31 marzo, 2018

Adicto. Diario de la perdición, parte IX.

Una parte de mí detesta escribir estas entradas del diario de la perdición. Una parte muy pequeña.
Son una derrota. Para alguien que es consciente de sus actos, caer una y otra vez en aquello que a cada rato prometo evitar es un acto de negligencia.
También no me agradan estas entradas porque se sienten verborreas dramáticas de un adolescente, pero la cosa es que no he dejado de adolescer. A mis recientes veinticinco años, me doy cuenta de que tengo en realidad apenas unos meses con la serie de vivencias que uno suele experimentar en sus tempranas adolescencias. Que si el alcohol hasta que las piernas tiemblen, fumarse media cajetilla de cigarros que no fue comprada con el dinero propio, bailar hasta la madrugada hasta por tres noches consecutivas, ligarse a alguien durante un viaje familiar a una remota villa católica...
Esas cosas no las viví en su momento, y pareciera que la vida es quien me está pasando factura, pero no es la vida en realidad. No puedo culpar a un ente imaginario por las decisiones que estoy tomando de manera consciente. Porque las decisiones lo son. Los motivos, quién sabe.
Duele escribir sobre esto, pero no porque mis actos me provoquen arrepentimiento, sino porque escribo para no seguir cometiendo estos mismos errores; porque sé que de no estar aquí tecleando frente a la computadora con una sola luz encendida en toda mi casa estaría dando vueltas por los lugares en donde no necesitas luz, sino oscuridad. Oscurantismo. Donde pagas para que te venden los ojos y sientas bien, porque solo se necesita sentir y no pensar.
Pensar duele.
Y por ello muchos se pierden en la oscuridad.
Contrario a lo que uno puede pensar, esa oscuridad no da miedo. Los fantasmas que la rodean solo te quieren mantener ahí, quieren que te sientas bien. Si sales herido, es por tu culpa.
Si sales de ahí... pues, éxito. Supongo.
Prepárate para que duelan las heridas que te hiciste al tropezar en el pasado, a que no puedas caminar porque tus pies están hinchados de tanto moverse, a que sientas la cabeza estallar una y otra vez y sin detenerse hasta que regreses.
¿Vale la pena luchar si el regreso es más agradable?
Los fantasmas mantienen las puertas siempre abiertas, sobre todo de noche.
Los fantasmas no te quieren hacer daño, no es su propósito.
Los fantasmas no existen.