24 octubre, 2014

Inocente infancia.

Recuerdo que cuando era un niño de primaria, entré en una crisis cognitiva cuando trataban de explicarnos los tipos de mezclas a partir de un yogurt natural y de un biónico (aunque mi cabeza gritaba erróneamente que se trataba de una escamocha).
Había dos tipos de mezclas: homogénea y heterogénea. Trataron de explicarme, según recuerdo, que las homogéneas eran como los amigos, porque normalmente se juntan niños con niños y niñas con niñas, mientras que las heterogéneas eran como los amores, porque a los niñas les gustan los niños y viceversa.
Aún me encontraba muy lejos de descubrir que me gustaban las personas del mismo sexo, y todavía más lejos de identificar lo homogéneo de lo heterogéneo con tales palabras, pero entré en crisis desde un principio por una sencilla razón: no tenía amigos varones.
Los tuve durante primer grado y éramos los cuatro inseparables: el enérgico, el ocurrente, el ingenioso y el inteligente de acuerdo a estándares escolares de dudosa credibilidad (su servidor). De acuerdo con los recuerdos que tengo de las clases de tal grado, entre los cuatro y otras dos amigas elevábamos a niveles estratosféricos el promedio del grado entero y éramos unos encantos de niños -con los obligatorios deslices ocasionales infantiles.
Sin embargo, llegó segundo grado y, aunque el ocurrente se quedó, el enérgico y el ingenioso se mudaron a la ciudad y terminaron estudiando en la misma primaria y hasta en la misma secundaria. No los odié por haberse ido, sino que desde aquella edad extrañamente sentí que se habían ido por mi culpa. Pensamientos sombríos para un niño de siete años, pero de alguna manera todo eso tenía sentido cuando el ocurrente encajó perfectamente entre los demás compañeros varones con aspiraciones de ser deportistas (el resto de hombres de mi grupo). "Quizá él funciona con un público más amplio", pensé siendo desde entonces un chico introvertido que no duerme por las noches hasta que su cerebro se calla, pero mantuve la esperanza de un reencuentro de los cuatro magníficos.
Pasaron un par de años en la misma primaria y, con dolor y miseria, el ocurrente encajaba cada vez más con los demás varones: veía la misma serie animada sobre fútbol que sus compañeros con la misma devoción que yo leía sobre Harry Potter, jugaba fútbol por las tardes mientras me atormentaba viendo ¿Le temes a la oscuridad? en televisión abierta y le tenía "asco" a las niñas del grupo como todos los demás, algo que no comprendí estando en circunstancias similares.
Las niñas no daban asco. Cuando platicaba con ellas me parecía igual que al platicar con alguno de los otros niños, nada más con mejor cabello y con ropa más limpia. En un presente y con mi eterna búsqueda por alguien con quien pasar mis días (o por aceptar que quedaré solo con mil peces), encuentro diferencias significativas entre hombres y mujeres, pero en la bella primaria los identificaba por vestir con falda o con pantalones.
Estar rodeado de personas nunca ha sido mi fuerte y, mientras más se acercaba la secundaria, notaba que encontrarme entre los niños se hacía muchísimo más difícil que estar entre niñas. Tal vez eso sucedió por no encontrarle un sentido a los goles animados ni a los reales, o por no hacer el intento de integrarme con ellos, pero era demasiado esfuerzo, y dos chicas me acogieron como una jauría de lobos a un bebé humano. A ellas les debo quizá la vida, en especial en mis días gordos infantiles, y una de ellas aún es de mis mejores amigas, pero entonces no dejaba de pensar en que fracasé como niño al no juntarme con otros niños.
Y apenas lo estaba comenzando a asimilar como un cambio necesariamente positivo cuando llega la maestra dándose aires de sabia al tratar de introducirme al interesante mundo de la ciencia de una manera que solo ayudó a alimentar mis frustraciones infantiles.
"¿Qué pasa si tengo nada más puras amigas? ¿El concepto cambia para algunas personas? ¿Cómo podré entablar una conversación con alguien sobre mezclas y compuestos sin querer aventarnos desde un edificio por la serie de confusiones que se generarían? ¡Ni siquiera sé si me gustan las niñas! ¡No me dan asco pero tampoco quisiera pensar en un futuro con ellas! ¡Prefiero ser amigo de Harry Potter hasta la eternidad y posiblemente morir con el heroísmo de un personaje secundario!"
Odié a la maestra. Puede que haya sido la primera muestra de odio que haya transmitido desde que tengo memoria, pero la odié en verdad y de manera irracional. Ahora la veo y pienso "no es una persona completamente odiosa, pero no dejo de pensar en que aún me confunde la diferencia entre 'homogéneo' y 'heterogéneo', aún cuando la vida a patadas me identificó como 'homosexual' porque beso a personas con cabello corto, con órganos reproductores masculinos y con tendencias a no expresar lo que piensan y sienten hasta que lo consideran terminante y necesario, y se supone que debo comprender, por lo tanto, a la perfección los prefijos 'homo-' y 'hetero-', ¿no?"
Supongo que, cuando uno es pequeño y ve el mundo con una lógica más concreta y directa, algunas cuestiones resultan ser demasiado ambiguas.

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