A lo largo de este último mes, he corroborado la idea de que el tiempo pasa más rápido cuando son cosas que deberían durar más, pero más lento cuando se trata de algo que desearía que terminaran de inmediato.
Por ejemplo, comencé a practicar dando clases, y he tenido días desagradables que de milagro finalizan de manera agradable, y días increíbles que terminan de la peor manera posible (el viernes incluso comencé a plantearme de nuevo las razones por las que elegí esa carrera durante un momento de debilidad intensa).
También he estado leyendo bastante, más que nada porque tengo tiempo libre y desaparecí de facebook -y aún así el internet se las arregla para arrebatarme el tiempo-, y he estado escribiendo también. Me gusta cuando escribo, sin importar si se trata de la historia patéticamente extraña y curiosa que trato de convertir en una serie de escritos coherentes, o si lo hago en un cuaderno al que no me atrevo a llamarlo "diario" porque no lo escribo a diario.
Me siento bien al hacerlo. Es como si, sin el temor a sonar trillado, al escribir es una de las únicas formas en las que me siento yo mismo, aparte de cuando estoy con un verdadero amigo o cuando leo, aún cuando con éstas es en un grado ligeramente menor.
En ocasiones coloco frente a mí el pedazo de papel y un lapicero de punta fina, mientras pretendo que soy muy bueno escribiendo, y comienzo a trazar garabatos que tienen significado en el momento en el que toman forma.
Me doy cuenta de que es uno de mis únicos escapes que todavía sirven. Con las películas y con algunas series me desconecto, dar mis paseos espontáneos y caminar por ahí dejaron de tener su recompensa armónica y las personas interesantes no siempre están disponibles, aparte de que los chicos a quienes encuentro a través de atroces páginas y aplicaciones son casi por lo general casos de desesperación. Con eso no digo que no he conocido a gente interesante, pero pocos comprenden mi poca resistencia a estar durante mucho tiempo pegado al celular, y la barrera virtual que provocan los textos a medias, las distancias innecesarias y la incertidumbre de que lo que leo corresponde a lo que quieren dar a entender... digamos que ya es una barrera muy grande.
Por ejemplo, he conocido a un par de chicos bastante diferentes el uno del otro. Uno tiene toda su vida resuelta, excepto en cuanto a la parte sentimental, y el otro no tiene miedo de hacer lo que hace, pero teme perder a quien cree que son las personas indicadas para él, aún cuando vea que no lo son. Uno es muy inseguro y lo demuestra de muchas maneras; el otro no lo demuestra porque le teme más a ser inseguro que a ser él mismo.
Ambos tienen miedo a estar solos, a quedar abandonados. Los dos son personas muy buenas, que sé que encontraron en mí algo agradable porque sus textos se fueron haciendo más largos, las caritas felices aparecían con mayor frecuencia y el tiempo para ellos pasaba volando cuando encontraban mis palabras en sus pantallas. Pero no sabían que no puedo ofrecerles una experiencia completa, porque uno vive en otro estado y el otro duerme mientras voy despertando.
Los dos me tomaron cariño, y me duele que haya sucedido con ellos cuando no es recíproco el sentimiento. Sigo cayendo, así como las palabras llenan los espacios en blanco que quedan en mí cabeza y en mi vida, atenuando las cegadoras luces que impedían que viera que eso estaba mal. No me gusta pasar los días ignorando mensajes, olvidando recados y teniendo la noción de que hay alguien que se llevará una gran decepción al saber que no será correspondido por mí.
Soy lo suficientemente cobarde como para dejar que el tiempo les diga la verdad que no me atrevo a pronunciar, mientras me ahogo entre libros y cuadernos que no me hacen olvidar la realidad, sino que me obliga a enfrentarla de una manera diferente. El problema es que, de seguir así, ¿no significa que la vida tendrá que cobrarme todos esos males? ¿O estoy haciendo que víctimas inocentes sufran todo aquello que tuve que sobrellevar algún día.