida que vale la pena vivir? ¿Valdría la pena ir en busca de un propósito cuando todo sale bien?

20 septiembre, 2017

Casa (diario de la perdición, parte I).

Mis condolencias a todas las familias y amigos de los afectados por los sismos y catástrofes que han ocurrido en estos días en diversos puntos del país, en especial al del día de hoy. Fuertes tragedias impredecibles que nos deben unir como humanidad y que debemos tomarlo como un grito de auxilio de parte de nuestro planeta.

Tres veces un asunto.
Dos de regreso al matadero.
Un musical de pánico y destrucción.
Tengo muchas historias en la cabeza, pero ninguna toma forma.
Un montón de ciudades destruidas.
Gente muriendo por consumir una bebida.
Un compañero de la escuela desaparecido de repente.
El mundo es un caos y uno se enfoca en destruir su microcosmos.
Una prima vive conmigo desde hace unas semanas. Sé que no he sido la persona más agradable con la cual compartir casa, pero tampoco me siento en ánimos de pretender que quiero estar alrededor de alguien (por más agradable que sea), cuando quiero la soledad que disfruto.
Más que eso, el asunto no lo tomo con tanto rechazo por el hecho de compartir vivienda, mis cosas y mis desastres culinarios con alguien más: no es lo más agradable que te pueda suceder cuando tienes ya una dinámica establecida, pero no tengo problemas en hacerlo. Va más allá el asunto.
A principios de junio envié una solicitud a la Fundación para las Letras Mexicanas para obtener una beca de formación en narrativa. Harto de muchas de las circunstancias que suceden en mi trabajo de maestro (a pesar de las experiencias que he vivido, de pasármela muy bien con los alumnos y de tener compañeros muy agradables), decidí cambiar el rumbo y empezar a avanzar hacia el camino que siempre quise tomar pero por el cual nunca me atreví a dar un paso.
Tomé todo lo que tenía, me las arreglé para que saliera algo decente y redacté reseñas para cubrir los requisitos que pedían, y un sábado fui con una amiga a enviar el engargolado, sabiendo de antemano que me iba a atormentar el asunto de vez en cuando hasta que supiera, en septiembre, de los resultados.
En los meses que pasaron entre cuando envié y cuando supe, era consciente de que trataba de organizar mi vida por si quedaba, pero sentía que debía preparar asuntos por si no.
Por ahí de julio, antes de salir a vacaciones de la escuela, empecé a plantearme retos e ideas en el probable caso de que no fuera aceptado (dediqué un rato para analizar cómo son las personas aceptadas en el programa, y digamos que me di cuenta de que ser aceptado se podría tomar como una decisión arriesgada por parte de la Fundación, como aceptar a un negro en un grupo de blancos supremacistas nada más para agregar diversidad). Dije que haría tal cosa, que me dedicaría en los ratos libres a tal y cual, y que echaría a andar tal proyecto. Solo en lo último he comenzado; una de las cosas que me planteé fue mudarme de con mi padre, salirme de la casa de la playa de mi papá y buscármelas por mi propia cuenta, más cerca de Vallarta y de lugares que me podrían dar algo más que un lugar tranquilo y de descanso. Me falta más la acción que la recreación, y un cambio radical, una separación completa ahora sí de una clase de dependencia de mis padres que, a pesar de agradecerlo eternamente y de ser algo que me ayuda bastante, no deja de ser dependencia.
De lo que sucedió con mi padre y cómo seguí a pesar de todo, y cómo se complicó la cosa de la búsqueda de una independencia completa hablaré con más detalles en otra ocasión, en otra entrada. Diré que hubo sacrificios, hospitales, familiares dándolo todo, decepciones, más enfermedades sorpresas y confrontaciones. Parecía todo perfecto como un preludio a un cambio radical, como si la vida me estuviese preparando para que organizara mis asuntos y me fuera directo a la Ciudad de México a dedicarme a algo completamente diferente.
Incluso las cosas empezaron a mejorar muchísimo en el trabajo.
De verdad sentí que todo el universo se puso de acuerdo para plantearme una decisión que debía ser tomada en serio: ¿de verdad renunciaría a lo que soy para buscar ser algo diferente?
Dejé los pagos realizados de las cuentas que creí necesario arreglar desde principios de octubre, acomodé las cosas que tenía pendientes e incluso organicé y limpié la casa de mi padre.
Una tarde muy cálida, en la que llegué cansado de la escuela, que fui a comprar un mueble de plástico para acomodar una de las pocas cosas que me faltaban por arreglar, me acosté en la cama, encendí el ventilador y me disponía a dormir, a olvidarme del mundo un rato.
Encendí el celular, sin conciliar el sueño a pesar del cansancio.
Recorrí las aplicaciones y las páginas de internet como quien no tiene nada qué hacer y quiere hacer algo que no tenga importancia.
Llegué a la página de la Fundación por lo que pareció pura casualidad.
Dos días antes se habían publicado los resultados para la convocatoria en la que apliqué.
Leí entera la entrada. Tranquilo. Como si fuese una receta de cocina que no me interesa llevar a cabo, pero poniendo atención a cada detalle.
Era después de la segunda lectura cuando sentí una temperatura de sangre distinta que recorrió mi espalda al darme cuenta de que mi nombre no figuraba en ninguna parte de la publicación.
Hablé con algunas personas que sabían de la solicitud, me puse a organizar los pendientes para el día siguiente en la escuela y decidí que las cosas me valieran madres por un rato mientras me quedaba viendo a la pared.
La tristeza, el enojo, la desesperación y las ganas de romper y borrar todo lo que he escrito en mi vida llegaron después (y, gracias a la naturaleza humana, se fueron), pero en ese momento nada más éramos la pared, mis pensamientos y yo.
Me prometí un cambio. Me debía un cambio. Necesitaba y todavía necesito empezar a mover las cosas, y en esos días llegó una prima a vivir conmigo porque había aceptado un trabajo en el área.
Mi papá, por cuestiones de salud, ya no estaba viviendo aquí, conmigo, y eso resultaba una ventaja porque había planteado el caso mencionado anteriormente de mudarme, quedara o no, pero mis papás invitando a mi prima a vivir conmigo modificó la cosa.
¿Cómo puedo decirle: "prima, vienes a vivir conmigo, pues, deja te digo, me voy a otro lado, ahí te encargo"?
(Raúl dándose cuenta de que no parece tan complicado una vez viéndolo por escrito).
Bueno, ahí no está el detalle. Las cosas que me sacan de onda y que me mantienen con la guerra en la cabeza se originan a partir de darme cuenta que no me puedo quejar del asunto. Que mis papás la hayan invitado a vivir aquí está bien: es familia, sobrina directa, un tanto frívola pero no maliciosa, desconectada en su propio mundo pero acoplándose como puede a las circunstancias.
No me puedo quejar ni pude ni puedo rehusarme a recibirla.
No es mi casa.
No tengo decisión directa sobre lo que no es mío, por derecho de posesión, creación, renta o como sea. La casa es de mis papás. Ellos toman la decisión. Yo, mientras lo acepte, viviré bajo esas circunstancias.
Mientras, voy dándome cuenta de que estoy mandando la vida al carajo sin querer y adrede. Hablaré después de un antro y un reto que se convirtió en una descorazonada conquista, de alcoholes y fiestas y de cómo el cine tiene derecho y posesión sobre aproximadamente el cincuenta porciento de mis ingresos económicos, de cómo no quiero terminar una pinche tesis que no tiene sentido y de la renuncia de todo, pero hoy quiero dejar por escrito que, mientras no haga nada distinto, seguiré en estas circunstancias.
No tengo hogar, aunque suene a grito desesperado de quien nunca ha perdido nada. Pero, para mí, es verdad. Voy a casa de mis padres algunos fines de semana, duermo a veces en la casa de mi hermano, y me encuentro casi siempre en la casa de mi padre, la de la playa, la que me queda cerca de donde trabajo, pero no hay lugar que pueda llamar "mi casa". Ante los demás sí.
¿Ante mí?
Quizá por eso me la paso dándole vuelta a las historias de mi cabeza.
Tres chicos y una decisión.
Una persona queriendo olvidar a otra.
Canciones en busca de recorrer la galaxia entera.
Me di cuenta en el verano que las historias se atenúan de mi cabeza una vez que logro escribirlas en papel. Como si dejaran espacio para que otras más tomen su lugar. Descansando en físico, sin dar tantas vueltas en el aire.
Quizá esas ideas son mi casa y no las quiero dejar ir.

08 septiembre, 2017

Bufido.

Cerré la cuenta del twitter en vísperas de huracanes, terremotos, maremotos y tormentas tropicales.
De repente sentí que no necesitaba del mundo. ¿Qué hay que saber, si no me sirve de nada? ¿Preocuparme por aquello en lo que no tengo opinión, en lo que no puedo hacer nada?
No fui aceptado en el asunto aquel que había mencionado.
Está bien.
Algún día.
El mundo no se me acaba, a pesar de los desastres naturales.
A menos que muera. En ese caso, se quedan con el mundo propio aquellos que permanezcan vivos.

02 septiembre, 2017

Sobre perder, y no ganar.

¿Qué es lo que se busca cuando eliges una carrera, algo en lo que quieres dedicarte?
¿Estabilidad?
Aparte, ¿qué significa "crecer" en el ámbito laboral?
¿Más tiempo de trabajo?
¿Mejor paga?
¿Satisfacción, sea lo que signifique tal abstracto concepto?
Me encuentro en un punto en el que siento que estoy desperdiciando mi vida porque voy de siete a once a trabajar, de lunes a viernes, y tengo desde las once y hasta las diez de la noche de tiempo relativamente disponible para hacer otras actividades.
Un gimnasio.
Otro trabajo.
Buscar obtener más horas dando clases.
Empezar la tesis para acabarla en dos semanas (cosa que no quiero hacer nada más porque no encuentro pinches razones para hacerlo).
¿Qué es lo que quiero?
Quiero escribir, pero no lo hago. Es lo que pretendo hacer. Es la razón por la cual trato de alejarme de las redes sociales y borro a cada rato las aplicaciones de mi celular. Es el motivo principal por el cual leo a todas horas. Es en lo que quiero invertir el tiempo que me queda fuera de otras cosas.
Pero no me pongo.
Que porque mi casa ya no está sola (que no escribía más sin gente, pero sí tenía menos sensación de responsabilidad por socializar), que porque no se me ocurre nada, que porque nada más no quiero...
¿Por qué no quiero?
Tengo miedo de que no salgan las cosas en un asunto que quiero y espero y deseo e imploro que tenga resultados positivos a finales de este mes.
O quizá tenga más miedo de que me digan "sí, se te hizo el pinche milagrito" y ande pariendo chayotes porque no sepa qué hacer, o no esté a la altura, o me quede de a cuatro porque todo haya resultado ser una broma cósmica.
Es que siento que no disfruto algo en esta vida más que la inactividad. O disfrutaba, mejor dicho, porque ya se acabó el sazón para ello. Ya no se siente bien querarse inerte. Que la latencia termina cuando las cosas explotan, pero para existir tal periodo significa que algo está en proceso.
¿Qué es un proceso sino la vida?
Temo no estar a la altura que espero de mí, pero admitiré que temo todavía más no estar a la altura de los demás, y ese lo siento como mi error garrafal. Aunque a la gente que me importa si le importe el entorno. A pesar de que todo a mi alrededor parece funcionar con tal de adaptarme a un esquema con el cual tengo mis encuentros desafortunados.

Si ves alguna marca en el espacio, haz que suene la corneta y moviliza a las tropas. Se acerca la llegada a tierra.

24 agosto, 2017

28 de abril del 2017.

Cada que viene una nueva generación la veo más joven.
Los rostros más inocentes, aunque sea en apariencia. Sus estaturas reduciéndose o con cuerpos más infantiles cuando presentan un tamaño alto.
Me pregunto si seguiré viendo a la gente más joven cuando sea yo un viejo.

11 agosto, 2017

Toallitas húmedas.

El mundo arde
el cuerpo se consume
las telas se incendian abrazadas por las llamas
pero las toallitas húmedas permanecen casi intactas
protegidas por el plástico que tarda en derretirse cuando el fuego baila sobre su envoltura
¿Por qué ellas se quedan, con el exterior carbonizado, y el interior nada más calentado,
por qué sí me carbonizo en el calor, por qué siento que el dolor arremete con mi cuerpo y luego mis nervios, y esos artículos simples, artefactos sin chiste, unas cosas desechables, un pedazo de papel con agua, se me queda viendo, observa mi ser explotando, desde mis dedos hasta el interior de mi vientre quemados?

Trataré de cerrar los ojos
aun cuando me quede sin párpados
que no quiero recordar la cara de la resistencia
mientras cedo hacia la inconsciencia.

06 agosto, 2017

Parálisis.

No quiero tocar mi cuerpo. Mi ser lo necesita, pero sabe que tiene miedo.
¿De qué, si el daño ya está hecho?
Pensar que por tomar decisiones a la ligera ahora me encuentro dándole sentido a los malestares, encontrando una razón por la cual aparecían las señales.
Me encuentro ahora pasando los ratos consumiendo entretenimiento que sé que no me volará los sesos, que estará ahí en mi cabeza permaneciendo inerte, siendo olvidado de inmediato, sin retar mi mente, nada más cansando mis ojos.
Comienzo a preguntarme si me gusta lo que deseo, si es lo que en verdad quiero. No corro hacia ello. A veces me encuentro postergándolo con razones idiotas, sinsentidos tontos y desesperados, excusas que se van acabando.
¿Qué es esto?
¿Decisiones?
¿Consecuencias?
¿Vida?
Se siente más una ausencia de ella.
Sé que no debo pensar a futuro, sobre todo en cosas como esta, que si puedo cambiar, no decido el curso, pero temo arrepentirme, ahogado de penas, con errores irreversibles, de afectos que se sintieron sin dolor.

28 julio, 2017

Caballo en el mar.

Mira el oleaje venteando en tus hombros
           la espuma del mar recorriendo tus pies
       haciéndose polvos, nublando tus ojos

   domas la bestia cabalgando su espalda
      se convierte en tu amiga, flotando en el agua
       disfrutas el espectáculo que le das al exterior, pero te mantienes a flote sobre el agua salada, saltando con cada brinco, con cada ola que choca en tu ser

                 ¿Por qué de negro, si estás frente al atardecer,
                              cuál es el luto que tragas sin lágrimas,
                                               que te consume por dentro,
                                                     que le arrojas al viento?

No cabalgas en terrenos concretos, entre hierbas sólidas, sobre piedras y rocas,
  sigues danzando en la arena, pisadas que se hunden, que resbalan y que mojan

 Vuelas en un infinito que acaba
    Le das la espalda a un mundo que te ataca
  Continúas bailando por encima del agua que un día te vio nacer, que estuvo ahí antes que nosotros dos y nuestra primera respiración, que se arrastra para alcanzar la tierra sin darse cuenta que ella es quien la rodea

                          Cabalga hasta la noche
                     siente el frío que llega con la oscuridad
                        despréndete de las riendas que te atan a la sociedad
  pero date cuenta que eres tú el que aprisiona al animal
   que el viento consume, que el aire se apaga
                                         que el mar es ocaso, que no tiene fondo
        que puedes sobrevivir de ilusiones, si sabes respirar en lo hondo


Las lágrimas de sal alimentan al mar
tus brazos al movimiento
el sonido de la arena con las olas golpear
al atardecer y a la sal a convertirse en recuerdo

.....................
....................................
......................................
.........................................
.........................................
........................................
.....................................
.......................................
........................................
..........................................
......................................
...................................
..........................
..................
........
.....
...
..
.

17 julio, 2017

Solo algo rápido.

Querido diario de un chico que usa la expresión "querido diario" de manera irónica y picaresca para enfatizar que tengo un diario físico que nada más no puedo ponerme a escribir por cobardía, coraje y desesperación: a veces me gustaría escribir con más detalles. Incluso por aquí. Porque luego olvido lo que quise decir, lo que viví exactamente, las caras, los colores o los nombres de las personas involucradas en mis fechorías, y luego recuerdo que tengo el diario para eso, para proyectarlo todo en un lugar seguro, libre de juicios externos (aun cuando lo mantenga en lugares accesibles a otras personas).
Felices vacaciones que tengo asignadas para realizar tareas del estudio que se supone que ya no debo postergar. Lo siento: sé que estos días los tengo reservados para otro tipo de escritura.
Antes de irme: descubrí que sí me siento solo. Supongo que dicen que aceptarlo es el primer paso.

16 julio, 2017

Mil nubes en un cielo revuelto.

Me siento como una niña de preparatoria con respecto a muchas cosas que escribo.
Qué pendejada, pensé hace rato, que tenga el punto de vista de alguien que se deja llevar por la subjetividad a tal grado que no me doy cuenta de que las cosas no son tan simples como creo, en primera instancia, que el hecho de empezar a identificar al gris como una tonalidad aparte del blanco y del negro no significa que haya ganado la batalla, pues resulta que no hay un solo gris: algunos parecen blancos y están decorados con una pizca de oscuridad; otros parecen penumbras, pero se alcanza a distinguir la claridad a través del brillo de sus contornos.
He estado siendo un tonto con una persona que nada más no dejo en paz porque sigo haciéndole referencia en muchas de estas entradas. Quizá gracias a la culpa generada por muchas cosas que hice, que no hice, que di por hecho.
Chingada madre.
Ganas no me faltan de borrar todo lo que he escrito. Todo. Por tratarse de cosas que no deben estar publicadas aquí, porque me dan ganas de arrancar de mi diario y tirar sus hojas al tratarse de un montón de fregaderas, porque ni siquiera sé esconder detrás de la ficción los eventos que sucedieron en la vida real y eso merece que revele todos los detalles para poder quemar los registros de las palabras a gusto, con la esperanza de que así se vaya todo volando y deje de ser un terror mental, aunque termine siendo contaminación para el aire.
Quizá no debo escribir todo esto, no debo escribir nada.
Tal vez.
Pero soy consciente de que voy a dejarlo todo tal cual, sin cambiar sus palabras, porque así, al menos, puedo darme cuenta de mis errores, de acción y de percepción, y voy a seguir registrándolo todo para poder darme cuenta de lo que hago y por testarudez.
¿Por qué escribes?, me pueden preguntar, y puedo resumirlo todo así, con eso que escribí arriba: para abrir los ojos y por testarudez. Porque, si no me sirve a mí, al menos tengo la esperanza de que le funcione el efecto a alguien más. Lo de testarudo e insistente es un defecto de fábrica (uno del que suelo estar agradecido).
Me disculpo de antemano por aquellos que mencioné y menciono, por quienes no necesitan que revele su nombre para saber de quién se trata el asunto, y les digo: me horroriza el hecho de que lean estas barbaridades y sientan que no soy yo la persona que conocen, o que soy demasiado como lo esperaban, o que soy desesperante, que no aprendo, que tengo miedos que no se entienden, que nada más no me siento a gusto con el mundo porque sí, pero no me gusta mentir, así que no puedo escribir mentiras. ¿Qué caso tiene hacerlo, si cuando lea estas cosas lo único que haré será sentir la verdad que corrompe los enunciados, que la belleza sabe a podredumbre, que se ve dónde empieza y termina la máscara?
Me dan ganas de borrar esta entrada pero no quiero hacerlo. Porque quiero, si voy a jugar de verdad a la cuerda floja, sentir qué es no tener nada que deber, nada que perder, nada que ganar.
Pienso en alguien que, si llega a leerme, siento que se decepcionará de mí, o que lo haré sentir mal.
Si llegas a leer esto, mira: recuerda que todo esto lo escribí estando en un momento en particular, que me dejo llevar por las circunstancias y que temo herirte, pero nunca te detengas de leer si así lo deseas. Mi realidad puede ser más retorcida que la versión objetiva, pero al menos es sincera durante el momento.

14 julio, 2017

La vista de la ciudad desde la puerta que tengo a mi lado.

Se siente muy chido conectar con alguien.
Hace que piense que muchas cosas que he pensado, que he dicho, que he hecho, y sobre todo que he escrito por el simple hecho de que de alguna manera así permanecen y perduran un poco más, fueron erróneas, incorrectas o inapropiadas.
Es decir: se suele juzgar por lo poco que se alcanza a distinguir de una cara de la moneda.
Escuchar.
Observar.
Compartir lo que se siente.
Vaya que es algo diferente a intervenir a cada rato.

A veces siento que lo que hago o lo que quiero puede ser egoísta.
Quién sabe si me toque ser el responsable de emitir tal juicio.

13 julio, 2017

Save it for later.

(Inserta, en tu mente, acordes que te hacen pensar en movimiento, en reuniones con amigos, en música que sale del radio en el viaje de ida hacia una playa en vacaciones, en música de fondo de la que no ponen en los cafés)

Dos docenas de otros sucios amantes
Me debe encantar eso
Lloro, lloro, pero no necesito a mi madre
Solo toma mi mano mientras tomo una decisión al respecto

Tarde o temprano
Tus piernas ceden, caes al suelo
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Tarde o temprano
Te das en el suelo, te tienes encontrado
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Me quedas mal

El aire negro y los siete mares están todos podridos
Pero, ¿qué puedes hacer?
No sé cómo se supone que tenga que actuar con todo lo tuyo
A veces ni lo intento
Nada más ahora...
Ahora...

Tarde o temprano
Tus piernas ceden, caes al suelo
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Tarde o temprano
Te das en el suelo, te tienes encontrado
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Me quedas mal

Otras dos docenas de razones tontas
De por qué debemos sufrir por esto
No te molestes tratando de explicarlas
Solo toma mi mano mientras tomo una decisión al respecto

Tarde o temprano
Tus piernas ceden, caes al suelo
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Tarde o temprano
Te das en el suelo, te tienes encontrado
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Me quedas mal
Tú corres lejos...
Me quedas mal


10 julio, 2017

Bloqueado.

Hijo de su perra madre.
Hijo de su vil reputísima madre.
Hijo de la chingada más puteada y encabronada de todas las pinches madres.
Me bloqueó el hijo de puta. Y, siendo objetivos, porque hay que serlo en esta vida sin limitarse a dejarse llevar de vez en cuando, tuve la vil culpa.
Pero el tipo era atractivo, tenía un tatuaje en el pecho y se le alcanzaba a ver apenas entre las aberturas de sus camisas, y era de complexión agradable de las que ni fu ni fa, y escribía decente, y si es que sigo diciendo cosas buenas del chavo las estaría inventando porque la verdad no las conozco. No existen. No sucede.
Traducción: regresé por cinco minutos a esos medios del demonio, a esas redes sociales de encuentros con personas "afines" para toparme con la pared de la realidad, esa que me dice: si pretendes que no sabes qué buscas, la vida va a entender que no te importa lo que encuentres.
La verdad es que, en esos negocios de las relaciones humanas, conviene seguir al instinto y mantener en raya los impulsos.

Que si el alma urge y los dedos procuran,
el estruendo surge y anuncia basura.

04 julio, 2017

La escalera.

Cuando tenía once o doce años, no recuerdo exactamente pero durante el viaje que hice a Estados Unidos con mis papás, se le ocurrió, quizá a un tío más que a cualquiera de mis padres, subir un edificio hasta el piso cuarenta y dos o un número de esa calaña, un piso donde las paredes eran de un cristal tan transparente que aún manchándolas de tinta podías ver los límites de la ciudad y dónde empezaban las que estaban más allá.
Tuvieron que bajarme del elevador de las greñas, y no pudieron evitar que el hijo verjoletón de mi santa madre y mi querido padre se arrastrara por los suelos cual cucaracha pisada. El berrinche fue de tales proporciones que me tuvieron que sacar del edificio y que tías que no estuvieron presentes recuerdan el incidente hasta estos días como si no tuvieran algo más por lo cual recordarme.
¿Cómo no me iba a poner así si sentí que me caía en ese vacío de color azul, con la posibilidad casi tangible de morir antes de llegar al suelo?
Tiempo después llegamos a hoy. Por las goteras y a medio comienzo de la temporada de lluvias, mi papá contrató a unos trabajadores para reparar el techo y colocar cemento en donde estaba el pasto que nunca regué, y a estos se les ocurrió dejar puesta la escalera.
Llegando, entrando a mi cuarto, abrí las cortinas y lo primero que me encuentro es el armatoste ese del otro lado de la ventana.
Bajé, salí al patio, y lo que veo es una escalera, formando un ángulo casi recto, de pie en el suelo del patio y llegando hasta el techo, sobresaliendo apenas un tramo de escalera de la pared del segundo piso.
Después de divagar un rato y de encontrarme en un estado chistoso, drenado, apagado para continuar escribiendo, me dije "Raúl: tú lo que tienes es miedo. Es hora de dejar de hablar de personajes que conquistan los suyos y hacer algo por ti y por aquel niño mimado que le arruinó una experiencia a su familia". Pensé: "no arruiné nada, cuando menos le di algo de interés al asunto", pero seguí viendo la escalera.
"Raúl, no vas a poder hablar de gente que enfrenta sus temores si tú no sientes miedo", pensé, dulce ingenuidad aquella que me invadió veinte minutos atrás, y la escalera me miró como si tuviese ojos y esos ojos me ofrecieran las más grandes recompensas a cambio de subirme a ella.
Salí, la toqué y se tambaleó. Días antes había observado la firmeza con la que uno de los albañiles daba de azotes a la escalera con sus pisadas, domando a la bestia que estaba cabalgando, y al más ligero de mis toques, el más curioso de mis tactos, la cosa esa se movió como gelatina. Subí dos peldaños y me mareé, decidiendo que eso no era para mí.
Regresé al interior, intenté seguir escribiendo y la escalera, invisible un rato atrás, se volvió todo lo que alcanzaba a ver desde afuera. Fue como cuando el vecino de atrás se desviste. Peleo con lo que creo que son todas mis fuerzas para no mirar, pero tanto la ventana como la escalera me agarran la cabeza y me tuercen el cuello hasta que son el enfoque de mi mirada. Y es que no es la escalera ni la ventana, sino lo que puede haber del otro lado, lo que puede ayudarme a escalar.
Terminé por calzarme zapatos y amarrarme bien las agujetas, por ponerme algo más que ropa interior y asegurarme que estaba bien pegada a mi cintura, tomé el celular por si llegaba a morir a medio camino o quedarme atrapado sin poder moverme. Armado con el equipo mínimo, salí al patio de nuevo, tomé en mis manos la escalera de gelatina y comencé a subir los peldaños antes de arrepentirme.
No conté cuántos fueron, pero comencé a preguntarme si hacía lo correcto antes de tener frente a mi rostro el comienzo de la planta superior.
Decidí seguir moviendo a mis pies, tratando de imitar los pasos del señor encargado de reparar el techo y traté de recordar en dónde ponían sus manos las personas que había visto subir una escalera, cómo colocaban sus pies, qué hacían cuando tenían miedo. No recordé ninguna de esas cosas. Colocaban sus pies donde debían, movían sus manos donde podían y nunca se enfocaban en la escalera, esta era solo un medio.
Peldaño tras peldaño, llegué a estar frente a mi ventana cuando empecé a sentir una sensación de calor helado drenando mi pecho.
Me detuve.
Ese pudo ser momento de detenerme, de dar media vuelta y pretender que ya había logrado subir a la escalera. Pensándolo, ya la había subido, y desde donde estaba, mirando hacia mi derecha, podía apreciar que, más allá del fraccionamiento, donde todavía se ven los rayos del sol saliendo directamente de su fuente, había un monte de color verde naturaleza, verde salvaje, verde puro delante de una neblina que hacía que los colores cobraran más vida. Pude decir que mi tarea estaba hecha, pero la verdad es que lo que quería era subir.
Quería ver cómo era la cosa hasta arriba, qué tanto se veía y qué tanto me podían ver los demás. A pasos cada vez menos decididos, dejé que mis pies guiaran a mi cabeza y llegué hasta tener el pecho al nivel del techo.
Se veía más clara y más pura esa luz. Ahí arriba, con el techo gris y sin chiste, con el montón de techos iguales a mi alrededor, vi que lo que abajo eran sombras arriba eran aires.
Bajar.
Vaya los descubrimientos de la vida, ¿eh?
Resulta que, al menos en este presente y en el pasado inmediato, lo que me da miedo no son las alturas en sí, sino que se trata más de lo que me provoca la sensación de caer.
Ahí arriba, suspendido sobre un pedazo de hojalata, flotando a unos cuantos metros de altura, me quedé sin poder moverme. Me congelé.
Ni cuando me robaron la cartera, o cuando le declaré mis sentimientos al chico heterosexual que me gustaba, ni cuando sentí que perdería el trabajo (enorme posibilidad aún latente) ni cuando me dijeron que podía tener la más intensa de las infecciones en mi cuerpo, en ninguna de esas ocasiones me detuve, pero me subí a una escalera y recordé que estaba solo en casa sin nadie que reclamara mis restos, observé que la escalera comenzaba a temblar tanto al ritmo de mis piernas que se comenzaba a despegar de la pared, sentí que tuve que bajar tanto un pie para descender un peldaño que cabía la posibilidad que en lugar de pisar la superficie resbalara mi pie en el vacío y en lugar de ser Raúl, un aspirante a escritor y eterna víctima del arrepentimiento, sería un cuerpo que velan en contra de sus deseos. O peor. Sería un lastimado, un ente que solo sirve para generar lástima y no puede lograr la autosuficiencia. Todo por la pendejada de subir una escalera en contra de su propia razón.
Con mi ventana de frente pero sin algo de lo cual poder sujetarme, cerré mis ojos, abrazando la escalera. Desde abajo quizá fui una enorme masa de carne que temblaba por una pendejada, pero ahí arriba me descubrí como una persona con más miedos de los que creía. No, no con más miedos, pero sí con fantasmas de mayores magnitudes.
Quizá es esto lo que gana uno cuando vive protegido durante toda su vida. Tal vez sigo siendo un niño y mis cuidados no me abastecen para sentirme en calma.
Vaya que aún no entiendo por qué una escalera, no, la decisión de subirme a una escalera me dejó temblando tanto que estoy sintiendo cansadas mis muñecas por resistirse al terremoto.
En un rato tuve una conversación filosófica sobre mi existencia y el significado de las cosas, sobre el miedo a subir reflejado en mi indecisión ante la vida porque quizá no sabré qué hacer cuando tenga que bajar, y esperé pisar el suelo y agacharme para besarlo o acostarme para sentirlo y disfrutarlo, pero ya no se siente cálido lo cómodo cuando has andado en el aire y me quedaron más ganas de recargarme en la pared por si me desmayaba que de mantenerme en un suelo que sé que no se va a ir.
Dicen que cuando vives atormentado por algo, todo en la vida te habla de ello.
Sentí lo peor subiendo a esa cosa, pero sé que quiero volver a subir, volver a intentarlo.
No entiendo.

02 julio, 2017

No existes.

Lo que veo es lo que siento.
Serie de percepciones.
Momentos sin reacciones.
Primero miro y luego pienso.

Cuando quiero escucharme sabio,
cuando las palabras que pronuncio se escuchan vanas
pienso en el ocaso de mis entrañas
o en el final de tus labios

Boca que no existe,
persona sin materia
pregunto desde mis arterias
por qué nunca viniste

Por qué te quedaste en un rincón de mi mente
y te limitaste a ser menos que un significado
de ideas vagas que siempre has relegado
a ser algo en lo que mi ser miente

Pues sé que no existes para mí
que un tú y yo no es posible
y ni tu cuerpo ni tu ser son tangibles
al ser menos de lo que un día creí.

Mente maravillosa
inestable criatura
dime solo una cosa:
¿no te cansa esta tortura?

29 junio, 2017

El amor de mi vida y los eventos inesperados.

Solo a una persona en mi vida le he dicho "te quiero" más de diez veces, a veces cubriendo la cuota en un solo día, en un mismo encuentro.
¿Eso significa que él fue el amor de mi vida?
Tengo veinticuatro años y miro a través de la ventana de mi cálida habitación que, a través de la cortina traslúcida, el sol brilla sin piedad mientras gotas de lluvia comienzan a caer. En lugar de tener una lluvia en la oscuridad, llena de truenos en el aire y ráfagas heladas de viento, veo el sol y veo agua caer.
Gran parte de mis experiencias en el amor, sin ser tantas para elevarme ni tan pocas para justificarme, corresponden a la paradoja que está sucediendo en el cielo del día de hoy. Cuando cae la lluvia puede salir el sol. Cuando sale el sol puede llover. Cuando llueve puede hacer calor. Con el sol brillando puedes ver que el cielo está nublado.
Recuerdo cuando me fui y lo dejé.
No en el sentido de abandonarlo, sino en el físico, de tener que alejarme por necesidades de los caminos que me ofreció la vida. Aunque siento que sí lo dejé. Nuestras pláticas eran normales, si a caso con un grado mayor de exasperación de las dos partes. Las despedidas se hacían igual de largas, pero con el miedo a quedarse sin transporte reemplazado por un terror a que fallen las vías de comunicación. Ninguno vio que ambos ocultábamos algo.
Con la primera pelea, el giro en la trama se hizo ver: él parecía ocultar el miedo al abandono bajo una máscara que comenzó siendo de apoyo y terminó haciéndose de orgullo y distancia. Implicado en el teatro, coloqué, sin ser consciente o sin querer serlo, una máscara propia, de autosuficiencia, cuando no quería ver que me hacía falta el apoyo de alguien.
El amor de mi vida fue un amor basado en la dependencia y en probar qué tanto daño le puedo hacer al otro antes de que amenaze con irse, en dónde está el límite de la otra persona; una serie de sucesos que terminaron combinando alegría y desesperación porque ninguno de los dos fuimos conscientes desde un principio que ambos necesitábamos abrir los ojos.
No digo que sea más feliz que antes de todos lo que sucedió con este chavo. Quizá me cuesta más trabajo reírme, o adaptarme a las situaciones sociales, y quizá doy una impresión muy diferente a la que solía dar antes de haber vivido este romance, pero sí me siento menos miserable, si me veo menos vacío porque ahora puedo atreverme a mirarme.
Las experiencias del pasado inmediato me han dicho que no he aprendido del todo.
¿Quién a sus veinticuatro lo ha logrado?, me pregunto, ignorando en mi cabeza la voz de mi madre que me recuerda que no debo andarme comparando con los demás. Las comparaciones son malas pero nuestro entorno se ha construido a partir de ellas.
El punto es que sigo jodido pero ahora siento que logro entiender por qué, al menos en una pequeña parte.
Ya no me quedo de "no entiendo a las demás personas", "no sé qué pasó", "por qué se fue si todo estaba tan bien". A veces las relaciones funcionan como un servicio privado en cuanto a que tomas lo que necesitas y lo dejas de usar cuando ya no lo requieres. Dicho de un modo más romántico, las cosas, las acciones y los objetos abstractos tienen sus ciclos de vida.
La comida se pudre, las máquinas se detienen, los pensamientos se olvidan. Los ciclos se cierran en algún momento de nuestras vidas o se paran con la muerte.
Solo me queda una pregunta.
Cuando todo terminó con este chavo, ¿lloré porque se fue, o porque me hizo voltear a mi persona?
No me agrada, pero tampoco difiero mucho con aquella paradoja popular que dice más o menos así: "¿cómo puedes afirmar quién es el amor de tu vida si ni siquiera tu vida ha terminado? Tienes que valorar todos los amores que has vivido y de ahí sabrás quién se trató del verdadero amor de tu vida, ¿no?"
Quizá, respondo.
Él sí sería el amor de mi vida, de acuerdo al trayecto que llevo recorrido, y me cuesta trabajo admitirme que a veces pienso en él, y en que quiero volver, y en que no sé si ello le haga daño o le ayude o me ayude o sea un capricho, necesidad, testarudez u obsesión. Ninguna de estas cuatro opciones suenan chidas. ¿Me queda dejar ir, entonces? ¿Soltar?
Quizá.
Seguir adelante sin olvidar lo que me dejó. Conservo muchas cosas buenas de él. ¿Él pensará algo así de mí? ¿Ya quedé en su olvido? ¿Aprenderé de los errores que cometí solo y en su conjunto? ¿Sabrá que importó tanto para mí?
Quizá, quizás.

23 mayo, 2017

Vida, hoy.

Las punzadas son dolores de cabeza que se sienten como si taladraran encima de ti, pero en lugar de emplear la máquina esa que tiene el tamaño de un niño, utilizan una aguja.
Taladran y taladran hasta que dejas de sentir el ardor de la lanza abriéndose paso entre la piel.
Se deja de sentir.
Olvidas que respiras.
Ignoras que sientes.
Realizas tus actividades como todos los días, por inercia, constumbre o maldición.
Pregunto, si la vida mejora, ¿seguirán existiendo estos dilemas?

19 mayo, 2017

En chinga.

Como cuando descubres, ocho días atrás, la oportunidad de tu vida y decides cambiar todos tus planes, todas tus procrastinaciones, todas tus ideas sobre la vida y sobre lo que quieres de ella y lo que le puedes ofrecer para darlo todo por tener la más mínima chance de lograr eso.
Eso.
Debo prepararme también para el rechazo, pero de verdad es algo que quiero, algo que escribo en mi diario y en mis entrañas que quiero intentar, aunque no lo logre y aunque me terminen escupiendo en la cara y en mi alma.
Si me voy a morir, quiero haber probado los sinsabores de la experiencia primero.

Dieciocho días para el cierre.

Doce días para terminar todo.

Llevo ocho días dando todo lo que puedo y arriesgando provocar problemas irreversibles en mi vida laboral del día a día, y voy a seguir así hasta llegar al doceavo día. Luego me preocupo por lo que sucede después de mayo.

10 mayo, 2017

Dieciséis de marzo de dos mil diecisiete.

Arranco mis hojas, las de mi interior,
Suprimo las ánimas que crecen desde un cielo inferior,
Rellenos los mantos están de canela,
En rollos y en polvo, de frutas de hierba,
Y digas y hables de la vida y las piedras,
Que uno es eterno y que mientes sin penas,
Si vida es difícil cuando el dolor la llena,
Solo es deprimente si los sentidos van en vela.

20 marzo, 2017

R. Glass.

¿Por qué una película como La la land me pisoteó en la cara y se convirtió en una experiencia que busqué repetir otras cuatro veces? ¿Por qué he dejado de sentir interés por muchas cosas que los demás veían como una parte integral de mi persona? ¿Por qué he vagado por los rincones de los lugares que me rodean como alguien que no tiene un rumbo ni destino definido, como aquellos lobos que se separan de su jauría y no saben cuál es el camino de vuelta a casa?
He estado leyendo El guardián entre el centeno por unas semanas ya, se podría decir que casi tengo el mes leyéndolo, después de devorarme Los detectives salvajes en semana y media, dejar interrumpidos como tres o cuatro recopilaciones de cuentos, y haber leído otro libro que no recuerdo en este momento.

09 marzo, 2017

Allegro, molto, più mosso.

Agitó sus alas y entre las plumas flotó, hasta que una ráfaga de viento lo elevó, mientras caminaba por los escalones que lo llevaban hacia arriba, gracioso como bailarina de seda, sintiendo cómo las cuerdas le daban dirección y sentido y lo pendían de una nota.
Alerta.
Ahí está.
Los pies danzaban al compás de un ritmo desconocido.
Ágil.
Grácil.
Exigente.
Divertido.
Movía la cadera y la cabeza, y el cuerpo iba detrás
Respira.
Muévete con delicadeza antes de que comience el aire.
Agitó sus sentidos.
De puntitas se acercó cauteloso, calmado, pero sus pies empezaron a saltar y danzar y dejó que el ritmo lo llevara cayendo y bailando y brincando de un lado a otro rápido sin pensarlo y con muchas caricias moviéndose sin fin hasta desplomarse en el suelo.

26 enero, 2017

Tres tristes tigres.

Yo soy Jerome Squalor.
Vivo queriendo hacer el bien sin salir de donde me siento cómodo. Permito que una crisis de pensamientos contradictorios me nuble el conocimiento para hacerme el loco en lugar de tomar una decisión. Me la paso queriendo que todos estén bien y me cierro cuando la vida se mueve para hacerme dar cuenta de que no siempre es posible.
Soy Jerome Squalor queriendo ser Tom Sawyer. Vivo como Zooey Glass anhelando pensar como alguien normal, arriesgando estar en la cabeza de un simple mortal que no necesite distraerse del millar de pensamientos que giran por mi cabeza para poder tranquilizarse, de agotar la energía hasta el límite para conciliar el sueño una vez que mi cabeza se cansa. Y es que la gente piensa a los inteligentes como seres diferentes que se ven superiores, pero igual que Seymour lo que buscamos después de todo es la paz.

Dicen que los sabios de este mundo están trabajando detrás de un volante. Conocen muchos rincones de este mundo, saben lidiar con limitaciones de espacio y de materiales, siempre tienen plática sobre cualquier cosa y, según un primo, eligen los mejores lugares para detenerse a comer.
No todos, por supuesto, porque algunos se dejan llevar tanto por una idea, por una percepción, por una manera de ser. Decidir no ver lo que estamos viendo es un trato humano, después de todo. Al igual que la culpa, y la creación de ilusiones, de expectativas, con cosas, situaciones, personas. Es humano intentar ver hacia el futuro, aunque solo logramos desenmarañar el presente, en el mejor de los casos.
Ves. Observas. Miras.
Los ojos son poderosos, pero fáciles de engañar.
Y ellos todo ven. Aunque decidan ignorarlo de vez en cuando.

Iniciativa.
Palabra grande. Cuesta más trabajo pronunciarla que maldecir.
El mal del mexicano: que cuando está a gusto, luchará por mantenerse así, a menos que el esfuerzo sea mayor que la recompensa.
Cuándo me voy a poner a escribir la historia esa que tengo planeada. Cuándo voy a salir de aquí. Cuándo voy a decidir que ya estoy harto de las cosas que me hartan y comenzaré a moverme, a cambiar, a decidir que no voy a dejar que la flojera me agobie, me agarre de brazos y piernas y me impida el movimiento. Cuándo me voy a defender contra la inercia y sus males, contra el conformismo y sus comodidades, y contra sentir que no encajo en un lugar y no hacer nada para modificarlo.
Leí por ahí que las personas a veces sienten esos bloqueos por miedo a no hacer las cosas bien.
El artículo no decía qué hacer en esos casos.
Proacción, no reacción.
Sudor en la frente. Desesperación en los dedos que se mueven para formar palabras. Sentir la sangre correr por todo mi cuerpo de la emoción de saber que estoy haciendo algo que tiene significado. Para mí, o para los demás, o para la vida, o para las cosas que me rodean y que no me rodean. Para lo que sea, pero que signifique, que sienta, que duela por ser tan verídico para mi ser que me lleve al punto de explorar y reintegrarme y volver a explotar y repetir.
Aunque nadie me entienda, ni siquiera yo.
Aunque nada entienda, y a veces decida no ver.
Aunque luche por convencerme de que algo saldrá bien.
Algo haré.

23 enero, 2017

Veintitrés de enero.

Miró hacia su izquierda. Había una ventana cerrada.
Hacia su derecha, imaginaba el reflejo de la misma ventana, pero en realidad alcanzaba a ver los trastes sucios en el lavabo de la cocina, y sombras a su alrededor.
¿Recuerdas aquellos tiempos, se dijo, en los que no existían miedos y te aventurabas, arrojándote hacia lo que no existía solo porque la adrenalina estaba ahí y no aquí, y querías ver qué se sentía perderlo todo?
En parte, claro, porque en realidad no lo viviste.
Si hubo noches en otras ciudades, fueron dentro de hoteles, y las visitas a espacios desconocidos se hacían con la guía o el consejo de quien había estado ahí antes, a veces siendo consejos de consejos.
Siete, ocho minutos. Nada.
Dieciocho, diecinueve más. El cuerpo pide movimiento.
Cuarenta y tres, cuarenta y cuatro y cuesta cargar con cosas trabadas, dice el alma.
Una página más, otro pixel por recorrer. Veía su mundo pasar, su vida agotarse, su tiempo desperdiciado por cosas que no existen en situaciones que no le importaban en realidad, pero es más difícil buscar cuando no sabes qué quieres encontrar, y quizá sea la mente o el cuerpo, pero se siente bien estar sin vida.
Quizá sea la mente, el cuerpo a veces pide movimiento. Y cuando el cuerpo no se mueve, a veces la mente intenta volar.
Y la mente grita, araña y destruye para que la escuchen. Suele quedarse en eso, su cabeza.
Porque qué fácil es quejarse en lugar de proponer.
Qué esperanzas de escapar en lugar de luchar, pero, ¿cómo diferenciar entre la lucha que se acaba y aquella que se abandona?
¿Estoy preparándome para correr?, pensó. ¿Pido a gritos algo que necesito?
Algo en mí me pide que me quede en paz, continúa, que mínimo me permita reposar las ideas y permitirles considerar las opciones posibles, pero otro de esos entes me toma el tiempo, uno más me exige resultados, hay uno que llora a gritos y me impide a escuchar a aquellos que se hacen llamar razón, llegando sin referencias. Por ahí está la que cree que la respuesta es moverse, y entre tantos gritos, es la única que parece en calma.
En verdad que es más fácil ver lo que faltó a lo que falta, pero por burla del destino, resultó ser un ciego para muchas de estas cuestiones.

13 enero, 2017

Inercia.

¿Y si nada cambia?
¿Y si todo sigue igual?
Me prometí no cometer errores de los que ya había aprendido, una tarde desolada en la que me vi en un punto deprimente. Dejarás de herir, Raúl, aunque tengas que equivocarte.
Calla. Arrepiente. Corrige. Mueve, grita, llora, corre. Y al final todo parece que sigue igual.
¿Por qué siento que la vida se me va, no si me equivoco, sino si sé que puedo cometer otra vez ese mismo error en otro momento?

12 enero, 2017

La sarta del loco.

Mi diario está harto de que escriba su nombre en él, pero es claro para mí que mi cabeza no lo está.
Imaginas, tras dos años, casi dos años, de empezar algo con una persona que te dejó huella en tu corazón, en tu alma, en tu vida, y que decidiste dejar por amor propio; ¿te imaginas a caso lo que harías si esa persona vuelve a tu vida?
De manera virtual, como una oportunidad, con el entusiasmo que le conociste y el cariño y la efusividad que habñias decidido comenzar a creer que estaba en las interpretaciones que le dabas a los textos de un pasado casi olvidado.
Entonces te preguntas: "¿llegó así, ante mí, o es una versión que quieres creer de lo que te está presentando?", "¿lo que ves es lo que quieres ver, o ves en realidad lo que es?".
Cuando abro los ojos, cuando en realidad los abro, veo mis errores.
¿Cómo le pude haber dicho que yo no iba a cambiar? ¡Date cuenta de la tontería que cometí al pronunciar esas palabras!
"No voy a cambiar".
Las dije porque las sentí verdaderas.
Y en ese momento cambié, y se convirtieron en mentira.
Me encuentro gritándome, enojado, lleno de desesperación. Revivo el momento en mi cabeza pero con el yo del presente tratando de estrangularme. Regreso a segundos antes y me imagino presionando la mano que coloco en mi boca del pasado, esperando a que los labios decidan cerrarse y ver al futuro para darse cuenta de la tontería que van a cometer.
Me merezco lo que pasó, aunque no lo quiero.
Merezco haber recibido los golpes verbales que recibí, quizá me hicieron falta más. También los enojos, las indirectas, los arañazos, merezco cada patada, insulto y escupitajo que me arrojó a la cara, al igual que sus silencios, sus aparentes indiferencias y todas las veces que decidió pretender que no estaba yo ahí con él.
Y es que cómo duele cuando te hacen saber que no importas, y cómo es peor cuando se hacen que no te ven.
"Todo te lo tomas muy en serio".
"Pensé que eras más maduro".
"Dices eso, pero no es cierto. No me lo demuestras".
"Mira. Date cuenta de que no soy así. Yo no soy quien tú dices que soy. Veme, ese que dices no soy yo".
Este soy yo. Dándole golpes al aire en el vacío. Gritándole al viento todo lo que te quise decir. Con dos brazos que recuerdan la forma de tus apapachos, y un semblante arrepentido de haberme ido.
Sí. Tenía sentido, y a veces aún lo tiene, mi partida de aquel inicio del último tramo del verano de 2015, cuando decidí que ya no te podía ayudar más, y que era mejor que te buscaras otra ayuda: una que viniera de ti. Y no sé si la encontraste. No sé si la buscaste en verdad en ti, o fuiste con otras personas a ver si te la podían proporcionar, pero confío en que sí encontraste algo. Si no la ayuda, al menos un camino; si no el camino, una pista. Algo. Lo que sea. Espero que lo hayas encontrado.
Si no tienes nada, te puedo dar respuestas.
Sí.
Me arrepiento.
De haberte dejado.
Lo hice porque quería que vieras que, cuando lastimas a alguien que te quiere, esa persona se puede ir. Me arrepiento porque ahora sé que a veces, cuando me alejabas, estabas tratando de pedir ayuda. Creí que no podía ayudarte, en ese entonces, porque por algo me seguías alejando.
Debí dejar de buscar por respuestas que no querías dar, por explicaciones que no se necesitaban, por algo que ahí tenía frente a mí y no sabía ver. Quería que me ayudaras a entender el piso en el que estaba parado y veo que tú me decías que ahí no estaba lo importante, y eso no lo vi.
Me gustaría sentir que estoy a tu altura. A veces soy una persona a la mitad, y tú eres un entero. Busca cosas para los enteros: conoce lo que hay a tu alrededor, velo todo y toma lo que te haga bien. Si yo te hago bien en algún momento, ven y tómame, pero déjame si no.
Me ayudaste a caminar, pero me atoré. Tú no lo hagas. Camina. Corre. Vuela. Aunque me dejes abajo, de aquí te veo.
Sigue adelante por ti.
Si tu camino tiene que cambiar, síguelo.
Si quieres regresar, hazlo, pero que sea para tu bien.
Quizá no he cambiado mucho, y puede que digas que nada, pero veo diferente ahora, al menos algunas cosas.
A veces no tiene sentido. A veces nada lo tiene.