Me siento como una niña de preparatoria con respecto a muchas cosas que escribo.
Qué pendejada, pensé hace rato, que tenga el punto de vista de alguien que se deja llevar por la subjetividad a tal grado que no me doy cuenta de que las cosas no son tan simples como creo, en primera instancia, que el hecho de empezar a identificar al gris como una tonalidad aparte del blanco y del negro no significa que haya ganado la batalla, pues resulta que no hay un solo gris: algunos parecen blancos y están decorados con una pizca de oscuridad; otros parecen penumbras, pero se alcanza a distinguir la claridad a través del brillo de sus contornos.
He estado siendo un tonto con una persona que nada más no dejo en paz porque sigo haciéndole referencia en muchas de estas entradas. Quizá gracias a la culpa generada por muchas cosas que hice, que no hice, que di por hecho.
Chingada madre.
Ganas no me faltan de borrar todo lo que he escrito. Todo. Por tratarse de cosas que no deben estar publicadas aquí, porque me dan ganas de arrancar de mi diario y tirar sus hojas al tratarse de un montón de fregaderas, porque ni siquiera sé esconder detrás de la ficción los eventos que sucedieron en la vida real y eso merece que revele todos los detalles para poder quemar los registros de las palabras a gusto, con la esperanza de que así se vaya todo volando y deje de ser un terror mental, aunque termine siendo contaminación para el aire.
Quizá no debo escribir todo esto, no debo escribir nada.
Tal vez.
Pero soy consciente de que voy a dejarlo todo tal cual, sin cambiar sus palabras, porque así, al menos, puedo darme cuenta de mis errores, de acción y de percepción, y voy a seguir registrándolo todo para poder darme cuenta de lo que hago y por testarudez.
¿Por qué escribes?, me pueden preguntar, y puedo resumirlo todo así, con eso que escribí arriba: para abrir los ojos y por testarudez. Porque, si no me sirve a mí, al menos tengo la esperanza de que le funcione el efecto a alguien más. Lo de testarudo e insistente es un defecto de fábrica (uno del que suelo estar agradecido).
Me disculpo de antemano por aquellos que mencioné y menciono, por quienes no necesitan que revele su nombre para saber de quién se trata el asunto, y les digo: me horroriza el hecho de que lean estas barbaridades y sientan que no soy yo la persona que conocen, o que soy demasiado como lo esperaban, o que soy desesperante, que no aprendo, que tengo miedos que no se entienden, que nada más no me siento a gusto con el mundo porque sí, pero no me gusta mentir, así que no puedo escribir mentiras. ¿Qué caso tiene hacerlo, si cuando lea estas cosas lo único que haré será sentir la verdad que corrompe los enunciados, que la belleza sabe a podredumbre, que se ve dónde empieza y termina la máscara?
Me dan ganas de borrar esta entrada pero no quiero hacerlo. Porque quiero, si voy a jugar de verdad a la cuerda floja, sentir qué es no tener nada que deber, nada que perder, nada que ganar.
Pienso en alguien que, si llega a leerme, siento que se decepcionará de mí, o que lo haré sentir mal.
Si llegas a leer esto, mira: recuerda que todo esto lo escribí estando en un momento en particular, que me dejo llevar por las circunstancias y que temo herirte, pero nunca te detengas de leer si así lo deseas. Mi realidad puede ser más retorcida que la versión objetiva, pero al menos es sincera durante el momento.
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