Vivir cerca de la playa ha sido toda una experiencia, sobre todo en un aspecto: hay tantos lugares, y cada uno vive dentro de un microcosmos que pueden variar brutalmente si te mueves entre uno y entre otro.
Se siente extraño darse cuenta de que, ahora, si la llego a cagar, se supone que no habrá nadie para mí. Por ejemplo, estoy aquí, visitando a mis padres con lo justo para pagar el boleto de regreso en el bolsillo (y para unas frituras qué degustar en el camino). No me preocupo porque me pagarán en estos días y porque acabo de pagar las cuentas de la casa, pero es una sensación diferente a andar por la calle y tener cinco pesos en el bolsillo, hace un año.
Es un mundo feo, pero parece que todos tenemos órdenes de verlo como tal, además de que los mayores intentan que veamos lo peor de todo ello. No es algo agradable, pero en cierta parte se entiende el origen de la idea.
Se siente como si ya hay cosas de las que no puedo escribir aquí, pero también hay cosas que aquí no quiero mencionar. Porque siento que ofendo a personas y porque me parece un acto de cobardía silenciosa. Tengo un cuaderno dedicado a ello, a mencionar vivencias con lujos de detalle, pero entro en un periodo en el que me cuesta trabajo escribir.
Intento escribir ficción y va muchísimo más lento de lo que esperaba.
Soy bueno en el trabajo pero a veces me siento como el peor en el oficio.
Me gusta estar solo, pero pienso en que sería agradable estar con alguien y al mismo tiempo no tanto.
Veo cómo la gente que observo deambula por las calles en busca de compañía, alguien les dijo que ese era el secreto de su felicidad. Van con los ojos absortos en cosas que les ayudan a distraerse de lo negativo, y son felices, o al menos lo pretenden, y me veo pretendiendo ser feliz de vez en cuando, pero no se siente bien.