Siempre quise comenzar el año escribiendo. Sí, desatendí severamente este espacio, y no volví precisamente con la promesa de escribir siempre, sólo quise venir a escribir (feliz año, por cierto, pues en este momento es medianoche).
Y, a pesar de que fue un año LLENO de cosas buenas, lo malo se podría decir que opacó un poco la mayor parte del tiempo, aunque fueron fechorías mentalmente alteradas más que nada. Bienvenidos a la entrada más deprimente hasta la fecha.
Bueno, aquí me tienen, escuchando balazos de celebración (cosa de la que tengo muy mala opinión, sinceramente), revisando muestras de afecto electrónicas y enfriándome el trasero por traer mis pantalones sin ropa interior mientras estoy sentado sobre el suelo de mi sala. Si se preguntan el por qué, es simple: quiero que mi año no sea modificado por el color de ropa interior que lleve puesta o por la cantidad de uvas que meta forzosamente en mi garganta en menos de un minuto. Quiero que todo sea natural, y con esto me estoy diciéndo a mí mismo que creo en las supersticiones más de lo que pensaba.