No sólo se siente feo haber abandonado el blog desde hace más de cuarenta días, sino que tampoco es muy agradable ver cómo las entradas del diario, el cual escribo en un cuaderno que escondo en uno de los cajones de una cama que no es mía, se van haciendo cada vez más decadentes y cortas. He estado algo ocupado, lo cual puede ser una justificación del por qué dejé de escribir un poco, ya sea por la escuela, por uno que otro proyecto o por otras cuestiones, pero no me agrada sentir que tengo tantas cosas que sacar y al tener el bolígrafo amarillo que uso para escribir en el diario, las cosas se van de mi mente y me quedo solamente con la sensación de no poder más con lo que tengo dentro.
No tienen idea de cuán largos me han parecido estos días. Me he vuelto loco, he notado que las personas me miran o incluso me tratan diferente, he hecho cosas sin pensar previamente en las consecuencias que puedan tener, me he atrevido a hacer cosas que no haría si fuera el yo de antes y me arrepiento de mucho, por qué no; he cambiado.
No, no he cambiado; estoy comenzando a mostrar el verdadero yo, aquel chico que sólo conocían ciertas personas. Me harté de ser quién no era en realidad y estoy aceptando el gran reto de ser yo mismo, pero a veces tengo que recordarme que apenas voy comenzando.
Siento que en mi casa es donde he sido más honesto pero a la vez es donde he mentido más. No sólo hablo de ser gay y de las cosas que eso implica, también me refiero al hecho de ser como soy. Recuerdo una vez que una señora le dijo a mi mamá que me consideraba como un chico muy amable y feliz, a lo que mi bella mamá respondió que en la casa siempre estaba enojado o de mal humor, con leves destellos de aquella persona que los demás creen que soy. Hasta algunos de mis amigos de la escuela se sorprendían cuando les contaba eso, pues nunca me han visto así.
"¿Cómo soy?" es algo que me he preguntado bastante en los últimos días. "¿Quién soy?" llevo preguntándomelo desde que tengo memoria. "¿Por qué soy así?" es una pregunta que dejé de hacerme desde hace poco tiempo, pues nunca encontraba la respuesta y siempre terminaba enojándome conmigo mismo. Resulta que, desde hace un par de años, esas preguntas han cobrado fuerza.
Antes las veía como preguntas en un examen que debía responder para pasar con diez, escribiendo respuestas genéricas y en ocasiones sin sentido. Si me las hacían en persona era como si le dijeras a una tostadora que lave tu ropa: no sabía ni siquiera por dónde comenzar, pues las personas no suelen conformarse con respuestas genéricas. El chico con el que se supone que estoy saliendo una vez me dijo que era muy raro porque me contradecía bastante con las cosas que decía. Responder a esas cuestiones no fue una labor de mes y fracción; vivo con esas preguntas desde que comencé a razonar, pero no me atreví a pensar en respuestas hasta cuando cumplí dieciocho años, aproximadamente y no fue por haber cumplido una mayoría de edad que me hace sentir aún más inmaduro e inútil de lo que ya soy. Lo divertido es que las respuestas parecen estar al final del camino, así que debo tratar de vivir con ello. Sólo debo recordarme que debo tomar las decisiones sin precipitación, algo que no he hecho en estos días.
Aquí es donde entra la cosa de la que más me arrepiento de haber hecho: tengo una relación con alguien a quien no quiero. ¿Cómo comienzas una relación con alguien por quien no sientes nada? Pues sí sentí algo por él. Algo bello y lindo, pero que resultó ser fugaz. Más bien, fue una gran ilusión, pero la realidad resultó tener un peso mayor y lo demás se fue poco a poco a la deriva.
Todo comenzó como una canción pegajosa, romántica y adorable, de esas que quieres escuchar una y otra vez cuando tus padres no están en casa y cantar a toda voz mientras bailas unos pasos improvisados que crees que harían que esa persona te viera. Me vio aquel jueves 16 de mayo y me regaló una bella sonrisa, la cual respondí con una sonrisa, también.
En una fiesta, esa misma noche, estaba coqueteando con otro chico, pero en cuanto lo vi decidí regalarle una sonrisa, a la cual también respondió. Al día siguiente, tras una búsqueda exhaustiva, lo encontré en facebook y en menos de media hora ya estábamos platicando casi íntimamente. Ese fin de semana ya nos decíamos cosas bonitas y el martes siguiente me preguntó si quería ser su pareja, a lo que le respondí que quería ser su novio.
Sobra decir que estaba viviendo una fantasía, algo que siempre esperé vivir. Era grandioso tener a alguien con quien platicar de cosas que no podía hablar con otras personas, una persona que me dijera cosas bonitas todo el día, alguien a quien besar apasionadamente y una persona nueva con quien compartir y para descubrir. El problema estuvo cuando me daba cuenta cada vez más que esa persona no era en realidad alguien que me podía brindar lo que necesitaba.
No necesito besos, aunque son divertidos. No necesito palabras bonitas, pues me parecen redundantes y siento que muchas veces no se dicen en verdad. No quiero a alguien que me quiera cambiar. Una amiga muy sabia me dijo que, según lo que había leído de mí y lo que le había contado del chico, él parecía ser lo que siempre deseé, pero resulta que no es lo que necesito.
Ocupo de una persona fuerte que me deje entrar en su vida. Un chico con quien vivir esta retorcida etapa de mi vida y que la haga mejor. Alguien que no necesite de miles de palabras, de besos o de caricias para darme a entender que me quiere. Con que sienta algo bonito por mí, que eso sea recíproco y que esté dispuesto a coexistir con este remedo de persona sin cambiarle un detalle básico me doy.
Sin embargo, no pienso en buscar a alguien más en mi vida. Es divertido coquetear, salir con chicos y hacer cosas diferentes, pero no es algo que me urja conseguir. A pesar de tantas veces pregonar lo contrario, puedo vivir por mí mismo. Increíble, pero es totalmente cierto. A veces el drama y el deseo de tener algo más me impide ver mis riquezas. Mis amigas que siempre han estado conmigo. Los locos de la preparatoria que me aceptan por como soy. Esos de mi escuela actual que me incitan a ser yo mismo. Mis padres que me apoyan a pesar de no estar totalmente enterados de lo que sucede. Mis hermanos que hacen de la vida algo más disfrutable. Incluso aquellas personas que me provocan náuseas, dramas o dolores de cabeza son indispensables para mí.
Debo hacerme la idea de que si le digo al chico con el que salgo que no quiero más ser su novio es porque no me parece justa una relación donde sólo uno siente algo por el otro y de que es por su bien y por el mío. Necesito darme valor para hacerlo y para aceptar los cambios que se vienen como algo inevitable y positivo. Haré sufrir a una persona y puede que lo llegue a destruir por un tiempo, pero no puedo estar con alguien a quien no quiero, no le haré eso. Después de eso, veré cómo las cosas salen.
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