25 enero, 2018

Estabilidad: diario de la perdición, parte VII (final, espero).

En el centro de todo el caos y desmadre que se volvió mi vida en estos últimos meses, las cosas se han ido calmando a partir de que dejo de luchar por cambiar cosas que no está en mi poder modificarlas, a partir de que aprendo a dejar los intentos por obtener el control a toda costa.
El recorrido ha sido como escalar una montaña. Creí en un punto que ya había llegado al punto más alto, pero en realidad no había querido asumir que aun me faltaba un buen tramo para llegar a la cima.
Quizá no haya cúspide.
Entre ascensos y descensos, he tenido la oportunidad de observar, de adquirir una perspectiva.
No se trata de ver un futuro que no deja de estar cambiando de forma de maneras impredecibles a cada rato, sino de estar en contacto con el pasado sin que me impida disfrutar del presente.

Enfrente no existe.
Atrás ya quedó.
Hoy es donde estoy.

Fuera del sueño y del cansancio físico por mis desorganizadas rutinas de descanso, me siento bien. No, me siento muy bien con el estado de muchas cosas. Y eso es agradable.
Hoy, por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta de que me empiezo a sentir a gusto con mi compañía.

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