26 enero, 2017

Tres tristes tigres.

Yo soy Jerome Squalor.
Vivo queriendo hacer el bien sin salir de donde me siento cómodo. Permito que una crisis de pensamientos contradictorios me nuble el conocimiento para hacerme el loco en lugar de tomar una decisión. Me la paso queriendo que todos estén bien y me cierro cuando la vida se mueve para hacerme dar cuenta de que no siempre es posible.
Soy Jerome Squalor queriendo ser Tom Sawyer. Vivo como Zooey Glass anhelando pensar como alguien normal, arriesgando estar en la cabeza de un simple mortal que no necesite distraerse del millar de pensamientos que giran por mi cabeza para poder tranquilizarse, de agotar la energía hasta el límite para conciliar el sueño una vez que mi cabeza se cansa. Y es que la gente piensa a los inteligentes como seres diferentes que se ven superiores, pero igual que Seymour lo que buscamos después de todo es la paz.

Dicen que los sabios de este mundo están trabajando detrás de un volante. Conocen muchos rincones de este mundo, saben lidiar con limitaciones de espacio y de materiales, siempre tienen plática sobre cualquier cosa y, según un primo, eligen los mejores lugares para detenerse a comer.
No todos, por supuesto, porque algunos se dejan llevar tanto por una idea, por una percepción, por una manera de ser. Decidir no ver lo que estamos viendo es un trato humano, después de todo. Al igual que la culpa, y la creación de ilusiones, de expectativas, con cosas, situaciones, personas. Es humano intentar ver hacia el futuro, aunque solo logramos desenmarañar el presente, en el mejor de los casos.
Ves. Observas. Miras.
Los ojos son poderosos, pero fáciles de engañar.
Y ellos todo ven. Aunque decidan ignorarlo de vez en cuando.

Iniciativa.
Palabra grande. Cuesta más trabajo pronunciarla que maldecir.
El mal del mexicano: que cuando está a gusto, luchará por mantenerse así, a menos que el esfuerzo sea mayor que la recompensa.
Cuándo me voy a poner a escribir la historia esa que tengo planeada. Cuándo voy a salir de aquí. Cuándo voy a decidir que ya estoy harto de las cosas que me hartan y comenzaré a moverme, a cambiar, a decidir que no voy a dejar que la flojera me agobie, me agarre de brazos y piernas y me impida el movimiento. Cuándo me voy a defender contra la inercia y sus males, contra el conformismo y sus comodidades, y contra sentir que no encajo en un lugar y no hacer nada para modificarlo.
Leí por ahí que las personas a veces sienten esos bloqueos por miedo a no hacer las cosas bien.
El artículo no decía qué hacer en esos casos.
Proacción, no reacción.
Sudor en la frente. Desesperación en los dedos que se mueven para formar palabras. Sentir la sangre correr por todo mi cuerpo de la emoción de saber que estoy haciendo algo que tiene significado. Para mí, o para los demás, o para la vida, o para las cosas que me rodean y que no me rodean. Para lo que sea, pero que signifique, que sienta, que duela por ser tan verídico para mi ser que me lleve al punto de explorar y reintegrarme y volver a explotar y repetir.
Aunque nadie me entienda, ni siquiera yo.
Aunque nada entienda, y a veces decida no ver.
Aunque luche por convencerme de que algo saldrá bien.
Algo haré.

23 enero, 2017

Veintitrés de enero.

Miró hacia su izquierda. Había una ventana cerrada.
Hacia su derecha, imaginaba el reflejo de la misma ventana, pero en realidad alcanzaba a ver los trastes sucios en el lavabo de la cocina, y sombras a su alrededor.
¿Recuerdas aquellos tiempos, se dijo, en los que no existían miedos y te aventurabas, arrojándote hacia lo que no existía solo porque la adrenalina estaba ahí y no aquí, y querías ver qué se sentía perderlo todo?
En parte, claro, porque en realidad no lo viviste.
Si hubo noches en otras ciudades, fueron dentro de hoteles, y las visitas a espacios desconocidos se hacían con la guía o el consejo de quien había estado ahí antes, a veces siendo consejos de consejos.
Siete, ocho minutos. Nada.
Dieciocho, diecinueve más. El cuerpo pide movimiento.
Cuarenta y tres, cuarenta y cuatro y cuesta cargar con cosas trabadas, dice el alma.
Una página más, otro pixel por recorrer. Veía su mundo pasar, su vida agotarse, su tiempo desperdiciado por cosas que no existen en situaciones que no le importaban en realidad, pero es más difícil buscar cuando no sabes qué quieres encontrar, y quizá sea la mente o el cuerpo, pero se siente bien estar sin vida.
Quizá sea la mente, el cuerpo a veces pide movimiento. Y cuando el cuerpo no se mueve, a veces la mente intenta volar.
Y la mente grita, araña y destruye para que la escuchen. Suele quedarse en eso, su cabeza.
Porque qué fácil es quejarse en lugar de proponer.
Qué esperanzas de escapar en lugar de luchar, pero, ¿cómo diferenciar entre la lucha que se acaba y aquella que se abandona?
¿Estoy preparándome para correr?, pensó. ¿Pido a gritos algo que necesito?
Algo en mí me pide que me quede en paz, continúa, que mínimo me permita reposar las ideas y permitirles considerar las opciones posibles, pero otro de esos entes me toma el tiempo, uno más me exige resultados, hay uno que llora a gritos y me impide a escuchar a aquellos que se hacen llamar razón, llegando sin referencias. Por ahí está la que cree que la respuesta es moverse, y entre tantos gritos, es la única que parece en calma.
En verdad que es más fácil ver lo que faltó a lo que falta, pero por burla del destino, resultó ser un ciego para muchas de estas cuestiones.

13 enero, 2017

Inercia.

¿Y si nada cambia?
¿Y si todo sigue igual?
Me prometí no cometer errores de los que ya había aprendido, una tarde desolada en la que me vi en un punto deprimente. Dejarás de herir, Raúl, aunque tengas que equivocarte.
Calla. Arrepiente. Corrige. Mueve, grita, llora, corre. Y al final todo parece que sigue igual.
¿Por qué siento que la vida se me va, no si me equivoco, sino si sé que puedo cometer otra vez ese mismo error en otro momento?

12 enero, 2017

La sarta del loco.

Mi diario está harto de que escriba su nombre en él, pero es claro para mí que mi cabeza no lo está.
Imaginas, tras dos años, casi dos años, de empezar algo con una persona que te dejó huella en tu corazón, en tu alma, en tu vida, y que decidiste dejar por amor propio; ¿te imaginas a caso lo que harías si esa persona vuelve a tu vida?
De manera virtual, como una oportunidad, con el entusiasmo que le conociste y el cariño y la efusividad que habñias decidido comenzar a creer que estaba en las interpretaciones que le dabas a los textos de un pasado casi olvidado.
Entonces te preguntas: "¿llegó así, ante mí, o es una versión que quieres creer de lo que te está presentando?", "¿lo que ves es lo que quieres ver, o ves en realidad lo que es?".
Cuando abro los ojos, cuando en realidad los abro, veo mis errores.
¿Cómo le pude haber dicho que yo no iba a cambiar? ¡Date cuenta de la tontería que cometí al pronunciar esas palabras!
"No voy a cambiar".
Las dije porque las sentí verdaderas.
Y en ese momento cambié, y se convirtieron en mentira.
Me encuentro gritándome, enojado, lleno de desesperación. Revivo el momento en mi cabeza pero con el yo del presente tratando de estrangularme. Regreso a segundos antes y me imagino presionando la mano que coloco en mi boca del pasado, esperando a que los labios decidan cerrarse y ver al futuro para darse cuenta de la tontería que van a cometer.
Me merezco lo que pasó, aunque no lo quiero.
Merezco haber recibido los golpes verbales que recibí, quizá me hicieron falta más. También los enojos, las indirectas, los arañazos, merezco cada patada, insulto y escupitajo que me arrojó a la cara, al igual que sus silencios, sus aparentes indiferencias y todas las veces que decidió pretender que no estaba yo ahí con él.
Y es que cómo duele cuando te hacen saber que no importas, y cómo es peor cuando se hacen que no te ven.
"Todo te lo tomas muy en serio".
"Pensé que eras más maduro".
"Dices eso, pero no es cierto. No me lo demuestras".
"Mira. Date cuenta de que no soy así. Yo no soy quien tú dices que soy. Veme, ese que dices no soy yo".
Este soy yo. Dándole golpes al aire en el vacío. Gritándole al viento todo lo que te quise decir. Con dos brazos que recuerdan la forma de tus apapachos, y un semblante arrepentido de haberme ido.
Sí. Tenía sentido, y a veces aún lo tiene, mi partida de aquel inicio del último tramo del verano de 2015, cuando decidí que ya no te podía ayudar más, y que era mejor que te buscaras otra ayuda: una que viniera de ti. Y no sé si la encontraste. No sé si la buscaste en verdad en ti, o fuiste con otras personas a ver si te la podían proporcionar, pero confío en que sí encontraste algo. Si no la ayuda, al menos un camino; si no el camino, una pista. Algo. Lo que sea. Espero que lo hayas encontrado.
Si no tienes nada, te puedo dar respuestas.
Sí.
Me arrepiento.
De haberte dejado.
Lo hice porque quería que vieras que, cuando lastimas a alguien que te quiere, esa persona se puede ir. Me arrepiento porque ahora sé que a veces, cuando me alejabas, estabas tratando de pedir ayuda. Creí que no podía ayudarte, en ese entonces, porque por algo me seguías alejando.
Debí dejar de buscar por respuestas que no querías dar, por explicaciones que no se necesitaban, por algo que ahí tenía frente a mí y no sabía ver. Quería que me ayudaras a entender el piso en el que estaba parado y veo que tú me decías que ahí no estaba lo importante, y eso no lo vi.
Me gustaría sentir que estoy a tu altura. A veces soy una persona a la mitad, y tú eres un entero. Busca cosas para los enteros: conoce lo que hay a tu alrededor, velo todo y toma lo que te haga bien. Si yo te hago bien en algún momento, ven y tómame, pero déjame si no.
Me ayudaste a caminar, pero me atoré. Tú no lo hagas. Camina. Corre. Vuela. Aunque me dejes abajo, de aquí te veo.
Sigue adelante por ti.
Si tu camino tiene que cambiar, síguelo.
Si quieres regresar, hazlo, pero que sea para tu bien.
Quizá no he cambiado mucho, y puede que digas que nada, pero veo diferente ahora, al menos algunas cosas.
A veces no tiene sentido. A veces nada lo tiene.