Tras haber leído bastantes libros -comparando el tiempo que llevamos viviendo el 2015 a otros tiempos-, después de vivir la vida de las personas acostadas y habiendo comprado una rasuradora eléctrica que adivino que usaré alrededor de tres veces en lo que llevo de vida, puedo decir que desde el último sexto del año pasado hasta la fecha he vivido tantos cambios en mi vida que ni siquiera puedo recordar cómo se sentía ser el mismo yo de antes.
Claro, eso te lo puede decir una persona que se esfuerza por contener las lágrimas, las majaderías y la imposibilidad de moverse cuando el doctor te anuncia con todo y pena que tienes una enfermedad crónica que no te matará pero te regala la posibilidad de no ser totalmente independiente, como en aquellos sueños adolescentes que ahora tienen mayor parecido con un amor platónico que con hecho no realizado aún.
Evitando actuar como un pesimista total o como el protagonista de una típica novela popular para adolescentes, trato de agregar una pizca de humor a mis días, agradeciendo a los cielos que "¿cómo va todo en tu año hasta ahora?" no sea una pregunta recurrente en las conversaciones casuales, evitándome la pena de responder "lo mejor que me ha sucedido en el año es que el examen de VIH salió negativo, por lo que la enfermedad que en realidad tengo es menos agresiva, ja, ja".
Bueno, pero esta transición de ser un típico protagonista de una historia de Stephen King en su inerte periodo de la adolescencia a ser Holden Caulfield enfermo ha resaltado en cierto modo el cinismo y el resentimiento que creo que demuestro hacia el mundo, y hay ocasiones en las que me pregunto si estaban ahí en primer lugar. Por ejemplo, he evitado de las maneras más viles e infantiles encontrarme con familiares por el simple hecho de que verme caminar con exesiva lentitud o tener que agarrarme de algo a la hora de pararme y sentarme genera tantas preguntas que estoy dispuesto a gritar "¡pueden dejarme en paz por favor! Antes, cuando era un ser aburrido para ustedes al no generar un tema de discusión más interesante que el clima o sobre lo poco que sucede en mi escuela, era invisible para ustedes, así que, si quieren que hable sobre lo que quieren, no lo lograrán, ¡porque no escucharon cuando tenía algo qué decir!", cada vez que se quieren referir a lo que tengo.
Es molesto, aunque en situaciones en las que te puedes escapar más fácil de las cosas puedes resumirlo, como aquella vez que comencé una clase con "sí, tengo algo, y lo aclaro para que no me pregunten individualmente sobre esto y ahorrarnos la miseria", pero cuando la gente te visita, pregunta por ti o incluso te llama de la nada, sigo pensando en cómo me gustaba cuando no existía y en lo que tiene que suceder para que ello cambie. Comprendo de dónde vienen esas muestras de afecto, que no funcione como los demás no significa que no comprenda lo que hacen, pero me siento Holden Caulfield por dentro, y no me gusta que lo hagan.
He estado pensando y escribiendo bastante sobre eso (en mi cuaderno verde, en algún espacio en blanco dispuesto a ser rayado y ahora aquí), y llegué a la conclusión de que soy un maldito, y desgraciado, y chiflado, y estúpido hijo de perra, y que ya lo era desde antes pero, como suele pasar, algo tuvo que suceder para que mostrara mis verdaderos colores ante los demás. Claro, me encantaría llegar a una reunión familiar diciendo "hola a todos, tengo una enfermedad crónica que a ustedes les provocará la necesidad de preguntarme cincuenta cosas que no responderé, pero también quiero decirles que soy totalmente gay y sobre eso les cuento lo que quieran" tan solo para que me dejaran en paz un segundo, pero eso no es algo que admitiría querer hacer en el pasado.
Entrando en un conflicto interno mientras escribo este montón de incongruencias, lo mejor de esto que me sucede es que ahora siento que comienzo a tener el valor de ser quien soy en realidad. ¿Porque puedo quedar inválido en diez o veinte años? ¿Porque, incluso llegando a los setenta, seré dependiente de un medicamento y de un estilo de vida diferente al agradable que llevaba antes por el resto de mis días?
No. Porque el yo de antes tuvo que morir. Y regresar a él implicaría la muerte. La muerte física. Porque si me detengo ahora sí muero por completo. Y con "morir" ya no me refiero a una muerte interna, del alma, del pensamiento o de la razón. No. Aún tengo miedo de admitirlo, pero han venido a mi mente muchas cosas que tengo miedo que estén aquí: Sylvia Plath, Virginia Woolf, lo que siento cuando escucho a Erik Satie, la rasposa acidez de las despedidas, la sensación de terminar un libro que no fue finalizado, pensar en lo que sucedería si el peor de los casos se convierta en mi caso, o en el hecho de a veces preguntarme por qué sigo con vida.
Pero tengo cosas qué hacer en este mundo. Quiero escribir porque tengo personas cobrando vida en mi cabeza. Quiero ver, quiero leer, quiero escuchar. Y también creo que quiero vivir.
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