19 junio, 2014

Perspectiva.

La vida es cuestión de perspectivas. Puedo pensar lo peor de una persona, pero cómo sabré si hace todas sus fechorías porque ésta prefiere ser odiada por los demás antes de por sí misma. Puedo pensar lo mejor de una persona, aún cuando quizá nunca sepa que esa persona no piensa lo mismo de mí.
La interpretación que le doy a algunas señales me ha provocado bastantes desventuras que se convierten en comedia cuando las analizo en mi mente. He pasado horas sin dormir cuando me doy cuenta de alguna simpleza que dije en el día, si ésta pudo haber sido vista de manera diferente. A diario me sorprendo porque las cosas que hago parecen ser bastante diferentes a las que esperé estar haciendo años atrás, incluso en meses anteriores.
Veo que lo interesante de interactuar con las personas es cómo sus perspectivas se van amoldando de acuerdo a las cosas que observan, que escuchan y que captan. Y estas perspectivas son cambiantes, pueden estar en lados opuestos en cuestión de minutos.
Para bien o para mal, las primeras impresiones suelen ser muy importantes. Recuerdo cuando conocí por primera vez a una amiga. La vi platicando alegremente con una amiga suya que parecía estar muy seria. Quizá yo estaba platicando efusivamente con un amigo, porque me vio directamente a los ojos, puso una expresión de inconformidad en su rostro y continuó su plática.
Cuando sucedió eso, nunca creí que llegaría a conocer a esa chica: a una persona que intenta luchar por superar sus problemas personales mientras ayuda a los demás, a alguien que primero piensa en el bienestar de las personas que le importan antes del propio, a una chica que, a pesar de tener su rompecabezas desarmado, sabe que no le falta pieza alguna.
Esas primeras impresiones suelen ser erróneas, pero suele suceder que algunas de ellas sean tan deplorables que las personas involucradas no quieran ir más allá de esas primeras impresiones. Tiene sentido, pero es triste para alguien que está dispuesto a equivocarse un par de veces y de dejar que los demás se equivoquen, viviendo entre personas que consideran que cinco segundos es tiempo suficiente como para emitir un juicio.
He sido víctima de las primeras impresiones, de una perspectiva parcial, pero eso es porque no siempre estoy dispuesto a mostrarme por completo en la primera charla casual, pues hay cosas en mí que son difíciles de digerir, y hay otras bastante personales: no creo conveniente llegar con un desconocido y decirle “hola, estoy metiéndome en bastantes problemas últimamente pero ya siento que me estoy reformando de una vez por todas”.
Puede ser que las partes que más notan en primera instancia son de las que ni siquiera me doy cuenta. Como cuando pienso que me ven cara de idiota, mientras que la realidad es que quizá me aprecien. O puede que suceda lo contrario.
Siento que le doy bastante importancia a las primeras impresiones, o a las perspectivas de las personas, o a lo que los demás piensan de mí, y creo haber escuchado o leído a alguien diciendo que cuando nos quedamos con los comentarios negativos de los demás es porque pensamos eso de nosotros mismos.
Honestamente, la opinión que tengo de mi persona es bastante negativa, aún cuando sé que tengo cualidades que muchos desearían tener. Tal vez todo esto se trata de que la primera impresión que tuve de mí mismo nunca muy buena de mí mismo. ¿Y cómo no? Cuando me miraba en el espejo veía a un chico desesperante, indeciso y abrumado por todo lo que había a su alrededor.
Aún no me siento cómodo observando el almacén de mi alma y mis pensamientos en el espejo, pero ya veo a alguien que tiene una idea de lo que quiere y de lo que no quiere, a un joven dispuesto a abrumarse con su entorno y a un chico que aprendió a aguantarse a sí mismo, todo eso en un mismo paquete lleno de inconsistencias y de interesantes sorpresas en medio.
Eso viene de una persona que sabe que no está en forma, pero que se mantiene extrañamente saludable; de un chico que puede que jamás encuentre a su chico ideal, pero que aprendió a ser feliz consigo mismo; de un aspirante a escritor que no va ni a la mitad de su primer proyecto, pero que sigue escribiendo y leyendo constantemente para lograr su objetivo; de un joven que comete errores a cada hora, pero que está consciente de que no son en vano.
“Mírate”, me dice el reflejo, “no estás tan mal después de todo”.
“Eso no significa que esté totalmente bien”.
“Estás totalmente bien para ser una obra incompleta”.
“¿No estoy completo?”, no lo creo.
“Aún no”, responde el insistente reflejo.
“¿Qué me falta?”, pregunto con curiosidad.
“Eso te toca a ti descubrirlo, y tienes toda una vida para hacerlo”.

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