02 marzo, 2016

Cada uno tiene su fin del mundo.

Soy un maestro con mucha suerte. Tengo un trabajo estable con un salario respetable para mantener mi vida independiente, estoy estudiando una maestría, fui a Europa el año pasado por una beca de la escuela, los alumnos mencionan que les agradan mis clases o que se sienten bien conmigo como maestro, y todo eso a mis veintidos años, casi veintirés.
En contraparte, me siento agobiado por este estilo de vida,
Saqué del salón por estar platicando a una de las mejores alumnas, cuando me daba cuenta de que había quienes se estaban comportando peor. Me siento con una máscara sobre la nada: mientras muchas personas ocultan detrás de sus respectivas máscaras la horrorosa imagen que no quieren que los demás vean, aquí oculto mi vacío.
El mundo gira a su manera, diferente de la mía. Si no me adapto, ¿no significa que en realidad no pertenezco al lugar donde estoy?
Más importante: ¿tengo aún la oportunidad de arrepentirme y comenzar desde cero?
¿En qué? Ya me harté de estudiar por algo y dar vueltas en un cuento que nunca se terminará. No tengo dinero para viajar por el mundo. Temo a ejercer un oficio por la enfermedad crónica y porque sé que si duro cinco minutos en el desempeño de un trabajo que requiera de relacionarme con otras personas para conseguir más beneficios puedo decir que estuve en un día de suerte.
Quizá soy maestro más por descarte que por vocación. Me encanta el trabajo, pero en este momento se siente que puede llegar a consumir mi integridad, mis ilusiones y mi persona.
No comprendía la frase que habla de como las personas respetamos a quienes nos maltratan, se acorralan de los infirerentes y menosprecian a quienes se atreven a salirse de la regla. Mi vida en la escuela consiste en alternar las tres posturas, en ocasiones en un espacio de instantes entre una y otra, y en reflexionar sobre cómo esa cita da vueltas una y otra vez, sin encontrar una solución al problema.
Disfruto de mi vida. Disfruto de mi trabajo. Disfruto de sentir que a veces estoy haciendo las cosas bien, y que eso le sirve de algo a una persona aparte de mí. Hace mucho tiempo que no me doy el placer de desconectarme, de dormir sin sentir que tengo que despertar al día siguiente, de acostarme en la cama sin el temor a sentir mi cuerpo inflamado, o un deber postergado, o la noción de que estoy perdiendo tiempo de mi vida que no voy a recuperar.

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