Mira el oleaje venteando en tus hombros
la espuma del mar recorriendo tus pies
haciéndose polvos, nublando tus ojos
domas la bestia cabalgando su espalda
se convierte en tu amiga, flotando en el agua
disfrutas el espectáculo que le das al exterior, pero te mantienes a flote sobre el agua salada, saltando con cada brinco, con cada ola que choca en tu ser
¿Por qué de negro, si estás frente al atardecer,
cuál es el luto que tragas sin lágrimas,
que te consume por dentro,
que le arrojas al viento?
No cabalgas en terrenos concretos, entre hierbas sólidas, sobre piedras y rocas,
sigues danzando en la arena, pisadas que se hunden, que resbalan y que mojan
Vuelas en un infinito que acaba
Le das la espalda a un mundo que te ataca
Continúas bailando por encima del agua que un día te vio nacer, que estuvo ahí antes que nosotros dos y nuestra primera respiración, que se arrastra para alcanzar la tierra sin darse cuenta que ella es quien la rodea
Cabalga hasta la noche
siente el frío que llega con la oscuridad
despréndete de las riendas que te atan a la sociedad
pero date cuenta que eres tú el que aprisiona al animal
que el viento consume, que el aire se apaga
que el mar es ocaso, que no tiene fondo
que puedes sobrevivir de ilusiones, si sabes respirar en lo hondo
Las lágrimas de sal alimentan al mar
tus brazos al movimiento
el sonido de la arena con las olas golpear
al atardecer y a la sal a convertirse en recuerdo
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28 julio, 2017
17 julio, 2017
Solo algo rápido.
Querido diario de un chico que usa la expresión "querido diario" de manera irónica y picaresca para enfatizar que tengo un diario físico que nada más no puedo ponerme a escribir por cobardía, coraje y desesperación: a veces me gustaría escribir con más detalles. Incluso por aquí. Porque luego olvido lo que quise decir, lo que viví exactamente, las caras, los colores o los nombres de las personas involucradas en mis fechorías, y luego recuerdo que tengo el diario para eso, para proyectarlo todo en un lugar seguro, libre de juicios externos (aun cuando lo mantenga en lugares accesibles a otras personas).
Felices vacaciones que tengo asignadas para realizar tareas del estudio que se supone que ya no debo postergar. Lo siento: sé que estos días los tengo reservados para otro tipo de escritura.
Antes de irme: descubrí que sí me siento solo. Supongo que dicen que aceptarlo es el primer paso.
16 julio, 2017
Mil nubes en un cielo revuelto.
Me siento como una niña de preparatoria con respecto a muchas cosas que escribo.
Qué pendejada, pensé hace rato, que tenga el punto de vista de alguien que se deja llevar por la subjetividad a tal grado que no me doy cuenta de que las cosas no son tan simples como creo, en primera instancia, que el hecho de empezar a identificar al gris como una tonalidad aparte del blanco y del negro no significa que haya ganado la batalla, pues resulta que no hay un solo gris: algunos parecen blancos y están decorados con una pizca de oscuridad; otros parecen penumbras, pero se alcanza a distinguir la claridad a través del brillo de sus contornos.
He estado siendo un tonto con una persona que nada más no dejo en paz porque sigo haciéndole referencia en muchas de estas entradas. Quizá gracias a la culpa generada por muchas cosas que hice, que no hice, que di por hecho.
Chingada madre.
Ganas no me faltan de borrar todo lo que he escrito. Todo. Por tratarse de cosas que no deben estar publicadas aquí, porque me dan ganas de arrancar de mi diario y tirar sus hojas al tratarse de un montón de fregaderas, porque ni siquiera sé esconder detrás de la ficción los eventos que sucedieron en la vida real y eso merece que revele todos los detalles para poder quemar los registros de las palabras a gusto, con la esperanza de que así se vaya todo volando y deje de ser un terror mental, aunque termine siendo contaminación para el aire.
Quizá no debo escribir todo esto, no debo escribir nada.
Tal vez.
Pero soy consciente de que voy a dejarlo todo tal cual, sin cambiar sus palabras, porque así, al menos, puedo darme cuenta de mis errores, de acción y de percepción, y voy a seguir registrándolo todo para poder darme cuenta de lo que hago y por testarudez.
¿Por qué escribes?, me pueden preguntar, y puedo resumirlo todo así, con eso que escribí arriba: para abrir los ojos y por testarudez. Porque, si no me sirve a mí, al menos tengo la esperanza de que le funcione el efecto a alguien más. Lo de testarudo e insistente es un defecto de fábrica (uno del que suelo estar agradecido).
Me disculpo de antemano por aquellos que mencioné y menciono, por quienes no necesitan que revele su nombre para saber de quién se trata el asunto, y les digo: me horroriza el hecho de que lean estas barbaridades y sientan que no soy yo la persona que conocen, o que soy demasiado como lo esperaban, o que soy desesperante, que no aprendo, que tengo miedos que no se entienden, que nada más no me siento a gusto con el mundo porque sí, pero no me gusta mentir, así que no puedo escribir mentiras. ¿Qué caso tiene hacerlo, si cuando lea estas cosas lo único que haré será sentir la verdad que corrompe los enunciados, que la belleza sabe a podredumbre, que se ve dónde empieza y termina la máscara?
Me dan ganas de borrar esta entrada pero no quiero hacerlo. Porque quiero, si voy a jugar de verdad a la cuerda floja, sentir qué es no tener nada que deber, nada que perder, nada que ganar.
Pienso en alguien que, si llega a leerme, siento que se decepcionará de mí, o que lo haré sentir mal.
Si llegas a leer esto, mira: recuerda que todo esto lo escribí estando en un momento en particular, que me dejo llevar por las circunstancias y que temo herirte, pero nunca te detengas de leer si así lo deseas. Mi realidad puede ser más retorcida que la versión objetiva, pero al menos es sincera durante el momento.
14 julio, 2017
La vista de la ciudad desde la puerta que tengo a mi lado.
Se siente muy chido conectar con alguien.
Hace que piense que muchas cosas que he pensado, que he dicho, que he hecho, y sobre todo que he escrito por el simple hecho de que de alguna manera así permanecen y perduran un poco más, fueron erróneas, incorrectas o inapropiadas.
Es decir: se suele juzgar por lo poco que se alcanza a distinguir de una cara de la moneda.
Escuchar.
Observar.
Compartir lo que se siente.
Vaya que es algo diferente a intervenir a cada rato.
A veces siento que lo que hago o lo que quiero puede ser egoísta.
Quién sabe si me toque ser el responsable de emitir tal juicio.
13 julio, 2017
Save it for later.
(Inserta, en tu mente, acordes que te hacen pensar en movimiento, en reuniones con amigos, en música que sale del radio en el viaje de ida hacia una playa en vacaciones, en música de fondo de la que no ponen en los cafés)
Dos docenas de otros sucios amantes
Me debe encantar eso
Lloro, lloro, pero no necesito a mi madre
Solo toma mi mano mientras tomo una decisión al respecto
Tarde o temprano
Tus piernas ceden, caes al suelo
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Tarde o temprano
Te das en el suelo, te tienes encontrado
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Me quedas mal
El aire negro y los siete mares están todos podridos
Pero, ¿qué puedes hacer?
No sé cómo se supone que tenga que actuar con todo lo tuyo
A veces ni lo intento
Nada más ahora...
Ahora...
Tarde o temprano
Tus piernas ceden, caes al suelo
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Tarde o temprano
Te das en el suelo, te tienes encontrado
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Me quedas mal
Otras dos docenas de razones tontas
De por qué debemos sufrir por esto
No te molestes tratando de explicarlas
Solo toma mi mano mientras tomo una decisión al respecto
Tarde o temprano
Tus piernas ceden, caes al suelo
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Tarde o temprano
Te das en el suelo, te tienes encontrado
Guárdalo para después
No corras y me quedes mal
Me quedas mal
Tú corres lejos...
Me quedas mal
10 julio, 2017
Bloqueado.
Hijo de su perra madre.
Hijo de su vil reputísima madre.
Hijo de la chingada más puteada y encabronada de todas las pinches madres.
Me bloqueó el hijo de puta. Y, siendo objetivos, porque hay que serlo en esta vida sin limitarse a dejarse llevar de vez en cuando, tuve la vil culpa.
Pero el tipo era atractivo, tenía un tatuaje en el pecho y se le alcanzaba a ver apenas entre las aberturas de sus camisas, y era de complexión agradable de las que ni fu ni fa, y escribía decente, y si es que sigo diciendo cosas buenas del chavo las estaría inventando porque la verdad no las conozco. No existen. No sucede.
Traducción: regresé por cinco minutos a esos medios del demonio, a esas redes sociales de encuentros con personas "afines" para toparme con la pared de la realidad, esa que me dice: si pretendes que no sabes qué buscas, la vida va a entender que no te importa lo que encuentres.
La verdad es que, en esos negocios de las relaciones humanas, conviene seguir al instinto y mantener en raya los impulsos.
Que si el alma urge y los dedos procuran,
el estruendo surge y anuncia basura.
04 julio, 2017
La escalera.
Cuando tenía once o doce años, no recuerdo exactamente pero durante el viaje que hice a Estados Unidos con mis papás, se le ocurrió, quizá a un tío más que a cualquiera de mis padres, subir un edificio hasta el piso cuarenta y dos o un número de esa calaña, un piso donde las paredes eran de un cristal tan transparente que aún manchándolas de tinta podías ver los límites de la ciudad y dónde empezaban las que estaban más allá.
Tuvieron que bajarme del elevador de las greñas, y no pudieron evitar que el hijo verjoletón de mi santa madre y mi querido padre se arrastrara por los suelos cual cucaracha pisada. El berrinche fue de tales proporciones que me tuvieron que sacar del edificio y que tías que no estuvieron presentes recuerdan el incidente hasta estos días como si no tuvieran algo más por lo cual recordarme.
¿Cómo no me iba a poner así si sentí que me caía en ese vacío de color azul, con la posibilidad casi tangible de morir antes de llegar al suelo?
Tiempo después llegamos a hoy. Por las goteras y a medio comienzo de la temporada de lluvias, mi papá contrató a unos trabajadores para reparar el techo y colocar cemento en donde estaba el pasto que nunca regué, y a estos se les ocurrió dejar puesta la escalera.
Llegando, entrando a mi cuarto, abrí las cortinas y lo primero que me encuentro es el armatoste ese del otro lado de la ventana.
Bajé, salí al patio, y lo que veo es una escalera, formando un ángulo casi recto, de pie en el suelo del patio y llegando hasta el techo, sobresaliendo apenas un tramo de escalera de la pared del segundo piso.
Después de divagar un rato y de encontrarme en un estado chistoso, drenado, apagado para continuar escribiendo, me dije "Raúl: tú lo que tienes es miedo. Es hora de dejar de hablar de personajes que conquistan los suyos y hacer algo por ti y por aquel niño mimado que le arruinó una experiencia a su familia". Pensé: "no arruiné nada, cuando menos le di algo de interés al asunto", pero seguí viendo la escalera.
"Raúl, no vas a poder hablar de gente que enfrenta sus temores si tú no sientes miedo", pensé, dulce ingenuidad aquella que me invadió veinte minutos atrás, y la escalera me miró como si tuviese ojos y esos ojos me ofrecieran las más grandes recompensas a cambio de subirme a ella.
Salí, la toqué y se tambaleó. Días antes había observado la firmeza con la que uno de los albañiles daba de azotes a la escalera con sus pisadas, domando a la bestia que estaba cabalgando, y al más ligero de mis toques, el más curioso de mis tactos, la cosa esa se movió como gelatina. Subí dos peldaños y me mareé, decidiendo que eso no era para mí.
Regresé al interior, intenté seguir escribiendo y la escalera, invisible un rato atrás, se volvió todo lo que alcanzaba a ver desde afuera. Fue como cuando el vecino de atrás se desviste. Peleo con lo que creo que son todas mis fuerzas para no mirar, pero tanto la ventana como la escalera me agarran la cabeza y me tuercen el cuello hasta que son el enfoque de mi mirada. Y es que no es la escalera ni la ventana, sino lo que puede haber del otro lado, lo que puede ayudarme a escalar.
Terminé por calzarme zapatos y amarrarme bien las agujetas, por ponerme algo más que ropa interior y asegurarme que estaba bien pegada a mi cintura, tomé el celular por si llegaba a morir a medio camino o quedarme atrapado sin poder moverme. Armado con el equipo mínimo, salí al patio de nuevo, tomé en mis manos la escalera de gelatina y comencé a subir los peldaños antes de arrepentirme.
No conté cuántos fueron, pero comencé a preguntarme si hacía lo correcto antes de tener frente a mi rostro el comienzo de la planta superior.
Decidí seguir moviendo a mis pies, tratando de imitar los pasos del señor encargado de reparar el techo y traté de recordar en dónde ponían sus manos las personas que había visto subir una escalera, cómo colocaban sus pies, qué hacían cuando tenían miedo. No recordé ninguna de esas cosas. Colocaban sus pies donde debían, movían sus manos donde podían y nunca se enfocaban en la escalera, esta era solo un medio.
Peldaño tras peldaño, llegué a estar frente a mi ventana cuando empecé a sentir una sensación de calor helado drenando mi pecho.
Me detuve.
Ese pudo ser momento de detenerme, de dar media vuelta y pretender que ya había logrado subir a la escalera. Pensándolo, ya la había subido, y desde donde estaba, mirando hacia mi derecha, podía apreciar que, más allá del fraccionamiento, donde todavía se ven los rayos del sol saliendo directamente de su fuente, había un monte de color verde naturaleza, verde salvaje, verde puro delante de una neblina que hacía que los colores cobraran más vida. Pude decir que mi tarea estaba hecha, pero la verdad es que lo que quería era subir.
Quería ver cómo era la cosa hasta arriba, qué tanto se veía y qué tanto me podían ver los demás. A pasos cada vez menos decididos, dejé que mis pies guiaran a mi cabeza y llegué hasta tener el pecho al nivel del techo.
Se veía más clara y más pura esa luz. Ahí arriba, con el techo gris y sin chiste, con el montón de techos iguales a mi alrededor, vi que lo que abajo eran sombras arriba eran aires.
Bajar.
Vaya los descubrimientos de la vida, ¿eh?
Resulta que, al menos en este presente y en el pasado inmediato, lo que me da miedo no son las alturas en sí, sino que se trata más de lo que me provoca la sensación de caer.
Ahí arriba, suspendido sobre un pedazo de hojalata, flotando a unos cuantos metros de altura, me quedé sin poder moverme. Me congelé.
Ni cuando me robaron la cartera, o cuando le declaré mis sentimientos al chico heterosexual que me gustaba, ni cuando sentí que perdería el trabajo (enorme posibilidad aún latente) ni cuando me dijeron que podía tener la más intensa de las infecciones en mi cuerpo, en ninguna de esas ocasiones me detuve, pero me subí a una escalera y recordé que estaba solo en casa sin nadie que reclamara mis restos, observé que la escalera comenzaba a temblar tanto al ritmo de mis piernas que se comenzaba a despegar de la pared, sentí que tuve que bajar tanto un pie para descender un peldaño que cabía la posibilidad que en lugar de pisar la superficie resbalara mi pie en el vacío y en lugar de ser Raúl, un aspirante a escritor y eterna víctima del arrepentimiento, sería un cuerpo que velan en contra de sus deseos. O peor. Sería un lastimado, un ente que solo sirve para generar lástima y no puede lograr la autosuficiencia. Todo por la pendejada de subir una escalera en contra de su propia razón.
Con mi ventana de frente pero sin algo de lo cual poder sujetarme, cerré mis ojos, abrazando la escalera. Desde abajo quizá fui una enorme masa de carne que temblaba por una pendejada, pero ahí arriba me descubrí como una persona con más miedos de los que creía. No, no con más miedos, pero sí con fantasmas de mayores magnitudes.
Quizá es esto lo que gana uno cuando vive protegido durante toda su vida. Tal vez sigo siendo un niño y mis cuidados no me abastecen para sentirme en calma.
Vaya que aún no entiendo por qué una escalera, no, la decisión de subirme a una escalera me dejó temblando tanto que estoy sintiendo cansadas mis muñecas por resistirse al terremoto.
En un rato tuve una conversación filosófica sobre mi existencia y el significado de las cosas, sobre el miedo a subir reflejado en mi indecisión ante la vida porque quizá no sabré qué hacer cuando tenga que bajar, y esperé pisar el suelo y agacharme para besarlo o acostarme para sentirlo y disfrutarlo, pero ya no se siente cálido lo cómodo cuando has andado en el aire y me quedaron más ganas de recargarme en la pared por si me desmayaba que de mantenerme en un suelo que sé que no se va a ir.
Dicen que cuando vives atormentado por algo, todo en la vida te habla de ello.
Sentí lo peor subiendo a esa cosa, pero sé que quiero volver a subir, volver a intentarlo.
No entiendo.
02 julio, 2017
No existes.
Lo que veo es lo que siento.
Serie de percepciones.
Momentos sin reacciones.
Primero miro y luego pienso.
Cuando quiero escucharme sabio,
cuando las palabras que pronuncio se escuchan vanas
pienso en el ocaso de mis entrañas
o en el final de tus labios
Boca que no existe,
persona sin materia
pregunto desde mis arterias
por qué nunca viniste
Por qué te quedaste en un rincón de mi mente
y te limitaste a ser menos que un significado
de ideas vagas que siempre has relegado
a ser algo en lo que mi ser miente
Pues sé que no existes para mí
que un tú y yo no es posible
y ni tu cuerpo ni tu ser son tangibles
al ser menos de lo que un día creí.
Mente maravillosa
inestable criatura
dime solo una cosa:
¿no te cansa esta tortura?
Serie de percepciones.
Momentos sin reacciones.
Primero miro y luego pienso.
Cuando quiero escucharme sabio,
cuando las palabras que pronuncio se escuchan vanas
pienso en el ocaso de mis entrañas
o en el final de tus labios
Boca que no existe,
persona sin materia
pregunto desde mis arterias
por qué nunca viniste
Por qué te quedaste en un rincón de mi mente
y te limitaste a ser menos que un significado
de ideas vagas que siempre has relegado
a ser algo en lo que mi ser miente
Pues sé que no existes para mí
que un tú y yo no es posible
y ni tu cuerpo ni tu ser son tangibles
al ser menos de lo que un día creí.
Mente maravillosa
inestable criatura
dime solo una cosa:
¿no te cansa esta tortura?
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