Anoche no pude dormir. Sentía que tenía montañas de tarea y no las hacía. Tomaba cualquier objeto rudimentario que encontrara a mi alcance y me perdía horas con eso. Ponía un vídeo para relajarme un poco y terminaba casi viendo una película. Fue hasta las cuatro de la madrugada de ya el día de ayer cuando al fin terminé mis deberes y me fui a la cama, insatisfecho por supuesto.
¿Deprimido? No, no lo creo. Tal vez con aquella tristeza que llega sin razón aparente y que te hace perderte en el tiempo con el deseo de ver cómo todo el mundo gira mientras te detienes sin darle la más mínima importancia a miles de acontecimientos. ¿Estresado? Un poco, pero no en realidad. De haber estado en esa situación, me hubiese preocupado por apresurarme un poco a terminar mis cosas e irme a dormir en lugar de estar buscando el fruto prohibido en páginas ocultas. ¿Cansado? Sí, pero con la necesidad de seguir despierto.
En los últimos días me han entrado las ganas de renunciar a mi pasado, a todos los errores que he cometido e incluso a los que estoy cometiendo en estos momentos o los que quedan por cometer. Me agobia el espacio, el tiempo, las sonrisas y los llantos. Quiero gritar pero no tengo la necesidad de hacerlo. Tengo unas inmensas ganas de golpearme en la cabeza repetidamente pero no siento que sirva de mucho.