Si tengo algo muy importante que decir, pero lo debo guardar por ciertas razones, dejo atrás algunas cosas. Cuando no puedo aceptar que no tengo ni la más mínima idea de lo que me preguntan en un examen escolar, pierdo cabello. Cuando trato de ocultar ante mis padres el hecho de que me gustan los chicos, olvido que debo reducir mi consumo comida chatarra. Si tengo algún pendiente escolar, no concilio el sueño hasta que me encuentro trementamente agotado.
En el caso del chico con el que salía, ser incapaz de sincerarme con él, me quitaba, entre otras cosas, el poder estar tranquilo. No creo llegar a la tranquilidad dentro de muy poco tiempo, pero al menos ya dije lo que pude y tenía que decir.
Parecía que hoy íbamos a tener una de esas conversaciones escritas donde él pretende que todo está bien, mientras finjo no darme cuenta de que es todo lo contrario.
Un pequeño "hola", seguido de un "¿cómo estás?" que va acompañado siempre de un "bien, ¿y tú?".
Llega el silencio después. No es necesario que ninguno diga algo para que exista el silencio; puede darse aunque ambos escribamos ensayos de larga extensión dirigidos al otro.
Parecía que hoy sería uno más de esos días: largos por los eventos sucedidos en el mismo y alargados por la conversación, como la odiada versión de una película clásica en la que le añaden escenas que fueron cortadas por no realizar aportes significativos.
Me imaginaba razonando: "¿cómo te atreves a pensar así de ese chico? Ha sido maravilloso contigo. El único chico verdaderamente atento con el que has salido, y cada día te estás quejando de que te envía un mensaje recordándote que existe".
"Pero no me gustan ese tipo de recordatorios", argumentaba. "No soy como él espera que sea, y lo sé por cómo interpreto las señales ocultas que llevan sus textos".
"¿Podrás acaso estar equivocado?"
"Sí. Por supuesto que me puedo equivocar, pero estoy bastante seguro de que no lo estoy".
"¿Has hablado con él sobre ésto?", me preguntaba yo mismo.
"No he tenido el valor, no cuando han pasado tantas cosas en su vida".
"¿Estás esperando a que todo sea peor?", eran las palabras de mi otro yo.
No pude contestarle en aquella fantasía, y quise evitarla a cualquier costo.
"A veces siento que quieres decirme algo y no te atreves a expresarlo por miedo a que me moleste o a que no me agrade lo que me digas", fueron aproximadamente las palabras que le escribí al chico.
Fue una de las ocasiones en las que estoy en lo cierto.
"Quiero que me quieras", fue su mensaje.
"Quiero que no me quieras así", fue el mío.
"Déjame entrar a tu corazón", me dio a entender.
Le dije que no esperaba dejarlo entrar todavía, siendo que menos de dos semanas de conocernos en persona es muy poco tiempo para que yo sea capaz de comprometer mis sentimientos con alguien, y más si esa persona se encuentra a diez horas y media de viaje.
"¿Entonces?", escribió tras la conversación textual más extensa que he tenido con otro ser humano.
"¿Qué cosa?", respondí.
"¿Qué somos?".
¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos?
Nada, decía una tercera voz, no somos nada. Amigos cuando mucho. No quiero comprometerme contigo, aunque seas la mejor persona que he conocido. No eres para mí, y estoy seguro de que tampoco yo soy para ti. Y a pesar de todas las cosas lindas que hemos vivido, mereces a alguien mejor que yo, y merezco a alguien que no seas tú. Buscas algo que yo no tengo, y descubrí que no estoy buscando algo.
Es curioso que todo haya terminado a unos cuantos días del catorce de febrero. ¿Triste ironía? ¿El gran sarcasmo de la vida tratando de ser original? Quizá no.
¿Algo inevitable y necesario? Por supuesto. Era ésto o hacerlo mientras recibía algún detalle suyo (sea virtual o no).
Es el chico más detallista que conozco, pero no busco salir con alguien por los detalles. Es alguien que va a estar siempre para uno, pero yo no sabía si podría estar ahí para él. Él es la mejor persona con la que he salido (y posiblemente la mejor con la que me veré involucrado en un futuro), pero no es la persona para mí.
En Some Kind of Wonderful, un personaje despreciable dice: "la confianza es la base de cualquier relación". Me atrevería a decir que estuvo en lo correcto, pero le faltó decir que también la honestidad debe estar a un lado de la confianza.
Con el chico fui honesto y al menos tengo la confianza de que todo acabó cuando debió terminar, antes de que alguien jugara con el otro.
Terminó justo.
Terminó bien.
Ocurrió lo que sabía que sucedería.
Me siento bien.
Bienvenido de vuelta, repite la ronca tercera voz. Ya te estabas tardando.
"También los extrañé", digo mientras trato de asimilarlo. "Fue lo mejor".
Mi otro yo sólo me observa en silencio, el cual rompe para decir: "lo es".
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