He leído miles de veces que para querer a alguien primero es necesario quererse a uno mismo. Encuentro a eso como una vil y retorcida mentira. He querido aún sin quererme, pero lo que no dicen es que querer sin quererse es doloroso. Habrán chispas que queman al hacer contacto con la piel. Las caricias dejan un rastro, como cortes que no terminan de cicatrizar. El fuego de los besos se ciñe sobre la húmeda leña, dejando una cortina de humo y de deseos que no se cumplieron.
Puedo querer a alguien más sin quererme a mí mismo. Pienso nada más en esa persona, mi cabeza da vueltas sin casar y mis ojos ven la luz de lo que tengo frente a mí. Pero los ojos son ciegos, las palabras se van y el tacto se olvida.
Lejano y cercano, efímero e inmediato, se acercan y se alejan, observando la oportunidad y viendo el rechazo. Quizá siga queriendo sin quererme, tal vez ese sea mi destino. ¿Cómo quererme cuando no puedo ver lo que hay dentro de mí, cuando el sol duele y la luna entristece?
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