23 enero, 2017

Veintitrés de enero.

Miró hacia su izquierda. Había una ventana cerrada.
Hacia su derecha, imaginaba el reflejo de la misma ventana, pero en realidad alcanzaba a ver los trastes sucios en el lavabo de la cocina, y sombras a su alrededor.
¿Recuerdas aquellos tiempos, se dijo, en los que no existían miedos y te aventurabas, arrojándote hacia lo que no existía solo porque la adrenalina estaba ahí y no aquí, y querías ver qué se sentía perderlo todo?
En parte, claro, porque en realidad no lo viviste.
Si hubo noches en otras ciudades, fueron dentro de hoteles, y las visitas a espacios desconocidos se hacían con la guía o el consejo de quien había estado ahí antes, a veces siendo consejos de consejos.
Siete, ocho minutos. Nada.
Dieciocho, diecinueve más. El cuerpo pide movimiento.
Cuarenta y tres, cuarenta y cuatro y cuesta cargar con cosas trabadas, dice el alma.
Una página más, otro pixel por recorrer. Veía su mundo pasar, su vida agotarse, su tiempo desperdiciado por cosas que no existen en situaciones que no le importaban en realidad, pero es más difícil buscar cuando no sabes qué quieres encontrar, y quizá sea la mente o el cuerpo, pero se siente bien estar sin vida.
Quizá sea la mente, el cuerpo a veces pide movimiento. Y cuando el cuerpo no se mueve, a veces la mente intenta volar.
Y la mente grita, araña y destruye para que la escuchen. Suele quedarse en eso, su cabeza.
Porque qué fácil es quejarse en lugar de proponer.
Qué esperanzas de escapar en lugar de luchar, pero, ¿cómo diferenciar entre la lucha que se acaba y aquella que se abandona?
¿Estoy preparándome para correr?, pensó. ¿Pido a gritos algo que necesito?
Algo en mí me pide que me quede en paz, continúa, que mínimo me permita reposar las ideas y permitirles considerar las opciones posibles, pero otro de esos entes me toma el tiempo, uno más me exige resultados, hay uno que llora a gritos y me impide a escuchar a aquellos que se hacen llamar razón, llegando sin referencias. Por ahí está la que cree que la respuesta es moverse, y entre tantos gritos, es la única que parece en calma.
En verdad que es más fácil ver lo que faltó a lo que falta, pero por burla del destino, resultó ser un ciego para muchas de estas cuestiones.

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