18 mayo, 2016

Andando.

El chico del oxxo es muy agradable.
Es como una de esas historias de amor unidireccionales. Un chico lindo, que nunca levanta la mirada. Siempre recibe con un saludo preparado para los clientes, limitando sus palabras a "¿quiere redondear?", "¿le doy una bolsa?", "¿también va a llevar eso?".
Güerito. De ojos marrones, claros como cuando mojas arena de la playa y la llenas de color. Quizá si lo viese de frente, si levantara la mirada para verme, vería el color real de sus ojos, pero así, cabizbajo, con su mente delirando hacia el exterior, el chico me recibe y me despide como a uno más de los cientos que debe recibir al día.
Van dos veces que lo veo. En la primera, su primer día a juzgar por cómo su compañero estudiaba cada movimiento que él hacía, movía sus manos con una familiar torpeza, queriendo hacer las cosas bien.
Durante la segunda, unas semanas después, se veía cambiado; algo había cambiado. Tenía más vida, menos ansias; se desenvolvía como lo hace un viejito recorriendo su casa, cada rincón familiar y arraigado, seguro como en casa y aburrido como en las tardes de sábado recién saliendo del trabajo.
Lo puedo ver en un futuro. Sentado afuera del oxxo, con un cigarrillo en mano.
Lo puedo ver en un sueño. Ambos caminando el kilómetro y medio de playa, más otros dos entre pavimentos. En ratos hablando, con momentos de silencio. Le paso una mano por el hombro; él me da un abrazo. Toma asiento en una parada de autobuses; me siento junto a él y miramos hacia la nada, imaginando que estamos frente a un todo.
Volteo hacia él y ya no está.

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