Que sea éste el principio del mismo yo y el final de mis decadencias.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí de verdad, por iniciativa propia y dejando de lado aquellos momentos de extrema impotencia, donde la escritura funge como una medida extrema de relajación y de catarsis.
Al principio creí que se debía a la pereza que se ha encariñado con mi ser pero, poco a poco, descubro que había algo más que me aprisionaba en un lugar donde tenía que caer hasta el rincón más bajo y oscuro para obligarme a querer buscar un reconfortante bolígrafo amarillo --mis favoritos-- y a ese cuaderno de notas que, según mis cálculos y para estas fechas, ya debería estar lleno de garabatos y dolores, y no tener la mitad de las páginas en blanco.
¿Qué ha sucedido para llevarme hasta ese punto?
Si lo supiera no estaría escribiéndolo.
Lo que sé es que, de un día para otro, las letras se volvían pesadas, los trazos perdían su forma y las palabras cobraban sentido solamente cuando leía las ajenas. Mis ojos se llenaron de imágenes, pero mi cabeza se vació de espíritu, y no tuve más remedio que dejarme caer en ese vacío de dolor y desconocimiento de mí mismo.
Me acercaba a este espacio y parecía que mis manos se las arreglaban para cerrar el portal y alejarme lo más pronto posible. Quería trabajar en proyectos que me emocionan bastante, pero no tuve el valor para tomar una pluma. Mi celular estará lleno de notas con ideas, pero se quedan ahí, entre números de teléfono y mensajes que ya se olvidaron. Cómicamente, ni siquiera me atrevía a tocar las cosas de la escuela y no quería volver a escribir trabajos en letra de doce puntos, con un interlineado de 1.5.
Decidí tomar un libro en el verano y no dejarlo hasta acabarlo como es debido; un libro denso y un poco tedioso, con una maravillosa escritura pero con un énfasis político que me hizo darme cuenta de que tales políticas no son mi prioridad en esta vida. Me gustó bastante, pero a la vez me frustró sentir que estaba leyendo algo por obligación.
Regresé a la vil e inmunda aplicación a la que regreso cada que me siento solo, por más que me cueste admitirlo. Vi caras que conozco en persona, pero no tuve el interés en particular de volver a encontrármelos. Le hablé a caras de apariencia agradable, pero se volteaban y no me regresaban la palabra. Cambié de rostro y muchos me hablaron, pero nadie que se mereciera ver a aquel detrás de la máscara.
Quizá, pensaba, nadie merezca ver la máscara si se tiene que utilizar para ver la realidad, pero hay lugares donde las realidades son vulnerables y peligrosas si son expuestas sin protección. Sin embargo, hay acciones donde la máscara cae, por mucho que la detengas con ambas manos.
En una de esas ocasiones, mi máscara se cayó ante un ser que seguramente sería de color gris oscuro. No hay blanco ni negro atrás de esas máscaras. Quizá lo percibí oscuro por la oscuridad, o quizá ahora lo veo oscuro porque me arrebató la máscara y eso duele, pero no puedo culparlo por completo cuando trabajaba para otros entes.
Me perdí a mí mismo cuando creí que ya me había encontrado, y sentí que estaba hundido de nuevo entre las sombras de la oscuridad, pero quizá necesitaba abrir los ojos para alcanzar a notar el débil brillo fosforescente del interruptor que le daba luz a la habitación.
Mis ojos no quieren abrirse porque la luz les puede lastimar, pero sé que puedo abrirlos. Sé que puedo. Sé que...
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