No sé desde cuándo perdió su magia pero en verdad solía sentir una excitante mezcla de inquietud y expectación cada que subía a un autobús de pasajeros y viajaba desde Bahía a Vallarta, o recorría las colonias de esta ciudad. A veces sin rumbo fijo, casi siempre hacia algún cine.
Es una magia que me cuesta admitir que he perdido en gran parte, porque ya utilizo dichos transportes con el único fin de llegar a tal o cual lugar.
Antes, subir a un autobús y pagar la cuota significaba la esperanza de recorrer el camino con mi mirada, de atrapar atardeceres entre brincos y baches, de interactuar con personas que quizá se tendrían que bajar antes que yo.
Tal vez simplemente todo se volvió demasiado familiar.

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