23 mayo, 2018

13. Luces en la oscuridad.

Siempre me ha fascinado la idea de que un grupo de desconocidos se reúnan en una habitación a oscuras para presenciar por eso de dos horas las imágenes que una serie de desconocidos organizaron para entretenerlos.
Y siempre he disfrutado de ser uno de los asistentes solitarios que van con la esperanza de que el precio del boleto se traduzca en un momento de sorpresa, en un ratito de diversión, en un buen susto, o cuando menos en quince minutos de un buen sueño.
Y es que las salas de cine, tan ajenas y lejanas cuando era niño, se fueron convirtiendo poco a poco en espacios seguros, en extensiones de mi dormitorio privado donde puedo dejar de lado muchos de los factores que simultáneos aparecen en mi vida para poner atención a un espacio siempre cambiante.
Me han dado mucho las salas de cine. Desde llantos nada relacionados con la película que estuve viendo hasta un par de horas de mi propia compañía. Mi primer beso fue en una sala de cine.
Aprecio mucho sentarme, recargarme en la butaca, y dejarme llevar.

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