No estoy seguro de que ésto aplique para todos aquellos que estén pasando por esta etapa de la post-adolescencia/juventud, pero algo que se está convirtiendo en más que un hábito (así como la alarmante frecuencia con la que abro facebook), es la reconstrucción de conversaciones que tengo con otras personas, incluso durante las pláticas.
Como un aspirante a escritor con perfil bajo y fanático de la trilogía Before Sunrise/Sunset/Midnight, le doy un gran peso a las conversaciones y a los personajes. Hace semanas, estaba leyendo un poco de John Green, un autor que está siendo aclamado gratamente, y aunque me gustó la historia y en sí el libro me pareció bastante agradable, me frustró el hecho de que todos los personajes fuesen exactamente la misma persona y que los diálogos estuviesen poco naturales (aunque marqué varias frases que me gustaron).
Cuando quiera ser un escritor en serio tendré problemas más que nada en cuanto a los personajes, pues me parece un acto increíble el que hacen los escritores que definen algunos personajes que, incluso si está escrito desde la perspectiva de varios personajes, parece que fue obra de muchos autores. Irónicamente, en cuanto a los diálogos, no sufro tanto una vez que corrijo un poco algunos detalles --es inevitable tener la impresión de que en realidad mi mente está subiéndome el autoestima haciendo que me crea mejor de lo que soy, pero aprovecharé uno de esos escasos momentos--, aunque si me observaran intentando sacar adelante una conversación en persona, les diré que soy un caso perdido.
Recuerdo cuando salía con un chico agradable y muy alto y delgado. Puede que se haya tratado de la persona más inteligente y con gustos similares a los míos que en efecto vivía a menos de cuarenta kilómetros de mi casa, pero las cosas terminaron porque nunca me atreví a abrirme ante él ni a llegar a conocerlo un poco mejor.
El chico alto, delgado e inteligente y yo platicábamos de algo, pero al poco rato de estar hablando, me sentía como si de pronto hubiera decidido deliberadamente terminar la charla y la hubiera dirigido a su fin. Me sorprende tal capacidad mía de terminar una conversación antes de haberla comenzado. Si se tratara de un cuento, justo al terminar la introducción saltaría hasta la conclusión, y al final quedo preguntándome dónde quedó el planteamiento.
Una vez fui a desayunar con ese chico alto, delgado e inteligente y recuerdo que una de nuestras conversaciones fue más o menos así, tras platicar de algunos otros tópicos:
"¿Sabes inglés?", preguntó él.
"Sí, un poco", dije nerviosamente, "¿y tú?".
"Casi no".
Luego de un largo silencio, intenté retomar cualquier conversación, la que fuera, pero no sabía ni qué decir, así que miré hacia mi plato e introduje comida en mi boca.
"¿Qué música te gusta?", preguntó.
"Un poco de casi todo", lo miré y parecía igual de incómodo que yo en ese momento, "más que nada escucho música pop y algo de música alternativa".
"Qué bien".
"¿Y tú?".
"También escucho pop".
Y entonces fue él quien introdujo comida en su boca.
Al final de la cita, terminamos en su habitación de hotel, pues al parecer el sexo no requiere de tanto intercambio de palabras, y el esfuerzo físico te hace concentrarte en otras cosas más que en los silencios incómodos, aunque en sí no considero al sexo como algo enteramente cómodo.
Recuerdo que en parte eso fue lo que me entusiasmó del chico de otro estado, el que vino a visitar mi escuela y me dejó aquí, con la desesperación de haber conocido a alguien así con la posibilidad de jamás volverlo a ver.
Ese chico había roto la maldición. En todas las pláticas que tuvimos, nunca tuve la sensación de no saber qué más decir, no apresurábamos las pláticas como si tuviésemos todo el tiempo del mundo para estar juntos y me sentía bien con su silencio, porque era un silencio acogedor, misterioso y seductor.
Como todo fue demasiado perfecto para ser verdad --claro que no hubieran hecho daño unas cuantas interacciones físicas--, algo tenía que salir mal, maldita sea la ley de Murphy. Al final y justo como lo esperaba, al platicar con él por internet, el chico no fue inmune a mi maldición.
Sin darme cuenta, desviaba temas de conversación y los llevaba también a caminos sin retorno, escribía "haha" cuando pude haber profundizado en el tema y me sentí un tonto la mayor parte del tiempo.
El chico desactivó su cuenta de facebook y sólo quedan las conversaciones impresas con tinta digital. Aunque tengo su número y lo puedo contactar por WhatsApp, no sé si será lo correcto. Al principio intercambiábamos conversaciones casi de igual manea a aquel 17 de octubre, el día que lo conocí, pero progresivamente se fue construyendo una barrera.
De pronto me sentí incómodo hablándole y tenía el presentimiento de que lo molestaba. Cada vez se tardaba más en responder un simple mensaje y hubo un par de veces que no lo hizo y ya. Me sentía idiota una vez que contestaba porque al final de cuentas no tenía algo qué decir.
Me había convertido en todo lo que un día detesté: un acosador, un chico que estaba ahí, sobre todo cuando no era requerido ni buscado, así que no lo culpo por alejarse así. Sé que estoy llevando las cosas muy lejos; sé que es un chico muy ocupado y probablemente no tenga ni tiempo para pensar en sí mismo.
Además, a lo que me he dado cuenta al platicar con sus compañeros de clase, parece ser la clase de persona que encuentra confort en el aislamiento controlado. Quizá lo abrumé, quizá no se atreve a iniciar una conversación conmigo. Tal vez sintió lo mismo que yo, tal vez no.
Lo que sí sé es que le deseo lo mejor y espero encontrarlo de nuevo, no importa que lo vea casado y con dos hijos o cruzando la calle de una enorme ciudad, pues fue fantástico encontrarme a una persona como él en mi vida, que me hizo darme cuenta de que mi maldición puede ser rota y de que aún puedo disfrutar de una simple conversación de otoño, caminando mientras siento el ligero peso de un brazo sobre mis hombros.
Posdata: en estos momentos de reflexión como éste, imagino su cara leyendo este blog y me doy cuenta que me da vergüenza simplemente pensar en el momento en el que descubra que llevo tanto tiempo escribiendo sobre él en este lugar.
El chico alto, delgado e inteligente y yo platicábamos de algo, pero al poco rato de estar hablando, me sentía como si de pronto hubiera decidido deliberadamente terminar la charla y la hubiera dirigido a su fin. Me sorprende tal capacidad mía de terminar una conversación antes de haberla comenzado. Si se tratara de un cuento, justo al terminar la introducción saltaría hasta la conclusión, y al final quedo preguntándome dónde quedó el planteamiento.
Una vez fui a desayunar con ese chico alto, delgado e inteligente y recuerdo que una de nuestras conversaciones fue más o menos así, tras platicar de algunos otros tópicos:
"¿Sabes inglés?", preguntó él.
"Sí, un poco", dije nerviosamente, "¿y tú?".
"Casi no".
Luego de un largo silencio, intenté retomar cualquier conversación, la que fuera, pero no sabía ni qué decir, así que miré hacia mi plato e introduje comida en mi boca.
"¿Qué música te gusta?", preguntó.
"Un poco de casi todo", lo miré y parecía igual de incómodo que yo en ese momento, "más que nada escucho música pop y algo de música alternativa".
"Qué bien".
"¿Y tú?".
"También escucho pop".
Y entonces fue él quien introdujo comida en su boca.
Al final de la cita, terminamos en su habitación de hotel, pues al parecer el sexo no requiere de tanto intercambio de palabras, y el esfuerzo físico te hace concentrarte en otras cosas más que en los silencios incómodos, aunque en sí no considero al sexo como algo enteramente cómodo.
Recuerdo que en parte eso fue lo que me entusiasmó del chico de otro estado, el que vino a visitar mi escuela y me dejó aquí, con la desesperación de haber conocido a alguien así con la posibilidad de jamás volverlo a ver.
Ese chico había roto la maldición. En todas las pláticas que tuvimos, nunca tuve la sensación de no saber qué más decir, no apresurábamos las pláticas como si tuviésemos todo el tiempo del mundo para estar juntos y me sentía bien con su silencio, porque era un silencio acogedor, misterioso y seductor.
Como todo fue demasiado perfecto para ser verdad --claro que no hubieran hecho daño unas cuantas interacciones físicas--, algo tenía que salir mal, maldita sea la ley de Murphy. Al final y justo como lo esperaba, al platicar con él por internet, el chico no fue inmune a mi maldición.
Sin darme cuenta, desviaba temas de conversación y los llevaba también a caminos sin retorno, escribía "haha" cuando pude haber profundizado en el tema y me sentí un tonto la mayor parte del tiempo.
El chico desactivó su cuenta de facebook y sólo quedan las conversaciones impresas con tinta digital. Aunque tengo su número y lo puedo contactar por WhatsApp, no sé si será lo correcto. Al principio intercambiábamos conversaciones casi de igual manea a aquel 17 de octubre, el día que lo conocí, pero progresivamente se fue construyendo una barrera.
De pronto me sentí incómodo hablándole y tenía el presentimiento de que lo molestaba. Cada vez se tardaba más en responder un simple mensaje y hubo un par de veces que no lo hizo y ya. Me sentía idiota una vez que contestaba porque al final de cuentas no tenía algo qué decir.
Me había convertido en todo lo que un día detesté: un acosador, un chico que estaba ahí, sobre todo cuando no era requerido ni buscado, así que no lo culpo por alejarse así. Sé que estoy llevando las cosas muy lejos; sé que es un chico muy ocupado y probablemente no tenga ni tiempo para pensar en sí mismo.
Además, a lo que me he dado cuenta al platicar con sus compañeros de clase, parece ser la clase de persona que encuentra confort en el aislamiento controlado. Quizá lo abrumé, quizá no se atreve a iniciar una conversación conmigo. Tal vez sintió lo mismo que yo, tal vez no.
Lo que sí sé es que le deseo lo mejor y espero encontrarlo de nuevo, no importa que lo vea casado y con dos hijos o cruzando la calle de una enorme ciudad, pues fue fantástico encontrarme a una persona como él en mi vida, que me hizo darme cuenta de que mi maldición puede ser rota y de que aún puedo disfrutar de una simple conversación de otoño, caminando mientras siento el ligero peso de un brazo sobre mis hombros.
Posdata: en estos momentos de reflexión como éste, imagino su cara leyendo este blog y me doy cuenta que me da vergüenza simplemente pensar en el momento en el que descubra que llevo tanto tiempo escribiendo sobre él en este lugar.
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