04 mayo, 2020

Solo (diario de la perdición, parte XII).

Llegó un punto en que la cuarentena ya no es suficiente. En fin, disfruté mientras pude.
Desde que tengo memoria he vivido, y lidiado, con situaciones que detonan mi ansiedad. Casi todas tienen que ver con el posible futuro, y cómo aquello en lo que he intervenido en el pasado puede jugar un papel en el porvenir.
Hubo una parte reconfortante en tener que suspender toda una vida por pura supervivencia. Mientras mis conocidos y contactos repudiaron la cuarentena con toda la fuerza que sus medios de comunicación les permitieron expresar, confieso que me aparté en silencio para agradecer que el aislamiento sería el remedio para tratar de amortiguar la catástrofe.
Al fin tenía un motivo para no salir de casa, para suspender el conocer a gente nueva, para interactuar con las personas que consideramos más cercanas y casi nada más. La vida me dio un motivo para quedarme en casa sin la presión de estar preparándome para un futuro. Mientras todo esto tomaba partido, para mí, no existió un futuro.
Disfruté mucho de la soledad. Leí por primera vez en mucho tiempo. Pinté. Consumí arte y entretenimiento en grandes cantidades. Incluso volví a escribir.
Y todo se detuvo otra vez mientras la promesa de la aparición de un futuro empezó a agarrar fuerza.
Y volví a dejar de dormir, de leer, de pintar y de escribir. Cedí ante el miedo. Me destruyó el pensar que todo volvería a ser como antes porque llegué a ser muy, muy feliz con mi confinamiento.
Insisto, sigo encerrado, y sin querer salir, pero tuve la fortuna de disfrutar de mí sin miedo alguno a lo que pasó o a lo que viene.
Qué bonito fue. Quizá pueda vivirlo de nuevo.

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