Me encuentro saltando la mayoría de las canciones cuando estoy escuchando música. Las únicas que no hablan exclusivamente de amor son una canción a la que en realidad no le entiendo pero habla de las alas de una polilla, una que encontré en el celular de una tía (en la época en que los teléfonos nuevos venían precargados con música independiente) y canciones de musicales que no hablen directamente sobre amar a una persona, a una pareja, evitando sobre todo aquellas que siquiera mencionen extrañar a alguien.
Francamente estoy cansado de voces altamente entrenadas, de letras sencillas enmascaradas con música que quedó atorada hace más de diez años y de no comprender la letra de lo que estoy escuchando. Extraño poder colocarme los audífonos y de disfrutar de lo primero que salga sin recordar conversaciones, ni pensar "qué lástima, esa pudo haber sido nuestra canción", o "quizá me equivoqué y ya no puedo remediarlo".
Vaya, añoro imaginar personajes conversando en mi cabeza sin que sienta lo dolorosas que pueden resultar sus palabras.
Antes podía imaginar a un chico fallando al invitar a salir a otro chico que conoció en línea. Ahora sé cómo se sentirá tal chico cuando no obtenga ni una respuesta negativa al menos. No dolía imaginarlo esperando un mensaje que llegaría después de unas horas, una vez olvidada la espera por una respuesta; pero es diferente pensar que esa respuesta quizá no llegue.
Estoy revisando constantemente mi celular, aún cuando antes pasaba dos días sin él y hasta resultaba mejor para mí. La pregunta que más hago en mi cabeza dejó de ser, por el momento, "¿quién soy en realidad?", y ahora es "¿en verdad sí son muestras de interés y es igual de distraído que yo con la tecnología, o me está queriendo dar a entender que lo deje en paz?".
Me duele darme cuenta de eso, porque en realidad significa que necesitaba una persona más de lo que en verdad creía. Y no me gusta necesitar de alguien así. Veo cómo una amiga no termina con el idiota de su novio de cuatro años, aún sabiendo que él no la merece; cómo chicas renuncian a sus identidades para mantener a sus chicos felices; cómo siempre me enfurecía cuando observaba eso.
Y ahora me veo, cambiado de humor cada cinco minutos porque escuché su voz y porque no me ha hablado, esperando con ansias que esté al menos un rato disponible para conocerlo en persona y preguntándome por qué cuando siento que él no quiere lo mismo, viendo lo fácil que puedo caer en una trampa en la que no suelo caer de manera tan sencilla. Eso creía, al menos.
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