08 junio, 2014

Fuera de casa.

Querido diario de un chico que se sorprende porque la vida lo sorprende al presentarle sorpresas que no deberían sorprenderle porque no son sorprendentemente inesperadas aún causando sorpresas: en ocasiones, las cosas sí salen como esperas, sin importar que no haya sucedido como esperabas.
La semana pasada, de lunes a viernes, estuve de viaje por el centro del país con algunos compañeros de mi escuela, en un viaje de vinculación de Escuelas Normales. A pesar de que iba allí con el propósito de intercambiar experiencias con otros normalistas que me permitieran analizar áreas de oportunidad para avanzar académicamente y para mejora de mi escuela, sabía que mis objetivos eran otros. Esperaba conocer personas, deseaba adquirir experiencias y anhelaba tener grandes conversaciones, y todo ello sucedió, aunque las personas que esperaba conocer estaban más cerca de lo que creí, las experiencias que adquirí quizá tengan un impacto más fuerte del esperado y las conversaciones fueron increíbles, aún y cuando puede ser que no se repitan pronto.
Esperaba con ansias conocer cómo es la vida de jóvenes de mi edad y que estudian la misma carrera que yo, pero que viven en otra parte de la república. ¿Me ayudaría para obtener experiencias para escribir mejor? Quizá. ¿Para tener más amigos en facebook? Como si eso en realidad me importara tanto. ¿Encontraría el amor? No creo querer volver a vivir otro amor platónico con un chico a larga distancia. El por qué de querer conocer personas es algo que aún me tiene dando vueltas en mi cabeza; quizá por eso me gusta inventar personas.
En la tarde del martes, estando afuera de la primera escuela de visita, lo primero que quería era entrar a un aula de clases o toparme con algún alumno para platicar. Al entrar al edificio, pensé que los alumnos debían estar en sus aulas o que habían tirado desechos nucleares en el área.
El lugar estaba igual de desértico que mi pueblo a las tres de la tarde, cuando las personas supongo que están durmiendo después de comer. Cuando una maestra de ahí mencionó que en el turno matutino es cuando "hay más vida en la escuela", me dije a mí mismo que al menos en la escuela se daban cuenta de las situaciones observables.
Al dar un recorrido por las instalaciones y al darme cuenta de que las personas que caminaban por ahí no parecían tener el potencial para ayudarme a alcanzar mis metas (teniendo presente que las apariencias engañan), me decepcionaba de que la meta no sería alcanzada tan pronto como era imaginado.
Tras el recorrido, a mis compañeros de especialidad y a mí nos llevaron a tomar clases con alumnos de la misma especialidad. Como era de esperarse, me emocioné bastante, pero me encontré con que las circunstancias no me permitirían conocer mucho a los residentes, porque en verdad fuimos a tomar clases. Me encantó la idea y disfruté bastante la cátedra (el maestro resultó ser muy joven y muy preparado), pero sólo entablé conversación con una chica tímida y muy agradable.
La experiencia fue similar en la segunda escuela visitada, pues el trabajo no permitía convivir con los estudiantes de esa institución en un entorno más relajado, a pesar de que no parecía ser un lugar desértico.
Hasta el momento, parece que estoy describiendo unas vivencias terriblemente comunes y corrientes. Viéndolo desde la perspectiva académica, cumplí con creces con los intercambios culturales: aprendí bastante sobre el funcionamiento de otras escuelas, adquirí conocimientos que me ayudarán a terminar con éxito mi carrera y me divertí en el proceso.
El giro en esta trama consiste en que las personas a quienes conocí no fueron estudiantes de aquellas escuelas de otros estados, sino compañeros de mi escuela, ya sea de otras especialidades o compañeros que tengo en el mismo grupo desde que ingresé a estudiar ahí.
Nótese que nunca dije que lo que buscaba era conocer personas buenas, increíblemente agradables ni a alguien que resultara ser el amor de mi vida. Quería conocer personas, y ello fue todo una experiencia.
Para empezar, al dormir con alguien puedes cambiar la perspectiva que tenías sobre alguien. De los cuatro compañeros de habitación, dos se dormían bastante rápido y disfrutaban de envidiables sueños profundos, a diferencia de mi compañero de cama y yo.
Esa persona, mi compañero, ha hecho cosas bastante desagradables y suele tener opiniones que chocan con mi manera de pensar sobre las cosas, pero pasar tres noches seguidas con él me provocó un acercamiento a su manera de pensar. Aún no comprendo por qué hace algunas cosas y no sé qué sucede en su cabeza la mitad del tiempo, pero ya lo entiendo, de cierta manera.
Aprendí, también, que llegas a conocer a alguien cuando lo ves en estado de ebriedad, o cuando estás tomando cerveza en una habitación con un montón de personas.
Emborracharme no estaba entre los eventos deseados para el viaje, pero la primera noche tomé lo suficiente como para marearme y para hablar de más. Estaba con mis compañeros en el bar que se encuentra la terraza del hotel donde nos quedamos. Hacía mucho viento, pero la vista, la compañía y el alcohol hacían que me olvidara del frío. Jugando con el cubilete que llevaba una compañera y perdiendo algunas prendas que traía puestas, me divertí bastante. Ignoraba que me reía más de lo normal, me daba cuenta de que no me importaba lo que me dijo mi mejor amiga cuando me llamó aquella tarde y olvidaba preocupaciones por primera vez en mi vida, me estaba divirtiendo.
Llegué al cuarto y me acosté, pero nadie se durmió de inmediato. En su lugar, recuerdo que reía, que platicaba cómo me iba mal con los chicos y que le exigía a un compañero que cambiara de canal en la televisión porque no quería ver porno (siendo que era un video musical). Esa primera noche en definitiva cambió la dinámica entre mis compañeros y yo. Jamás me habría atrevido a admitir ante ellos que me gustan los chicos, pero un par de cervezas convirtieron una confesión dramática en una serie de indirectas lanzadas al aire por mí, así que en lugar de obtener miradas de juicio o expresiones dramáticas, ellos solamente se reían de mí, y a la mañana siguiente mencionaron que "nadie dijo nada anoche".
Claro que aún en la mañana siguiente recordaba que parte de lo sucedido se debió al estado en el que me encontraba tras la llamada de mi amiga. Primero recibí un mensaje de mi amiga pelirroja diciéndome que quería que le hablara en cuanto pudiera. Se sorprendió al escuchar mi voz a escasos segundos de enviado su mensaje y comenzó diciendo que era sobre el chico con quien había estado enviando mensajes de voz desde un tiempo atrás, el chico que me dijo "me caes muy bien, eres un excelente amigo".
Temía que, aunque ya lo conocí en persona y tuve un gran rato, siguiera estancado porque él no buscara una relación conmigo, pero me confundía que daba señales de lo contrario, así que me ilusionaba sin razones y me sentía mal por ello. Y sabía que mi amiga tenía la respuesta que buscaba cuando comenzó a decirme que se trataba de él.
"No sé cómo decirte ésto", dijo mi amiga.
"Sólo dilo, en serio, no pasa nada".
"Es sobre el chico".
"Me imaginaba", dije, intrigado y en espera de la verdad.
"El otro día, una amiga le preguntó por ti".
"¿Qué dijo?"
Pero la llamada se cortó por mi falta de tiempo aire.
Corrí por todos lados buscando un lugar donde comprar una recarga y resistí a leer un mensaje que mi amiga acababa de enviarme mientras esperaba que una máquina aceptara un billete mío. Esperé un poco para que me llegara el mensaje de que mi tiempo aire había sido abonado al mismo tiempo que reflexionaba sobre leer el mensaje o hablarlo primero. Al final no resistí y lo leí.
"Mi amiga le preguntó por ti en una fiesta y dijo que sólo eran buenos amigos", escribió mi amiga. "Así te veía; tenían mucho en común y te quería mucho, pero está enamorado de otro chico", un chico que fue mi compañero de escuela durante un par de meses. "Te lo tenía que decir".
Recuerdo que no me sentí tan devastado como creí que estaría si supiera lo que acababa de leer, pero no dolió tanto como creí. Quizá porque ya lo imaginaba y porque sí lo creería, aunque mi parte egoísta me dice que reaccioné así porque no le gusté debido a que le gustaba otra persona, por lo que no agradarle así no fue mi culpa, sino la suya.
De cualquier modo, le llamé de inmediato a mi amiga y estuve un rato hablando con ella, sin importar que decidieron tomar las fotos grupales en ese momento y salgo en todas con el celular pegado al oído. Eso me levantó bastante los ánimos y le agradezco todavía a mi amiga por no ocultarme las verdades tristes.
Agradezco que fue a principios de semana, porque meayudó de cierta manera a desinhibirme durante el resto de la semana, y me atreví a hacer muchas cosas, como a pasar la noche siguiente con algunos hombres que tenían una fiesta en la habitación de al lado. Sin contarme, había alrededor de seis hombres y otras tres mujeres, y con ellos pasaron un montón de locuras. La cisterna del inodoro estaba llena de botes de cerveza y hielo, las ventanas estaban abiertas para que escapara el humo de los cigarros que se fumaban, en las camas había bolsas grandes de frituras y las pláticas hacían uso de adjetivos despectivos.
Jamás había estado tanto tiempo en un lugar así y recuerdo cada cosa que hice. Me bajé los pantalones y observé cómo cada hombre se los bajaba solamente porque así las mujeres se quitarían sus sujetadores. Tomé una cerveza y fingí durante un rato que aún quedaba algo en la lata vacía porque no quería que me dieran otra. Una amiga me enseñó los tatuajes que tiene en el área de bikini. Los chicos orinaban en la regadera, dejando la puerta del baño abierta. Un chico trataba de besar a una chica, pero ella no se dejaba. Mi otra amiga platicaba sobre hijos con uno de los muchachos. Uno que cumplía años se colocó todos los sujetadores en la cabeza; algunos le quitaban alguno y los olían.
Ese mismo día, pero más temprano, me hice amigo de una compañera cuando le dio un ataque nervioso porque pensó que nos iban a regañar por haber salido del hotel en la noche sin la compañía de algún maestro, siendo que ya teníamos permiso. Estuvimos platicando, una amiga suya con varios de sus compañeros le dimos "terapia", estuvimos platicando sobre nuestros dilemas y nos calmamos un poco al final de todo. Ese fue el comienzo de una amistad con una chica divertida, musical, ingeniosa, inteligente y un poco insegura, aunque siempre llena de vida; a veces sólo necesitábamos cantar algo a todo pulmón para sentirnos un poco mejor, sin importar que estuviésemos a la mitad de la calle o rodeados de personas queriendo dormir en un camión.
A la hora de la comida, me sentaba con dos compañeros y una chica que también se convirtió en mi amiga. El último día, cuando estábamos vagando en un lugar conocido por lo barato que encuentras el calzado y los productos de piel, nos separamos accidentalmente del grupo y terminamos buscando qué comprar con la compañía de una muy agradable maestra. Desde el principio descubrimos el montón de similitudes que tenemos en cómo percibimos las cosas, y de la nada nos convertimos en amigos que comparten tristezas, risas, comentarios extraños y planes curiosos.
Noté cómo las personas son cuando no están en un ambiente formal, y me di cuenta de que creían que era una persona muy diferente a quien soy. Era gracioso cómo me callaban a cada rato, repitiéndome "te desconozco, ¿dónde dejaste a ese seriecito que eres en el salón?", protegiéndome de los demás compañeros. Me pareció curioso también ver a mis compañeros sin preocupaciones inmediatas, a algunos amigos disfrutando hasta de las comidas menos agradables y a maestros cantando con sentimiento en el karaoke tras dar discursos formales.
Pasaron todas esas cosas, grandes para mí al ser una persona que no suele salir tanto ni convivir durante tanto tiempo nada más con un grupo de personas. Sin embargo, diré que uno de mis momentos favoritos sucedió durante los últimos días.
En el segundo hotel, descubrí que la azotea tiene una bellísima vista de la ciudad, en un lugar propicio para llamar con privacidad, escribir con calma y para escapar de todo un rato. Claro, descubrí que no fui la única persona que le daría el mismo uso a ese lugar, y ese chico, una persona callada y reservada, se convirtió en un amigo y en partícipe de mi momento favorito.
En la última noche, decidí despedirme visitando mi lugar favorito: la azotea. Esperaba ingeniármelas para escribir un poco allí a pesar de la oscuridad o para simplemente vagar un rato, pero estaban ahí el chico callado con un compañero. Los acompañé un rato, platicando, y pronto llegaron más personas deseando descubrir un lugar nuevo por última vez.
Personas llegaron y se fueron, y me quedé al final a solas con el chico callado (según como lo recuerdo). Caminamos hasta la zona donde había mejor vista, cerca de una escalera de metal que daba acceso a una puerta que parecía llevar mucho tiempo sin abrirse. Creo que también estaba otro compañero ahí, porque recuerdo que comenzamos a platicar, como si todos esperáramos encontrar un lugar solo pero nadie quería irse a buscar otro porque era muy cómodo estar ahí.
Charlábamos un rato cuando llegó mi amiga musical acompañada de la amiga con quien le "dimos terapia" (ella también estudia psicología, curiosamente). Ella se sentó en las escaleras, el compañero desapareció y el chico callado, mi amiga y yo nos recargamos en un muro de la azotea, desde donde podíamos apreciar cada detalle de una hermosísima ciudad, tanto de día como de noche.
Al principio nos quedamos mirando a los pequeños edificios, amontonados los unos con los otros, observando cómo los colores de día parecían convertirse en tonos sepia bajo las luces nocturnas.
"Voy a extrañar aquí, amigo", dijo mi amiga.
"También yo", dije.
El chico callado asintió.
"Algún día viviré aquí", bromeé, "y voy a terminar mis libros en una casa como aquella", señalé, riendo, una choza vieja que parecía estar flotando; se veía muy cómoda para vivir.
"¿Escribes?", dijo el chico callado.
Me sorprendió bastante la pregunta y más viniendo de él, pero con ello ya me había ganado por completo.
Nerviosamente, expliqué cómo en ocasiones intentaba escribir "algo bien", pero que tenía éste blog y que cargaba siempre un cuaderno viejo donde relataba algunas cosas que me sucedían.
"¿También escribes?", pregunté.
Asintió y dijo "sí, me gusta mucho".
Contó cómo también suele escribir sobre lo que le sucede, cómo anota las ideas que se le ocurren para recordarlas después y también que le gusta andar en bicicleta y relajarse un rato. Pensé que mientras más hablaba, más me decía "encontraste a una persona increíblemente interesante".
Seré honesto y aceptaré que parte de mí pedía a gritos que se tratara de un chico gay, aunque no creo que lo sea, aunque sea una persona de quien me enamoraría perdidamente, pero no importaba eso como en otras ocasiones en las que me enfrascaba en atraer la atención de alguien. Claro que, si el chico callado resultara ser soltero, homosexual y si tuviera una oportunidad, aprovecharía el momento como si no hubiera un mañana, pero me pareció refrescante platicar sin presiones, sin sentir que tengo la necesidad de lanzarme inmediatamente a alguien porque ese alguien podría ser "el alguien".
Me siento bien de admitir que, siendo el tipo que se enamora a los cinco segundos de una persona, sin importar las preferencias, las circunstancias o la ocasión, algo en ese chico hacía que quisiera seguir platicando con él, no exclusivamente para buscar un romance; simplemente quería conocerlo más. Se había ganado mi respeto, ese chico callado.
Por dentro sonreía porque estaba conversando con dos grandes personas que quizá ya había encontrado previamente pero que no había llegado a conocer. Mi amiga nos describía cómo había experimentado al escribir canciones y las desventuras que vivió al hacerlo. El chico callado escuchaba y preguntaba, inmerso con nosotros en la conversación. Yo deseaba que ésta no acabara nunca.
Seguimos platicando sobre miedos, experiencias paranormales y fobias a perros pero, cuando hizo mucho frío, nos fuimos a la habitación de mi amiga a continuar platicando, a conversar sobre religión, a dar indicios de nuestras decepciones amorosas y a describir a las personas ideales, aunque tengan mucho "buche", sean burras bonitas o estén feas pero inteligentes.
Muchos considerarían un viaje como decepcionante si no hubo la oportunidad de acostarse con alguien, de beber hasta desorientarse o de vivir algo que saldría en una película de American Pie, pero, como he escrito anteriormente, cumplí mis metas y me siento más que feliz de haberlo hecho de manera inesperada y espontánea. Me siento realizado.
Hubo malos momentos durante esta semana y siento que tengo que dormir un mes entero para reponer las noches de desvelo, pero aprendí cosas sobre la vida, conocí seres imperfectos y geniales que no creí que existieran y conversé con ellos de una manera que no creí conversar, casi sintiéndome como en un libro que me encantaría leer una y otra vez.
Dudo que algo así vuelva a suceder de nuevo. Es probable que sí, pero realmente es difícil que vuelva a vivir un viaje así en mi vida. Quedan, eso sí, montones de recuerdos, ríos de risas, mares de mensajes indelebles, algunos cuantos rostros nuevos por recordar, unas piernas cansadas y el saber que las cosas son perfectas por el simple hecho de que son imperfectas. Ahí radica su perfección.

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