01 diciembre, 2013

Por favor.

Domingo. Día de relajación. El día especial en el que te olvidas de que existe el mundo y dedicas tu tiempo a disfrutar una película mala, a limpiar un poco en armonía y a bailar al son de tu música favorita. Ese es el ideal de domingo que anhelo con toda mi alma poder disfrutar algún día. Pienso primero en un día así antes de encontrar al amor de mi vida. Sin embargo, ambas cosas parecen tan posibles como la idea de los poderes curativos encontrados en la sangre de unicornio.
En mi casa, los domingos nunca han sido días particularmente silenciosos. Desde que tengo memoria de este lugar, la calle frente a la que vivo ha sido una de las más transitadas, pues es el camino principal por el cual llegar a la carretera que se debe tomar para llegar a una laguna.
Desde que vivimos aquí, mis papás, mis hermanos y yo hemos aprendido a asimilar el sonido de las llantas acelerando por el pavimento como algo agradable. Incluso, en mi caso, es gracioso cuando duro horas tratando de cruzar la simple calle por el tráfico. La calle sonríe como una fácil con amantes porque el domingo es el único día en el que pasan más de diez automóviles por ahí.
Sin embargo, el terror comenzó apenas hace unos meses, cuando un primo decidió que la idea más revolucionaria de todas era la de abrir un negocio de tortas ahogadas a dos casas de mi hogar.

Aprecio que tal primo quiera progresar económicamente y obtener un ingreso extra para sus gastos y los de su familia nuclear, y también comprendo que para atraer clientes es necesario hacer carteles llamativos y poner algo de música que haga que alguno que otro automóvil se detenga por la transitada calle y compre un húmedo pedazo de pan relleno con carne de cerdo, pero las personas como quien escribe en este momento tienen cierto límite de decibelios que pueden soportar.
Aparte, la selección musical de mi primo es desgraciadamente acorde a su negocio. Sobra decir que su lista de reproducción deja de lado la exquisita música clásica, algunos temas musicales emotivos y alguna que otra canción agradable, y termina conformándose de toda clase de música grupera, melodías electrónicas que perforan mis oídos y un poco del lamentable dubstep. Así es cada domingo de mi vida de ocho de la mañana a dos de la tarde.
Y, si la Ley de Murphy dice que "si algo puede salir mal, saldrá mal", entonces: si algo puede salir peor, saldrá peor.
Mi primo tuvo días malos para el negocio y otros domingos en los que veía posible la creación de una enorme franquicia de tortas ahogadas. Ese inspirador pensamiento sembró una vil y retorcida idea en un vecino que vive también a dos casas de mí para crear un negocio de deliciosas alitas de pollo. No sabía de la existencia del negocio hasta una mañana, cuando desperté con dolor de oídos, no sólo del lado izquierdo de mi cuerpo, sino también de mi lado derecho.
Había comenzado una guerra de negocios de comida poco saludable justo en mi calle. En la transitada calle que ya era ruidosa cada domingo. Destruyeron la idea del idílico día de relajación que siempre añoré, y mi casa terminó ubicada justo en el medio.
Hacia mi izquierda tenía un negocio de tortas ahogadas con música a todo volumen. Hacia mi derecha tenía un negocio de alitas de pollo con música a todo volumen. Imprimieron carteles enormes para las tortas ahogadas y, a la semana siguiente, en las alitas ya tenían un cartel aún más grande. Los de las alitas comenzaron poniendo música a un volumen más alto y mi primo también le subió el volumen al ruido de su negocio.
Empecé a llorar internamente cuando grabaron un anuncio para promocionar las tortas ahogadas de manera más profesional con mi primo. Fue un anuncio como los que puedes escuchar en la radio, con música plagiada y efectos de sonido graciosos. El anuncio en sí no era más molesto que el resto de tácticas que habían implementado ambos competidores, pero mis otros vecinos al parecer descubrieron que existía una invención llamada "micrófono" y no pudieron encontrar un mejor momento para destrozar mis sentimientos.
A partir de ahí, las cosas fueron como si le dieras un micrófono por primera vez a un niño pequeño y éste se diera cuenta de que su voz se escucha más fuerte con el menor esfuerzo. Ya no solamente era el ruido que me impedía siquiera poder pensar en convencer a mis padres de mudarnos de este lugar; era la vergüenza de escuchar todo aquello.
En un principio tuvo su gracia el chiste. Escuchar a alguien rogando que compres alitas mientras te das cuenta que el tipo parece darse un beso francés con el pobre amplificador de sonidos por la cantidad de saliva que se escuchaba por todo el continente, y los perros ladrando lo más fuerte que sus pulmones les permitían, puede llegar a ser todo un espectáculo. Cuando eso sucede desde las diez de la mañana y hasta que mi cerebro logra generar una sordera psicológica momentánea en mí, las lágrimas dejan de ser un recurso metafórico y son una respuesta ante la tortura que sufro periódicamente. Hasta los perros dejan de ladrar y comienzan a emitir un ambiguo llanto de súplica.
Hay periodos de silencio en los que ambos negocios parecen que nos permitirán sentir la felicidad una vez más en nuestras vidas y apagan la música (o al menos le bajan el volumen) por unos quince o veinte minutos. Sin embargo, es como cuando el depredador se acerca sigilosamente a su presa y lo deja creer que está a salvo para aprovecharse del factor sorpresa, o como cuando, al cocinar ranas, las meten en cacerolas con agua helada, la cual calientan poco a poco para que el pobre animal no tenga oportunidad de escapar.
Si antes las mañanas de los domingos estaban destinadas a convertirme en un estudiante productivo que hace sus tareas o en degustar una agradable lectura, ahora se convierten en momentos de locura, acompañado de mi iPod y de un vaso de agua (para normalizar la circulación de la sangre de mi cuerpo).
Atrás quedaron las mañanas de películas malas y desayunos deliciosos. De sueños de calma y de días somnolientos. De reproducir una canción y no tener la desagradable sensación de que alguien tiene el micrófono pegado a su boca mientras te dice a todo volumen que le compres alitas de pollo. Sólo queda esta triste persona, con oídos adoloridos y en espera de su redención.

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