Dejarse llevar. Todo en la vida parece que es de dejarse llevar. Se puede hacer si tienes mil cosas en la cabeza; no es afirmación, es más una pregunta.
Bailé con él. No toda la noche, pero sí hasta que sus tobillos le dijeron basta y hasta que mis rodillas no pudieron más. Entre canciones que cantábamos si nos las sabíamos o que coreábamos si nada más las reconocíamos, nos dejamos llevar. Por el ritmo, por la noche, por las miradas que nos ofrecíamos entre nosotros dos.
Ni el pasado ni el futuro importaron en el momento, mucho menos el dolor y los pensamientos, al menos por un rato. Todo fue movimiento, y cuando no lo hubo quedó el aire.
Ahí estamos los dos, desde mi punto de vista: entre el suelo y el mundo que se nos viene encima. Y disfrutamos. De las preguntas, las discrepancias, las incomodidades, los alientos compartidos, los errores del otro, las cualidades invaluables, las sonrisas arrancadas o regaladas, las miradas de pensamiento, la vida.
Tanta vida que hay.
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