Mi estado está lleno de pueblos, y me gusta caminar entre las calles de viviendas habitadas después de las horas de comer.
Por lo general se puede apreciar, a través de las ventanas, cómo cada una tiene un detalle característico que las identifica de las demás, y estos detalles se los dan las personas que las habitan.
Andar por las banquetas observando al interior de las casas es como recorrer un museo de maquetas que te reta a descubrir cómo son quienes pasan parte de sus vidas ahí. Es bonito preguntarse quién colocó esa pintura en la pared, y si hubiese sido una diferente si la hubiese colgado otra persona; por qué dejaron ese plato sucio en la mesa y qué habían comido, cuánto tiempo tiene esa cortina separando el mundo exterior de lo que sucede dentro de esas habitaciones.
Es aun mejor preguntarse el por qué de todo eso.
Antes me gustaba ilusionarme pensando que a partir de esos montones de conjeturas podía conocer a quienes las habitaban.
Ahora que vivo en una casa y estoy del otro lado del sendero veo que las calles se ven más angostas desde el interior.
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