Mis condolencias a todas las familias y amigos de los afectados por
los sismos y catástrofes que han ocurrido en estos días en diversos puntos del país, en especial al del día de
hoy. Fuertes tragedias impredecibles que nos deben unir como humanidad y
que debemos tomarlo como un grito de auxilio de parte de nuestro
planeta.
Tres veces un asunto.
Dos de regreso al matadero.
Un musical de pánico y destrucción.
Tengo muchas historias en la cabeza, pero ninguna toma forma.
Un montón de ciudades destruidas.
Gente muriendo por consumir una bebida.
Un compañero de la escuela desaparecido de repente.
El mundo es un caos y uno se enfoca en destruir su microcosmos.
Una prima vive conmigo desde hace unas semanas. Sé que no he sido la persona más agradable con la cual compartir casa, pero tampoco me siento en ánimos de pretender que quiero estar alrededor de alguien (por más agradable que sea), cuando quiero la soledad que disfruto.
Más que eso, el asunto no lo tomo con tanto rechazo por el hecho de compartir vivienda, mis cosas y mis desastres culinarios con alguien más: no es lo más agradable que te pueda suceder cuando tienes ya una dinámica establecida, pero no tengo problemas en hacerlo. Va más allá el asunto.
A principios de junio envié una solicitud a la Fundación para las Letras Mexicanas para obtener una beca de formación en narrativa. Harto de muchas de las circunstancias que suceden en mi trabajo de maestro (a pesar de las experiencias que he vivido, de pasármela muy bien con los alumnos y de tener compañeros muy agradables), decidí cambiar el rumbo y empezar a avanzar hacia el camino que siempre quise tomar pero por el cual nunca me atreví a dar un paso.
Tomé todo lo que tenía, me las arreglé para que saliera algo decente y redacté reseñas para cubrir los requisitos que pedían, y un sábado fui con una amiga a enviar el engargolado, sabiendo de antemano que me iba a atormentar el asunto de vez en cuando hasta que supiera, en septiembre, de los resultados.
En los meses que pasaron entre cuando envié y cuando supe, era consciente de que trataba de organizar mi vida por si quedaba, pero sentía que debía preparar asuntos por si no.
Por ahí de julio, antes de salir a vacaciones de la escuela, empecé a plantearme retos e ideas en el probable caso de que no fuera aceptado (dediqué un rato para analizar cómo son las personas aceptadas en el programa, y digamos que me di cuenta de que ser aceptado se podría tomar como una decisión arriesgada por parte de la Fundación, como aceptar a un negro en un grupo de blancos supremacistas nada más para agregar diversidad). Dije que haría tal cosa, que me dedicaría en los ratos libres a tal y cual, y que echaría a andar tal proyecto. Solo en lo último he comenzado; una de las cosas que me planteé fue mudarme de con mi padre, salirme de la casa de la playa de mi papá y buscármelas por mi propia cuenta, más cerca de Vallarta y de lugares que me podrían dar algo más que un lugar tranquilo y de descanso. Me falta más la acción que la recreación, y un cambio radical, una separación completa ahora sí de una clase de dependencia de mis padres que, a pesar de agradecerlo eternamente y de ser algo que me ayuda bastante, no deja de ser dependencia.
De lo que sucedió con mi padre y cómo seguí a pesar de todo, y cómo se complicó la cosa de la búsqueda de una independencia completa hablaré con más detalles en otra ocasión, en otra entrada. Diré que hubo sacrificios, hospitales, familiares dándolo todo, decepciones, más enfermedades sorpresas y confrontaciones. Parecía todo perfecto como un preludio a un cambio radical, como si la vida me estuviese preparando para que organizara mis asuntos y me fuera directo a la Ciudad de México a dedicarme a algo completamente diferente.
Incluso las cosas empezaron a mejorar muchísimo en el trabajo.
De verdad sentí que todo el universo se puso de acuerdo para plantearme una decisión que debía ser tomada en serio: ¿de verdad renunciaría a lo que soy para buscar ser algo diferente?
Dejé los pagos realizados de las cuentas que creí necesario arreglar desde principios de octubre, acomodé las cosas que tenía pendientes e incluso organicé y limpié la casa de mi padre.
Una tarde muy cálida, en la que llegué cansado de la escuela, que fui a comprar un mueble de plástico para acomodar una de las pocas cosas que me faltaban por arreglar, me acosté en la cama, encendí el ventilador y me disponía a dormir, a olvidarme del mundo un rato.
Encendí el celular, sin conciliar el sueño a pesar del cansancio.
Recorrí las aplicaciones y las páginas de internet como quien no tiene nada qué hacer y quiere hacer algo que no tenga importancia.
Llegué a la página de la Fundación por lo que pareció pura casualidad.
Dos días antes se habían publicado los resultados para la convocatoria en la que apliqué.
Leí entera la entrada. Tranquilo. Como si fuese una receta de cocina que no me interesa llevar a cabo, pero poniendo atención a cada detalle.
Era después de la segunda lectura cuando sentí una temperatura de sangre distinta que recorrió mi espalda al darme cuenta de que mi nombre no figuraba en ninguna parte de la publicación.
Hablé con algunas personas que sabían de la solicitud, me puse a organizar los pendientes para el día siguiente en la escuela y decidí que las cosas me valieran madres por un rato mientras me quedaba viendo a la pared.
La tristeza, el enojo, la desesperación y las ganas de romper y borrar todo lo que he escrito en mi vida llegaron después (y, gracias a la naturaleza humana, se fueron), pero en ese momento nada más éramos la pared, mis pensamientos y yo.
Me prometí un cambio. Me debía un cambio. Necesitaba y todavía necesito empezar a mover las cosas, y en esos días llegó una prima a vivir conmigo porque había aceptado un trabajo en el área.
Mi papá, por cuestiones de salud, ya no estaba viviendo aquí, conmigo, y eso resultaba una ventaja porque había planteado el caso mencionado anteriormente de mudarme, quedara o no, pero mis papás invitando a mi prima a vivir conmigo modificó la cosa.
¿Cómo puedo decirle: "prima, vienes a vivir conmigo, pues, deja te digo, me voy a otro lado, ahí te encargo"?
(Raúl dándose cuenta de que no parece tan complicado una vez viéndolo por escrito).
Bueno, ahí no está el detalle. Las cosas que me sacan de onda y que me mantienen con la guerra en la cabeza se originan a partir de darme cuenta que no me puedo quejar del asunto. Que mis papás la hayan invitado a vivir aquí está bien: es familia, sobrina directa, un tanto frívola pero no maliciosa, desconectada en su propio mundo pero acoplándose como puede a las circunstancias.
No me puedo quejar ni pude ni puedo rehusarme a recibirla.
No es mi casa.
No tengo decisión directa sobre lo que no es mío, por derecho de posesión, creación, renta o como sea. La casa es de mis papás. Ellos toman la decisión. Yo, mientras lo acepte, viviré bajo esas circunstancias.
Mientras, voy dándome cuenta de que estoy mandando la vida al carajo sin querer y adrede. Hablaré después de un antro y un reto que se convirtió en una descorazonada conquista, de alcoholes y fiestas y de cómo el cine tiene derecho y posesión sobre aproximadamente el cincuenta porciento de mis ingresos económicos, de cómo no quiero terminar una pinche tesis que no tiene sentido y de la renuncia de todo, pero hoy quiero dejar por escrito que, mientras no haga nada distinto, seguiré en estas circunstancias.
No tengo hogar, aunque suene a grito desesperado de quien nunca ha perdido nada. Pero, para mí, es verdad. Voy a casa de mis padres algunos fines de semana, duermo a veces en la casa de mi hermano, y me encuentro casi siempre en la casa de mi padre, la de la playa, la que me queda cerca de donde trabajo, pero no hay lugar que pueda llamar "mi casa". Ante los demás sí.
¿Ante mí?
Quizá por eso me la paso dándole vuelta a las historias de mi cabeza.
Tres chicos y una decisión.
Una persona queriendo olvidar a otra.
Canciones en busca de recorrer la galaxia entera.
Me di cuenta en el verano que las historias se atenúan de mi cabeza una vez que logro escribirlas en papel. Como si dejaran espacio para que otras más tomen su lugar. Descansando en físico, sin dar tantas vueltas en el aire.
Quizá esas ideas son mi casa y no las quiero dejar ir.
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