Me encantan las ironías. Hacen que mis días descoloridos tengan destellos y matices. En serio me gustan bastante, incluso cuando la ironía es negativa y sobre mí; no lo demuestro, pero aprecio a quien la hace, si es buena.
Pensando en ironías, siempre me vi como un chico deprimido, que moriría a los treinta y siete años, dejando cerca de veintiún novelas como testamento de su vida, algunas publicadas, pero la mayoría en un cajón escondido dentro de mi solitaria casa.
Me imaginaba, incluso, en silla de ruedas, atado al suelo por siempre, pero nunca creí que en serio llegaría a vivir en tal estado, de insensibilidad sural, de añoranzas sobre saltos y carreras que nunca quise realizar previamente. Aún no estoy en silla de ruedas de aquí a la eternidad, pero que descubran un problema en la columna vertebral de un chico de veintiún años, sin que le haya sucedido algún percance o accidente, como por obra mística o del destino, me hace sentir que tengo una silla de ruedas sobre mis hombros.
Estoy cansado de los brazos, estoy harto de mi cabeza que no deja de darme vueltas por tantos fármacos que he ingerido en los últimos días y mis extremidades inferiores están a punto de darse por vencidas, pero ahí sigue todo, intentando funcionar.
Curiosamente, en momentos más nostálgicos, me doy cuenta que en serio amo a mi familia, a mis papás y a mis hermanos. Tanto como para hacer alguna estupidez si fuese necesario. En ocasiones me desespera que el amor de familia sea uno de esos sentimientos en los que no te puedes preguntar "¿y por qué?" sin que surjan repercusiones para terceros, pero en verdad los amo.
Aunque me hagan ir a incómodas comidas familiares o ir a la tienda en momentos de cansancio.
A pesar de que no estén muy complacidos de que mi personalidad y mi forma de ser sea como es.
Sin importar que sea una carga para ellos, me demuestran que ellos me quieren. Y se siente bien ser querido de vez en cuando, aunque mis piernas me hagan retorcerme de dolor.
Las dolencias son más efímeras que las muestras de cariño sinceras.