18 agosto, 2013

Dentro del clóset.

Hace un rato ya, estaba deambulando por mi casa con un poco de mal humor. Ese tipo de comportamiento es "extraño en una persona como yo", de acuerdo a muchísimas personas que saben quién soy, pero dentro de mi hogar es normal que me sienta con ganas de extraerme una espina que no existe en realidad. Para calmarme un poco y evitar los ruidos --porque, al parecer, mi casa puede convertirse en una máquina de sonido de un momento a otro--, decidí encerrarme en un pequeño armario donde guardamos cosas viejas diversas (aprovechando la metáfora de estar encerrado en el clóset de manera física e interna).
Pasé una cantidad considerable de tiempo, ahora que lo pienso bien. No diré que duré dos días apresado por mi carente moral y mis pensamientos oscuros, solamente estuve un rato oculto, de pie frente a una fila de trajes antiquísimos envueltos en un fino y sucio plástico, útiles escolares que se remotan a más de cinco años, libros que presumen de cierta humedad mayor a la que posee un libro común y corriente. Me quedé viendo a cada objeto sin mirarlo realmente.
Después, escuché a mi mamá buscándome por la casa. Mi señora madre tiende a ser una de esas personas que suenan angustiadas siempre, incluso cuando no quieren aparentarlo; sin embargo, decidí disfrutar un rato más de mi soledad y no me moví de mi lugar. Escuché que la voz de mi mamá se hacía cada vez más fuerte y, cuando menos me di cuenta, ella ya estaba en la habitación de al lado. Mientras notaba que los pasos caminaban en dirección mía, miré hacia la puerta fijamente, la cual dejaba salir un poco de luz.
Los pasos se acercaban más pero lo hacían con cada vez menos velocidad, como si mi mamá me estuviera dando a entender que descubrió mi secreto. En efecto, la puerta se abrió y mis zapatos provocaron un sonido hueco cuando la madera los golpeó, pero lo único que alcancé a ver fue la mano de mi madre apagando el interruptor de la luz.
Estuve ahí, en la obscuridad y lo único en lo que pensaba era que, si estuviera en la misma situación un par de años antes, ya hubiera salido de ahí en un instante. En cambio, en ese momento me sentí bien por primera vez en los últimos días. Me sentí desconectado y libre; en parte porque, en ese armario, mi celular no capta la señal del Wi-Fi, pues el módem está ubicado al otro extremo de mi casa, pero más que nada porque el hecho de no haber sido encontrado la primera vez me daba un rato extra de soledad hasta que la preocupación de mi madre llegara a tal grado de buscarme en cada rincón de la casa.
Me sentí extremadamente bien ahí. Hubiera sido más cómo si no hubiera tanto polvo, si el espacio para estirar mis piernas al sentarme fuera más amplio o si tuviera conmigo una almohada o algo parecido, pero el olor a humedad y el sólo poder distinguir la más ligera sombra de un par de objetos en la penumbra me daba cierta comodidad.
Estando ahí pensé en todo y en nada al mismo tiempo. Cómo no quiero ir mañana a la escuela por el simple hecho de tener que compartir el mismo aire que ciertos compañeros, la idea de que, al regresar, el vehículo en el que regresaré a casa estará lleno de personas queriendo socializar alegremente; imaginé un lugar distante y acogedor, con una ventana por la cual se podía apreciar una calle accidentada y casi colonial, un libro acompañado de una taza de té, un montón de hojas llenas de garabatos que se traducen en oraciones que salieron de mi cabeza, un ambiente frío pero acogedor y la esperanza de que llegue alguien que nunca aparecerá; los pensamientos que me llevan a cuestionar si lo que hago está bien o no, por qué estoy así, la necesidad de escribir cómo sería mi vida si hubiera tomado decisiones diferentes y mi subconsciente forzándome a imaginarle a esa nueva dimensión un final peor y catastrófico para apreciar lo que tengo y lo que vivo; reflexiones sobre cómo funciona mi mente, cómo le harán los psicólogos para ayudarte, la facilidad con la que puedes terminar con tu propia vida y mi inhabilidad para hacerlo de la manera fácil y rápida (algo que me debería alegrar, de hecho); mis ojos cerrándose, mi cuerpo buscando la posición menos incómoda, la sensación de frío que llegaba desde el suelo hasta mis brazos, mi cabeza recostada sobre una pelota de plástico desinflada, mis pies deteniendo suavemente la puerta y el silencio, sobre todo pensaba en el silencio.
De nuevo los pasos aparecieron, pero cuando me di cuenta de todo ello, la puerta estaba golpeándome en la suela de mi calzado, lo que impedía que se abriera más de unos centímetros. Con un poco de esfuerzo, vi que mi mamá había encendido la luz del cuarto y me incorporé para actuar con normalidad. Noté que su angustia había aumentado un poco (no tanto como para preocuparse mortalmente, pero se veía angustiada, eso sí) y hasta después me di cuenta de que tenía aspecto de joven suicida/drogadicto/deprimido, lo cual dio lugar a una serie de preguntas al estilo de "¿qué haces aquí?", "¿qué tienes?", "¡¿qué tienes, en serio?!".
Me hubiera gustado hacer una escena y llamar la atención de mis padres, o algo por el estilo, pero no se sentía bien. Es simplemente un poco de drama tipo no-quiero-entrar-a-clases-mañana, lo sé; sin embargo, es sorprendente la clase de pensamientos que pueden surgir a partir de un rato de desolación.

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