29 junio, 2017

El amor de mi vida y los eventos inesperados.

Solo a una persona en mi vida le he dicho "te quiero" más de diez veces, a veces cubriendo la cuota en un solo día, en un mismo encuentro.
¿Eso significa que él fue el amor de mi vida?
Tengo veinticuatro años y miro a través de la ventana de mi cálida habitación que, a través de la cortina traslúcida, el sol brilla sin piedad mientras gotas de lluvia comienzan a caer. En lugar de tener una lluvia en la oscuridad, llena de truenos en el aire y ráfagas heladas de viento, veo el sol y veo agua caer.
Gran parte de mis experiencias en el amor, sin ser tantas para elevarme ni tan pocas para justificarme, corresponden a la paradoja que está sucediendo en el cielo del día de hoy. Cuando cae la lluvia puede salir el sol. Cuando sale el sol puede llover. Cuando llueve puede hacer calor. Con el sol brillando puedes ver que el cielo está nublado.
Recuerdo cuando me fui y lo dejé.
No en el sentido de abandonarlo, sino en el físico, de tener que alejarme por necesidades de los caminos que me ofreció la vida. Aunque siento que sí lo dejé. Nuestras pláticas eran normales, si a caso con un grado mayor de exasperación de las dos partes. Las despedidas se hacían igual de largas, pero con el miedo a quedarse sin transporte reemplazado por un terror a que fallen las vías de comunicación. Ninguno vio que ambos ocultábamos algo.
Con la primera pelea, el giro en la trama se hizo ver: él parecía ocultar el miedo al abandono bajo una máscara que comenzó siendo de apoyo y terminó haciéndose de orgullo y distancia. Implicado en el teatro, coloqué, sin ser consciente o sin querer serlo, una máscara propia, de autosuficiencia, cuando no quería ver que me hacía falta el apoyo de alguien.
El amor de mi vida fue un amor basado en la dependencia y en probar qué tanto daño le puedo hacer al otro antes de que amenaze con irse, en dónde está el límite de la otra persona; una serie de sucesos que terminaron combinando alegría y desesperación porque ninguno de los dos fuimos conscientes desde un principio que ambos necesitábamos abrir los ojos.
No digo que sea más feliz que antes de todos lo que sucedió con este chavo. Quizá me cuesta más trabajo reírme, o adaptarme a las situaciones sociales, y quizá doy una impresión muy diferente a la que solía dar antes de haber vivido este romance, pero sí me siento menos miserable, si me veo menos vacío porque ahora puedo atreverme a mirarme.
Las experiencias del pasado inmediato me han dicho que no he aprendido del todo.
¿Quién a sus veinticuatro lo ha logrado?, me pregunto, ignorando en mi cabeza la voz de mi madre que me recuerda que no debo andarme comparando con los demás. Las comparaciones son malas pero nuestro entorno se ha construido a partir de ellas.
El punto es que sigo jodido pero ahora siento que logro entiender por qué, al menos en una pequeña parte.
Ya no me quedo de "no entiendo a las demás personas", "no sé qué pasó", "por qué se fue si todo estaba tan bien". A veces las relaciones funcionan como un servicio privado en cuanto a que tomas lo que necesitas y lo dejas de usar cuando ya no lo requieres. Dicho de un modo más romántico, las cosas, las acciones y los objetos abstractos tienen sus ciclos de vida.
La comida se pudre, las máquinas se detienen, los pensamientos se olvidan. Los ciclos se cierran en algún momento de nuestras vidas o se paran con la muerte.
Solo me queda una pregunta.
Cuando todo terminó con este chavo, ¿lloré porque se fue, o porque me hizo voltear a mi persona?
No me agrada, pero tampoco difiero mucho con aquella paradoja popular que dice más o menos así: "¿cómo puedes afirmar quién es el amor de tu vida si ni siquiera tu vida ha terminado? Tienes que valorar todos los amores que has vivido y de ahí sabrás quién se trató del verdadero amor de tu vida, ¿no?"
Quizá, respondo.
Él sí sería el amor de mi vida, de acuerdo al trayecto que llevo recorrido, y me cuesta trabajo admitirme que a veces pienso en él, y en que quiero volver, y en que no sé si ello le haga daño o le ayude o me ayude o sea un capricho, necesidad, testarudez u obsesión. Ninguna de estas cuatro opciones suenan chidas. ¿Me queda dejar ir, entonces? ¿Soltar?
Quizá.
Seguir adelante sin olvidar lo que me dejó. Conservo muchas cosas buenas de él. ¿Él pensará algo así de mí? ¿Ya quedé en su olvido? ¿Aprenderé de los errores que cometí solo y en su conjunto? ¿Sabrá que importó tanto para mí?
Quizá, quizás.

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