14 agosto, 2013

De escritores y de locos.

Pensé que la segunda recuperación de las muelas del juicio sería más divertida. Digo, tenía supuestamente la previa experiencia de haber pasado por eso a principios del verano, había preparado mejores películas y series para ver y ya sabía algunos trucos para sobrevivir con más comodidad, pero resulta que el destino torció las cosas y ya debería tener la herida cerrada. Se supone, claro. A estas alturas entraré a la escuela con el ligero dolor de cabeza recurrente de los últimos días.
El dolor no es lo que me preocupa en estos días, lo que me martiriza es el tiempo libre que tengo. Me siento un inútil al verme ahí postrado en el sillón de la sala viendo TV mientras el resto del mundo parece progresar de alguna manera. Claro, estoy escribiendo un poco por aquí y por allá, pero eso no hace mucho la diferencia a sabiendas de que puede que no progrese en ese ámbito.
Ser escritor es como mi sueño ideal en la triste utopía que imagino en ocasiones, pero es, a fin de cuentas, una utopía. Puede ser que algún día vea mi sueño realizado, es cierto; sin embargo, espero de mí más de lo que estoy haciendo actualmente porque sé que puedo hacer más. Hay veces en las que pienso "tal vez sea cierto eso de que debes dejar la primera parte de tu vida para vivir y lo demás para escribir", pero me conozco y sé que olvidaría todo si al menos no tomo nota o escribo sobre el asunto. Lo extraño es que cuando siento que estoy viviendo y miles de ideas pasan por mi cabeza, suelo concentrarme en otra cosa.
¿Saben? Tal vez ahí esté el secreto de por qué los artistas suelen ser personas solitarias. Recuerdo que hace poco leí una noticia sobre una chica que rechazó una prestigiosa, envidiable e importante beca de la NASA o algo así para contraer matrimonio con su novio. Recibió miles de comentarios al estilo de "vieja estúpida, por andar de caliente deja pasar esa oportunidad" y cosas más despectivas que dejaré a su imaginación. Pensé que era una tontería dejar algo como eso por casarse tan joven y posiblemente divorciarse algún día, pero no siento que sea una tarada por hacer eso. Tenía sus razones.
Con los artistas suele pasar lo contrario: sacrifican casi todo por hacer su arte. Vean a Erik Satie, quien se enamoró perdidamente pero terminó decepcionado y la experiencia le sirvió para su música (algo así como a Taylor Swift, pero sin la comercialidad). Darren Aronofsky y varios de la farándula se unen y se separan a cada instante y se entiende porque imagino lo complicado que debe ser mantener una relación viviendo bajo el ojo público. Emily Brontë era una marginada con mínimas habilidades sociales pero con una gran capacidad de observación que le permitió escribir un gran libro (mi favorito) y después morir en su eterna soledad -en realidad me hubiera encantado conocerla, si fuera Emilio Brontë sería mi alma gemela.
Comparto ciertas características con esos personajes: prefiero la soledad de mi hogar, existe una gran pasión hacia ciertas cosas, una interminable búsqueda para encontrar amor esperando resultados frustrantes, habilidades sociales cuestionables -aunque Darren Aronofsky frente a un público es un tipo genial- y, a los ojos de los demás, poseedores de una incomprensible inestabilidad. Escribo como si en realidad conociera a esas personas. Sin embargo, eso no lo veo como un sinónimo de triunfo. El triunfo se logra cuando tienes algo que entregarle al mundo, no cuando te reconocen por ello. ¿Tengo algo para entregar? Aún no.
Antes decía que debía entrenar mi escritura con el blog, con un diario o mínimo con un pedazo de papel y algo con qué hacer garabatos y así poder llegar a algo bueno algún día. Todavía suena como una gran idea, sigo escribiendo y haciendo lo que me gusta hacer; pero ¿cuándo tendré algo concreto? Esa es la gran pregunta que aparece últimamente y parece no irse hasta terminar en sí algo. Y lo haré.

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