24 septiembre, 2021

una casa con alas.

A veces siento que soy una casa.

Una casa que se está cayendo.

Una construcción que se empezó a erigir sobre buenas intenciones en lugar de cimientos, pero que con el paso del tiempo empezó a quebrarse. Hoy ese edificio está infestado con grietas que se asoman en el techo, sobre las paredes, entre los pisos colocados a prisa, en todos lados.

Me suelo dar cuenta de que no tengo idea cómo la casa sigue de pie.

Otras veces me veo como un ave. Una que vuela sin descanso, casi flotando entre los mares de incertidumbre, sin miedo a que estos me consuman. Un ave pequeña, acostumbrada a volar sin rumbo, pero que admira muchos lugares porque se permite abrir los ojos.

A esta ave le encanta respirar mientras admira su horizonte, siempre nuevo.

A veces una casa, a veces un ave. Casi me podrían decir que soy una casa con alas.

Un edificio flotante que todavía no se siente como un hogar.

Qué bonito sería poder aceptar que quiero un lugar para descansar. Siento que escribo porque no lo encuentro, y con las palabras tengo la esperanza de hallar aunque sea la manera para comunicar estos males. Tal vez alguien tenga alguna clase de remedio, aunque me temo que me terminarán diciendo que tengo que buscar más adentro. Pero he ido más adentro y lo único que encuentro son puertas que no dan a ningún lugar.

Ya no encuentro más habitaciones en esta casa que todavía no se siente como un hogar. He tratado de aprovechar cada día de sol para recorrerla y tratar de reparar todos los daños que presenta, pero las noches son más largas que los días, y a veces mejor me acurruco pensando que sería más sencillo si simplemente cambio de casa y empiezo de nuevo con todo lo que sé hoy en día.

Pero sé que eso no sucederá.

No puedo abandonar esta casa que no es un hogar porque esta casa es la única cosa vagando en este mundo que tiene algo parecido a mi rostro, la única que alberga mis ideas a veces cuestionables pero que extraño en el momento en que deciden desaparecer, y es también la única casa que guarda recuerdos de mi pasado en forma de fotografías y videos que dejo volar como mosquitos hambrientos.

Aparte de todo, esta casa es la única en la que he podido permitir que entren extraños. Algunos a escondidas, y otros por la puerta de entrada, a la luz del día. Algunos me ayudan a limpiar las repisas, pero más de uno terminó cobrando los regalos que me hizo para adornar las paredes con los clavos que atravesó sobre la piel de mi casa, y sin que me diera cuenta, sin mi permiso.

Esta casa es la única que recuerda, así que sigo viviendo dentro de ella.

Dentro de una casa que se va cayendo, y conmigo adentro tratando de mantenerla en pie para que no se me venga encima un pedazo del techo a mitad de la noche, tratando de barrer los suelos aunque el polvo vuelve una y otra vez, tratando de encontrar la comodidad dentro de un edificio que algún día parece que terminará por colapsar.

Y tal vez no la sienta así, pero esta casa, toda deforme, quebrada, dejando pedazos de sus paredes en todos lados, esa mugre y desquiciada casa que va perdiendo el sentido, el orden y hasta su propia decencia, esa casa al final del día es mi hogar, y no tengo otro lugar en donde vivir.

Esta casa es mi casa, y lo que más me gusta es que tiene alas. Así, volando, la puedo llevar a cualquier lugar, aunque a veces olvide cómo mirar a través de sus ventanas.