Es divertido cómo las personas usualmente pensamos que tenemos más control en nuestras vidas de lo que en realidad sucede.
Esto lo escribí tiempo atrás en el blog (si fuese más dedicado a la computación y menos distraído en las cosas a las que doy clic, sabría la fecha exacta, pero no), con esperanzas de ahondar en el asunto o refutar ese punto. Heme aquí, a veintiocho de septiembre de unos cuantos años después, malgastando lo que tengo mi vida y disfrutando de aquello que no tengo, riéndome de las incongruencias mientras trato de hacerme consciente de que soy la más grande de ellas que puedo observar desde mis propios ojos.
Inconsistencias. La falta de seguimiento en el desarrollo de algo.
¿Qué hice de mí en estos días? Me la pasé durmiendo y divagando. He intentado leer pero no logro pasar de la página cinco, de la página seis, me fuerzo a terminar un capítulo.
Fui a cortarme el cabello y me di cuenta de que mis pies quedaban volando, descubiertos, debajo de la capa que me pusieron para no llenarme de pelos. Mis pies, en sandalias que quería mandar a volar, pero que temía desnudar andando descalzos, se quedaron firmes, manteniéndose engarrotados durante todo el rato que estuve en esa silla acolchonada, forrada de una imitación de cuero que a nadie le importa si resulta convincente. El olor a engrudo a punto de pudrirse de un rollo de papel higiénico me mareó; quizá fui el único que se dio cuenta del olor.
(¿Ven eso? ¿"...quizá fui el único"? Véanme asumiendo que tengo el poder, que solo importo yo. Es más difícil conocerse cuando te convences de poner tus barreras entre los ojos y el cerebro, que no entre lo que no se quiere procesar, que no pase lo que pueda resultar problemático).
Salí de ahí, complacido por la obra realizada por el chico que se encargó de liberar mi cabeza de una gran cantidad de cabello, alejándome del local que me cobró más de lo que acostumbro pagar, dirigiéndome hacia la playa, no hacia mi casa.
Había gente bañándose, y otros nada más volteando hacia el mar, como si en verdad no le estuvieran prestando atención.
Quise hablar con el agua. Pretender ser un loco por un rato, o serlo de verdad frente al agua mientras charlaba con la marea, con la oscura arena que estaba por volverse más clara en contraste con el agua tras la puesta del sol; no se veía el sol, y por lo tanto, minutos después, el atardecer no aparecería como siempre: imagino que pasaría, la luz, de ser de día a la noche como si se fuesen terminando de consumir los filamentos de la vela que enciende al sol.
Así se van los días. Como gotas de lluvia que caen en otros lados antes de llegar al suelo. Si es que hay un suelo al cual llegar.
¿Cómo ser libre en este espacio que queda? Al menos se puede aspirar a una libertad horizontal, si hacia arriba y hacia abajo está todo ocupado, en teoría.
Suena como que tengo que hacer un cambio radical, pero la verdad es que tengo miedo de perderlo todo: mis comodidades, mi narcisismo, las oportunidades que tengo, aquellas que pretendo que están ahí, las puestas de sol que ya vi que no siempre suceden, la oportunidad de ir y venir.
Me río en persona porque no tengo nada.
Inconsistencias. La falta de seguimiento en el desarrollo de algo.
¿Qué hice de mí en estos días? Me la pasé durmiendo y divagando. He intentado leer pero no logro pasar de la página cinco, de la página seis, me fuerzo a terminar un capítulo.
Fui a cortarme el cabello y me di cuenta de que mis pies quedaban volando, descubiertos, debajo de la capa que me pusieron para no llenarme de pelos. Mis pies, en sandalias que quería mandar a volar, pero que temía desnudar andando descalzos, se quedaron firmes, manteniéndose engarrotados durante todo el rato que estuve en esa silla acolchonada, forrada de una imitación de cuero que a nadie le importa si resulta convincente. El olor a engrudo a punto de pudrirse de un rollo de papel higiénico me mareó; quizá fui el único que se dio cuenta del olor.
(¿Ven eso? ¿"...quizá fui el único"? Véanme asumiendo que tengo el poder, que solo importo yo. Es más difícil conocerse cuando te convences de poner tus barreras entre los ojos y el cerebro, que no entre lo que no se quiere procesar, que no pase lo que pueda resultar problemático).
Salí de ahí, complacido por la obra realizada por el chico que se encargó de liberar mi cabeza de una gran cantidad de cabello, alejándome del local que me cobró más de lo que acostumbro pagar, dirigiéndome hacia la playa, no hacia mi casa.
Había gente bañándose, y otros nada más volteando hacia el mar, como si en verdad no le estuvieran prestando atención.
Quise hablar con el agua. Pretender ser un loco por un rato, o serlo de verdad frente al agua mientras charlaba con la marea, con la oscura arena que estaba por volverse más clara en contraste con el agua tras la puesta del sol; no se veía el sol, y por lo tanto, minutos después, el atardecer no aparecería como siempre: imagino que pasaría, la luz, de ser de día a la noche como si se fuesen terminando de consumir los filamentos de la vela que enciende al sol.
Así se van los días. Como gotas de lluvia que caen en otros lados antes de llegar al suelo. Si es que hay un suelo al cual llegar.
¿Cómo ser libre en este espacio que queda? Al menos se puede aspirar a una libertad horizontal, si hacia arriba y hacia abajo está todo ocupado, en teoría.
Suena como que tengo que hacer un cambio radical, pero la verdad es que tengo miedo de perderlo todo: mis comodidades, mi narcisismo, las oportunidades que tengo, aquellas que pretendo que están ahí, las puestas de sol que ya vi que no siempre suceden, la oportunidad de ir y venir.
Me río en persona porque no tengo nada.
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