20 febrero, 2014

Oda a las sonrisas de los extraños conocidos.

Nota. Prometo algún día terminar la entrada anterior. Aún no me siento listo como para hablar de ello abiertamente (léase, en este espacio), pero lo haré algún día. Mientras tanto los dejo con algo gracioso para aligerar el ánimo.
“Tal vez algún día quede ciego. Por eso tengo que aprovechar de mi vista”.
Es una frase que suelo repetirle a mis amigos cuando me descubren disfrutando del pequeño placer de la vida que implica deleitar la pupila con algún chico que es agradable a mis ojos.
Está el chico de los dulces y su despampanante sonrisa, el brillo en sus ojos que aparece cuando consumo dulces, personalidades del cine y la televisión que viven de ser el deleite de las personas, y desconocidos o extraños que se van tan rápido como aparecen.
En ocasiones, sin embargo, están los desconocidos o extraños que resultan ser recurrentes. Aparecen y se van, pero de la nada aparecen de nuevo, y es extraño porque los veo y pienso que no tienen otro propósito en mi historia más que ser uno de esos pequeños detalles encantadores.
Probablemente tenga una historia, pero no me he dedicado a contarla. Y siempre me parecen increíbles tales historias de mis personajes que no son escritos ni retorcidos por mi perspectiva. Permanecen puros, limpios, sean sólidos o no.
Recuerdo que esta tarde de 19 de febrero, un chico, el chico que siempre me pareció graciosamente atractivo por su actitud de desaparecer entre los mares de personas, me saludó de la nada.
Platicaba con una gran amiga, riendo y llorando al unísono, y al mirar a ese personaje secundario, supongo que intuye que lo estaba viendo, porque sonrió y con un tímido gesto, agitando su mano nerviosamente, me saludó. Sin embargo, agachó la cabeza inmediatamente porque supuso que no lo vi, pero por supuesto que sí lo vi. Quizá solamente tuve una de esas miradas donde enfoco la vista hacia otro lado.
No lo culpo, pues haría exactamente lo mismo, así que decidí hacer lo que no hacen las personas normalmente cuando me encuentro en tal situación y lo saludé, esperando a que notara mi tímido gesto, mi mano agitándose nerviosamente.
Supongo que mi boca sonreía, porque su expresión parecía la honesta respuesta a la visualización de la alegría. Sonreía, y ahí sentía que el chico resultaría una persona de cierto interés, graciosamente inquietante.
¿Pasará algo? ¿Se quedará en la nada? Nadie lo sabe. Puede que yo en un tiempo, o tal vez él en otro tiempo, pero por mientras disfruto de lo que sucedió y de lo que fue: un chico que sorprendentemente me saludó sin razón. ¿Eso indica que le caí bien desde un principio?, porque recuerdo las miradas de extrañeza que me lanzaba en ciertas ocasiones, como si mi presencia resultara un tanto intimidante. Aunque puedo decir que no era la primera vez que me sonreía.
Ya me había sonreído antes, pero como un gesto que comparten dos chicos que se han visto mínimo una vez con anterioridad. Pero, claro, hoy me saludó con la mano, y eso me hizo el día. Da igual si eso significa una oportunidad amorosa, si estaba siendo amistoso solamente, o si me confundió con otra persona, fue un pequeño suceso, y esos pequeños sucesos son los que últimamente alimentan a mi vida.

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