27 noviembre, 2016

Autosabotaje.

Actúo como si quisiera ver todo destruido para, a partir de ahí, poder levantar a mi persona desde las cenizas.
Y un día me voy a ir. Y no sé si no vuelva jamás, pero lo que tengo por seguro es que el mundo a mi alrededor no actúa como si quisiera ayudarme a lograr mis sueños.
Al contrario.

No me siento bien, conmigo mismo. La terapia me ha ayudado en muchos aspectos, pero existe todavía la parte de tomar la voluntad de no sé dónde para comenzar a actuar bajo mi propio impulso.
Eso no lo tengo. No existe para mí. Todavía no, al menos.

17 noviembre, 2016

Sarta de palabras que pueden herir a alguien.

¿En qué piensa la gente normal?
¿Qué pasa por la cabeza de aquellos que viven sin preocuparse de las situaciones que pasan en la vida? Son felices, tal vez, pero ¿y si lo son porque deciden ignorar lo que hay a su alrededor? ¿Los convierte en peores personas?
En ciertas ocasiones me he descubierto teniendo fuertes prejuicios sobre algunos grupos de personas: los de Guadalajara, por ejemplo.
Hay algo en la actitud de las personas que he conocido provenientes de allá que me hace odiarlos. Y, en realidad, al sentir eso, hace mirarme al espejo y decir: ¿tan pobre es tu vida que tienes que estar criticando a otros?
Un tono edulcorado al hablar. Palabras malas que se dicen para hacer el ambiente más relajado. Quejarse de algo para evitar intervenir. Subir de tono de voz para demostrar la importancia del punto al que se quiere llegar. Yo soy el vencedor y yo tengo que elegir primero.
No me gusta que llegue alguien de repente y decida que puede ser la persona al mando. Detesto cuando llega alguien con un aire de superioridad a imponer sus opiniones; es infantil de mi parte, pero si llegas demostrando eso sé que no te voy a escuchar, aunque tengas las respuestas a las preguntas que no me dejaron dormir la noche anterior. Date cuenta de que hacerte ver superior a veces dice más de tus inseguridades que de tus fortalezas.
No es que todas las personas en Guadalajara automáticamente se vuelvan bestias inmundas. Conozco gente de allá: una de mis tías más agradables vive allá; uno de mis mejores amigos (si no es que el mejor amigo varón que tengo) vive allá, y le gusta el lugar.
Es un lugar bonito. Está lleno de cultura y de vida y de librerías y de oportunidades.
¿Por qué entonces me encanta utilizar como expresión "es muy de Guadalajara" en lugar de decir que se es muy fresa, o acremado, o creído.
Y es que ponerme a escribir sobre esto creo que diría que tengo un complejo de inferioridad, o de superioridad, pero es que a veces hay que expresar las cosas que hay por dentro que parece que carecen de fundamento para darnos cuenta de cómo está todo en el interior.
Heme aquí, soltando veneno contra un montón de personas que no lo merecen (descontando a los que sí). Decidiendo no ir a ver la nueva película de la serie de Harry Potter o como sea porque me parece que será una expreriencia vacía, seca. Ideando la excusa para escaparme de algún compromiso social. Recorriendo la lista de opciones que puedo ver de entretenimiento para ignorar algún pendiente. Decidiendo recluirme y escapar de todo el mundo y toda la vida porque ya no quiero continuar aguantándome así.
Y es que no sé si está bien esto y menos que lo diga o que lo escriba en un lugar público, pero a veces cuando las cosas parece que están bien hay algo que te dice que en realidad nada va bien.
No quiero recluirme en una serie de televisión, en un montón de películas o entre cerros de libros, todo con el fin y propósito de pausar el transcurso de mi vida y dejarme llevar por algo que no me aporta nada pero que me mantiene entretenido.
Sé que he pasado mucho tiempo en mi vida así, y que incluso hoy caí en las mismas acciones, y que me he prometido dejar de hacerlo pero no lo he cumplido, y que si llega el momento de despegarme de aquello que me desconecta entraré en un conflicto porque no sabré qué hacer y al final intentaré lo mismo con la primera cosa que se me ponga enfrente. Pero harta. No los demás ni el mundo, harta quedarse viendo cómo la vida pasa sin hacer nada. HARTA. Y ya estoy harto, pero no sé por dónde comienzo.

14 noviembre, 2016

Las palabras de la vida.

Si la escritura es una serie de palabras que describen a un problema cuando ya está resuelto, díganme entonces por qué es que escribo, si nada en mi vida está solucionado.
Es que es verdad. Me encantaría decir que tengo una vida plena, y que ya me siento bien, o al menos en paz con mis dilemas, pero es verdad.
Quizá no escribo nada fijo porque no tengo nada resuelto. Quizá todas las ficciones me saben incompletas, insípidas, adolescentes, porque describo eventos que no he vivido, y si ya los viví se trata de procesos a medias o que sigo viviendo y lidiando con ellos.
Y es que escribir de amor me da resultados vacíos, escribir de interacciones resulta hartante y tan solo mencionar a un camino de vida que se realiza para crecer como persona me hace atorarme y terminar en uno de los dos caminos siguientes: dar un final anticlimático y sacado de la manga o terminar creando un cuento sin final, que se prolonga como los dolores que aparecen y persisten en el cuerpo, de esos que se vuelven en compañeros de vida.
Quizá esté rompiendo con esa regla principal, pues para mí escribir no es un acto de resolución o de conclusión, y mucho menos es un análisis del pasado, porque vivo tanto dentro de este que fácil termina siendo el presente.
Si me espero a resolver mis problemas para poder escribir, creo que me quedaré el resto de mis días con mis manos aguadas de tanta inercia.
Que sí, que es para entender, y para conocer, y para cambiar la perspectiva que se tiene sobre el mundo y la vida y el funcionamiento de las mentes de las personas y las colisiones que provocan al tener contacto unas entre otras, pero para mí se trata más de eso.
Liberar.
No mi persona ni a mis ideas. Estoy liberando a mi cabeza de pensamientos que se resisten a desaparecer y que tengo que trasladar a otro lado para que me dejen en paz. En ocasiones incluso para poder dormir a gusto.
Si no me funciona la escritura del entendimiento y si lo que hago esbel único medio que me facilita un mayor grado de estabilidad mental, ya no se trata de que haga algo bien o mal, sino de hacer algo por mi bien.
Quizá en el camino pueda entender cómo funciona esto en realidad.
Y, si no, qué importa.

13 noviembre, 2016

Veré si estoy listo para lo que viene.

Buen día, tarde o noche. Prepárate porque lo que viene es un sinfín de vueltas que te va a dar la vida, un sinsabor de dolores y de expresiones curiosas. Ve y siente, toca, observa cómo tu piel se eriza y disfruta del porqué.
Date cuenta de qué es lo que quieres en la vida.
Sobrevivir es muy rudimentario. Vivir no es suficiente. Experimentar es como un tren que te lleva a la perdición. Seguir inerte es desperdicio.
Siento, en muchas ocasiones, en gran parte de mi vida, por la mayor parte del tiempo, que pierdo el tiempo, que se me esfuma la vida y lo único que veo es la comodidad del hacer nada.
Nada.
Una palabra tan perezosa que repite una de sus letras. Y es que al señalarme que el amor no es algo que busco que me satisfaga, mis posibilidades se limitan.
Por ejemplo, cerca de un mes atrás conocí a un chico. ¿Interesante? Quizá no lo denominaría con tal adjetivo. Es, más que nada, un buen chico, con valores, con una mentalidad firme y concentrado en lo que quiere. Igual de indeciso que yo pero sin hacer mis esfuerzos por que no se note.
Han pasado días en los que me he sentido muy bien con él. Hemos ido al cine un par de veces, solemos ir a cenar uno que otro día, y una vez fuimos a hacer canopy en Sayulita, algo divertido que no había hecho antes --y que jamás habría hecho de no ser por él.
Lo que sucede es que no me gusta como algo más, y es raro esto que pienso pero cada que hacemos algo me da la sensación de que estoy perdiendo algo. Tiempo, dinero, apreciación por la vida, valor al decir que no, no lo sé, algo.
Venimos de mundos diferentes en universos distintos en los que te implantan una clase incongruente de mentalidades, y seguimos dando la vuelta como si nada pasara. Y, sí, nada sucede, pero a veces la nada es algo innecesario.
Hablándolo con la piscóloga, le dije que no me veía con alguien en un futuro. En mi proyecto de vida me veo escribiendo, o leyendo, o mirando hacia el cielo, y nada más. Cada que me preguntan qué es lo que espero para el resto de mi vida doy una respuesta diferente, la que se me ocurre en el instante en el que surge la pregunta, porque en realidad no tengo una respuesta fija.
Me veo disgustado al estar con alguien. Me veo inerte estando solo, pero más tranquilo, aunque no sé si se trate de una tranquilidad conformista o de una calma de felicidad.
Por eso tengo el anhelo de conocer a una persona que tenga algo qué ofrecerle a mi vida, alguien de mente fuerte y de ideales marcados y contradictorios y opiniones fuera de este planeta que provoquen choques con las paredes del mundo. Y me imagino de frente a personas así, y lo único que hago es intentar establecer una conversación y voltearme a otro lado porque no resistí a interactuar con personas de tal calibre.

05 noviembre, 2016

Desaparecido: revelaciones de una mentira.

Dejé para después la escritura de la continuación de la historia del chico E.E., y poco a poco fui olvidando los detalles de lo sucedido con él.
De manera intrigante, pues una continuación en una vida llena de rupturas es bastante interesante, no todo terminó con un evento climático seguido de la nada. Me encantan los cuentos, pero hay algo que me deja vacío al terminarse; puedo leer una novela en una semana si me interesa mucho, pero un libro de cuentos me toma tres semanas si bien me va, pues el hecho de dejar algo pendiente y abrir un ciclo diferente cada tantas páginas es un tanto cansado para mentes como la mía.
(Pausa en la que gasto el poco tiempo que me queda de vida vagando por internet y arrastrándome de vuelta mientras me detesto un poco para darle fuerza a los argumentos empleados).
Lo que recuerdo del chico que me comenzó a interesar porque se demostraba interesado en mí en aquellos destellos de conversaciones que mantuvimos en ese entonces es cierta insistencia de mi parte en disculparme.

07 agosto, 2016

Desde tiempo atrás.

Diecisiete meses atrás, y las cosas eran diferentes.
¿Cómo son las cosas tras despertar de un sueño eterno?
Si ya no me complacen tanto las respuestas sencillas, así que trataré de evitar escribir “difícil”, además de que no ha sido tan difícil, o no lo he sentido así, pero me encuentro en medio de una falta de motivación para ahondar más en este tipo de asuntos. En este tipo y en tipos diferentes.
Dejé de escribir. Por la paz. O, mejor dicho, por la guerra. Porque a veces el hecho de no entrar en el combate es sinónimo de rendirse. A veces, porque para todo hay estrategias que son algo diferente a lo que parecen.
El mundo reclama mi atención en cosas efímeras, abstractas y que no existen, y yo he cedido.
No opongo resistencia.
Sigo con la cabeza apagada porque es más cómodo.
Y lo era para él. Más confortable.
Hace diecisiete meses lo conocí. En un lugar que ya no recuerdo. En un pozo oscuro donde cada quien ve lo que te quieren enseñar y los ojos se contentan con no saber más allá. Un Juan Lastarria que no quería ver, pero que le habló a un Peter Pan cuando le murió su capacidad para soñar, cuando el suelo lo mantenía atado a sus entrañas y el polvo de hadas se convirtió en suciedad.
No quiero seguir cegado.
Quiero ver más allá, pero mentiría si no admitiera que es desgastante mantener los ojos y, más que eso, resulta a veces inútil intentar usar los ojos de otras personas. A veces no hay más que aquello de lo que se está huyendo.

18 mayo, 2016

Andando.

El chico del oxxo es muy agradable.
Es como una de esas historias de amor unidireccionales. Un chico lindo, que nunca levanta la mirada. Siempre recibe con un saludo preparado para los clientes, limitando sus palabras a "¿quiere redondear?", "¿le doy una bolsa?", "¿también va a llevar eso?".
Güerito. De ojos marrones, claros como cuando mojas arena de la playa y la llenas de color. Quizá si lo viese de frente, si levantara la mirada para verme, vería el color real de sus ojos, pero así, cabizbajo, con su mente delirando hacia el exterior, el chico me recibe y me despide como a uno más de los cientos que debe recibir al día.
Van dos veces que lo veo. En la primera, su primer día a juzgar por cómo su compañero estudiaba cada movimiento que él hacía, movía sus manos con una familiar torpeza, queriendo hacer las cosas bien.
Durante la segunda, unas semanas después, se veía cambiado; algo había cambiado. Tenía más vida, menos ansias; se desenvolvía como lo hace un viejito recorriendo su casa, cada rincón familiar y arraigado, seguro como en casa y aburrido como en las tardes de sábado recién saliendo del trabajo.
Lo puedo ver en un futuro. Sentado afuera del oxxo, con un cigarrillo en mano.
Lo puedo ver en un sueño. Ambos caminando el kilómetro y medio de playa, más otros dos entre pavimentos. En ratos hablando, con momentos de silencio. Le paso una mano por el hombro; él me da un abrazo. Toma asiento en una parada de autobuses; me siento junto a él y miramos hacia la nada, imaginando que estamos frente a un todo.
Volteo hacia él y ya no está.

02 marzo, 2016

Cada uno tiene su fin del mundo.

Soy un maestro con mucha suerte. Tengo un trabajo estable con un salario respetable para mantener mi vida independiente, estoy estudiando una maestría, fui a Europa el año pasado por una beca de la escuela, los alumnos mencionan que les agradan mis clases o que se sienten bien conmigo como maestro, y todo eso a mis veintidos años, casi veintirés.
En contraparte, me siento agobiado por este estilo de vida,
Saqué del salón por estar platicando a una de las mejores alumnas, cuando me daba cuenta de que había quienes se estaban comportando peor. Me siento con una máscara sobre la nada: mientras muchas personas ocultan detrás de sus respectivas máscaras la horrorosa imagen que no quieren que los demás vean, aquí oculto mi vacío.
El mundo gira a su manera, diferente de la mía. Si no me adapto, ¿no significa que en realidad no pertenezco al lugar donde estoy?
Más importante: ¿tengo aún la oportunidad de arrepentirme y comenzar desde cero?
¿En qué? Ya me harté de estudiar por algo y dar vueltas en un cuento que nunca se terminará. No tengo dinero para viajar por el mundo. Temo a ejercer un oficio por la enfermedad crónica y porque sé que si duro cinco minutos en el desempeño de un trabajo que requiera de relacionarme con otras personas para conseguir más beneficios puedo decir que estuve en un día de suerte.
Quizá soy maestro más por descarte que por vocación. Me encanta el trabajo, pero en este momento se siente que puede llegar a consumir mi integridad, mis ilusiones y mi persona.
No comprendía la frase que habla de como las personas respetamos a quienes nos maltratan, se acorralan de los infirerentes y menosprecian a quienes se atreven a salirse de la regla. Mi vida en la escuela consiste en alternar las tres posturas, en ocasiones en un espacio de instantes entre una y otra, y en reflexionar sobre cómo esa cita da vueltas una y otra vez, sin encontrar una solución al problema.
Disfruto de mi vida. Disfruto de mi trabajo. Disfruto de sentir que a veces estoy haciendo las cosas bien, y que eso le sirve de algo a una persona aparte de mí. Hace mucho tiempo que no me doy el placer de desconectarme, de dormir sin sentir que tengo que despertar al día siguiente, de acostarme en la cama sin el temor a sentir mi cuerpo inflamado, o un deber postergado, o la noción de que estoy perdiendo tiempo de mi vida que no voy a recuperar.