Cuando tenía once o doce años, no recuerdo exactamente pero durante el viaje que hice a Estados Unidos con mis papás, se le ocurrió, quizá a un tío más que a cualquiera de mis padres, subir un edificio hasta el piso cuarenta y dos o un número de esa calaña, un piso donde las paredes eran de un cristal tan transparente que aún manchándolas de tinta podías ver los límites de la ciudad y dónde empezaban las que estaban más allá.
Tuvieron que bajarme del elevador de las greñas, y no pudieron evitar que el hijo verjoletón de mi santa madre y mi querido padre se arrastrara por los suelos cual cucaracha pisada. El berrinche fue de tales proporciones que me tuvieron que sacar del edificio y que tías que no estuvieron presentes recuerdan el incidente hasta estos días como si no tuvieran algo más por lo cual recordarme.
¿Cómo no me iba a poner así si sentí que me caía en ese vacío de color azul, con la posibilidad casi tangible de morir antes de llegar al suelo?
Tiempo después llegamos a hoy. Por las goteras y a medio comienzo de la temporada de lluvias, mi papá contrató a unos trabajadores para reparar el techo y colocar cemento en donde estaba el pasto que nunca regué, y a estos se les ocurrió dejar puesta la escalera.
Llegando, entrando a mi cuarto, abrí las cortinas y lo primero que me encuentro es el armatoste ese del otro lado de la ventana.
Bajé, salí al patio, y lo que veo es una escalera, formando un ángulo casi recto, de pie en el suelo del patio y llegando hasta el techo, sobresaliendo apenas un tramo de escalera de la pared del segundo piso.
Después de divagar un rato y de encontrarme en un estado chistoso, drenado, apagado para continuar escribiendo, me dije "Raúl: tú lo que tienes es miedo. Es hora de dejar de hablar de personajes que conquistan los suyos y hacer algo por ti y por aquel niño mimado que le arruinó una experiencia a su familia". Pensé: "no arruiné nada, cuando menos le di algo de interés al asunto", pero seguí viendo la escalera.
"Raúl, no vas a poder hablar de gente que enfrenta sus temores si tú no sientes miedo", pensé, dulce ingenuidad aquella que me invadió veinte minutos atrás, y la escalera me miró como si tuviese ojos y esos ojos me ofrecieran las más grandes recompensas a cambio de subirme a ella.
Salí, la toqué y se tambaleó. Días antes había observado la firmeza con la que uno de los albañiles daba de azotes a la escalera con sus pisadas, domando a la bestia que estaba cabalgando, y al más ligero de mis toques, el más curioso de mis tactos, la cosa esa se movió como gelatina. Subí dos peldaños y me mareé, decidiendo que eso no era para mí.
Regresé al interior, intenté seguir escribiendo y la escalera, invisible un rato atrás, se volvió todo lo que alcanzaba a ver desde afuera. Fue como cuando el vecino de atrás se desviste. Peleo con lo que creo que son todas mis fuerzas para no mirar, pero tanto la ventana como la escalera me agarran la cabeza y me tuercen el cuello hasta que son el enfoque de mi mirada. Y es que no es la escalera ni la ventana, sino lo que puede haber del otro lado, lo que puede ayudarme a escalar.
Terminé por calzarme zapatos y amarrarme bien las agujetas, por ponerme algo más que ropa interior y asegurarme que estaba bien pegada a mi cintura, tomé el celular por si llegaba a morir a medio camino o quedarme atrapado sin poder moverme. Armado con el equipo mínimo, salí al patio de nuevo, tomé en mis manos la escalera de gelatina y comencé a subir los peldaños antes de arrepentirme.
No conté cuántos fueron, pero comencé a preguntarme si hacía lo correcto antes de tener frente a mi rostro el comienzo de la planta superior.
Decidí seguir moviendo a mis pies, tratando de imitar los pasos del señor encargado de reparar el techo y traté de recordar en dónde ponían sus manos las personas que había visto subir una escalera, cómo colocaban sus pies, qué hacían cuando tenían miedo. No recordé ninguna de esas cosas. Colocaban sus pies donde debían, movían sus manos donde podían y nunca se enfocaban en la escalera, esta era solo un medio.
Peldaño tras peldaño, llegué a estar frente a mi ventana cuando empecé a sentir una sensación de calor helado drenando mi pecho.
Me detuve.
Ese pudo ser momento de detenerme, de dar media vuelta y pretender que ya había logrado subir a la escalera. Pensándolo, ya la había subido, y desde donde estaba, mirando hacia mi derecha, podía apreciar que, más allá del fraccionamiento, donde todavía se ven los rayos del sol saliendo directamente de su fuente, había un monte de color verde naturaleza, verde salvaje, verde puro delante de una neblina que hacía que los colores cobraran más vida. Pude decir que mi tarea estaba hecha, pero la verdad es que lo que quería era subir.
Quería ver cómo era la cosa hasta arriba, qué tanto se veía y qué tanto me podían ver los demás. A pasos cada vez menos decididos, dejé que mis pies guiaran a mi cabeza y llegué hasta tener el pecho al nivel del techo.
Se veía más clara y más pura esa luz. Ahí arriba, con el techo gris y sin chiste, con el montón de techos iguales a mi alrededor, vi que lo que abajo eran sombras arriba eran aires.
Bajar.
Vaya los descubrimientos de la vida, ¿eh?
Resulta que, al menos en este presente y en el pasado inmediato, lo que me da miedo no son las alturas en sí, sino que se trata más de lo que me provoca la sensación de caer.
Ahí arriba, suspendido sobre un pedazo de hojalata, flotando a unos cuantos metros de altura, me quedé sin poder moverme. Me congelé.
Ni cuando me robaron la cartera, o cuando le declaré mis sentimientos al chico heterosexual que me gustaba, ni cuando sentí que perdería el trabajo (enorme posibilidad aún latente) ni cuando me dijeron que podía tener la más intensa de las infecciones en mi cuerpo, en ninguna de esas ocasiones me detuve, pero me subí a una escalera y recordé que estaba solo en casa sin nadie que reclamara mis restos, observé que la escalera comenzaba a temblar tanto al ritmo de mis piernas que se comenzaba a despegar de la pared, sentí que tuve que bajar tanto un pie para descender un peldaño que cabía la posibilidad que en lugar de pisar la superficie resbalara mi pie en el vacío y en lugar de ser Raúl, un aspirante a escritor y eterna víctima del arrepentimiento, sería un cuerpo que velan en contra de sus deseos. O peor. Sería un lastimado, un ente que solo sirve para generar lástima y no puede lograr la autosuficiencia. Todo por la pendejada de subir una escalera en contra de su propia razón.
Con mi ventana de frente pero sin algo de lo cual poder sujetarme, cerré mis ojos, abrazando la escalera. Desde abajo quizá fui una enorme masa de carne que temblaba por una pendejada, pero ahí arriba me descubrí como una persona con más miedos de los que creía. No, no con más miedos, pero sí con fantasmas de mayores magnitudes.
Quizá es esto lo que gana uno cuando vive protegido durante toda su vida. Tal vez sigo siendo un niño y mis cuidados no me abastecen para sentirme en calma.
Vaya que aún no entiendo por qué una escalera, no, la decisión de subirme a una escalera me dejó temblando tanto que estoy sintiendo cansadas mis muñecas por resistirse al terremoto.
En un rato tuve una conversación filosófica sobre mi existencia y el significado de las cosas, sobre el miedo a subir reflejado en mi indecisión ante la vida porque quizá no sabré qué hacer cuando tenga que bajar, y esperé pisar el suelo y agacharme para besarlo o acostarme para sentirlo y disfrutarlo, pero ya no se siente cálido lo cómodo cuando has andado en el aire y me quedaron más ganas de recargarme en la pared por si me desmayaba que de mantenerme en un suelo que sé que no se va a ir.
Dicen que cuando vives atormentado por algo, todo en la vida te habla de ello.
Sentí lo peor subiendo a esa cosa, pero sé que quiero volver a subir, volver a intentarlo.
No entiendo.
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