18 noviembre, 2017

Catorce.

Ayer fue el treceavo día.
De una nueva vida que llegó de no sé dónde.
La locura invade mis sentidos, más míos que nunca, pero sí están asombrados por esos ojos, profunda mirada, que no me lo dice todo, pero sí me deja ser parte.
Esas caricias llenas de intensidad, ese cielo que deja de tener relevancia si no tiene estrellas en él, las estrellas siempre están ahí, pero no siempre brillan, a veces se ocultan entre las nubes.
Vida, vaya vida. Vida de perdición, vida de impulsos, vida de dejarse llevar por una caricia, vida de compartir, vida de emoción, vida de cambiar las noches de dormir por momentos que se disfrutan con gusto.
Vida de tomarse de la mano a escondidas, recargados en el barandal de un lugar con luces de navidad.
Vida de sentarse frente a la playa, sobre las rocas inestables, y sentirse seguros.
Vida de una intranquila sensación de congeniar.
Se siente diferente, eso diré.
Sigo con el vaivén de mi vida, continúo mis caminos, alimento mis anhelos, pero se siente también que una parte diferente empieza a tomar lugar. Sin precipitarse, ni asumir, ni dar nada por hecho en esta vida, se siente muy bien este imperfecto y extraño asunto.
Hoy es el día siguiente.

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