30 agosto, 2013

Desesperación.

Anoche no pude dormir. Sentía que tenía montañas de tarea y no las hacía. Tomaba cualquier objeto rudimentario que encontrara a mi alcance y me perdía horas con eso. Ponía un vídeo para relajarme un poco y terminaba casi viendo una película. Fue hasta las cuatro de la madrugada de ya el día de ayer cuando al fin terminé mis deberes y me fui a la cama, insatisfecho por supuesto.
¿Deprimido? No, no lo creo. Tal vez con aquella tristeza que llega sin razón aparente y que te hace perderte en el tiempo con el deseo de ver cómo todo el mundo gira mientras te detienes sin darle la más mínima importancia a miles de acontecimientos. ¿Estresado? Un poco, pero no en realidad. De haber estado en esa situación, me hubiese preocupado por apresurarme un poco a terminar mis cosas e irme a dormir en lugar de estar buscando el fruto prohibido en páginas ocultas. ¿Cansado? Sí, pero con la necesidad de seguir despierto.
En los últimos días me han entrado las ganas de renunciar a mi pasado, a todos los errores que he cometido e incluso a los que estoy cometiendo en estos momentos o los que quedan por cometer. Me agobia el espacio, el tiempo, las sonrisas y los llantos. Quiero gritar pero no tengo la necesidad de hacerlo. Tengo unas inmensas ganas de golpearme en la cabeza repetidamente pero no siento que sirva de mucho.

Desde que tengo veinte años, me he dado cuenta de que hay cosas que sí han cambiado en mí. Me distraigo con más facilidad, estoy aprendiendo a responder ante los ataques de la sociedad, he logrado (minúsculos) avances y hasta siento que llevo a cabo cosas que siempre esperé hacer. Si la cosa pinta tan bien, ¿por qué siento que está mal? Sobre todo desde esta última semana, todo va descendiendo en una interminable espiral a la cual no se le ve un fondo.
Es gracioso notar que el aprender a reaccionar ante más situaciones me ha hecho muchísimo más sensible. Puede que se deba a que poco a poco me voy dando cuenta de más cosas y percibo ciertos significados en los que antes ni siquiera me atrevía a pensar, pero ya no puedo escuchar a mi madre reprimiendo a mi hermana sin sentir que me hago más pequeño en el mundo, es difícil darme cuenta de que ciertas acciones que realizo hieren un poco a personas a quienes quiero y estimo y me parece absurdamente abrumador sentirme mal con casi todo mundo al no poder quedar bien con los demás.
Es agotador sentirme así y me enoja bastante el darme cuenta de que aún busco desesperadamente encontrar un lugar en este mísero mundo que sé que no me aceptará hasta que tenga el valor de ser yo mismo, pero no puedo dejar de pensar que siento que estoy engordando bastante, de repente noto que emerge un álter ego afeminado y que suelo despreciar, siento que me estoy convirtiendo en una basura para cosas que solían encantarme y otras situaciones similares que me dicen que los cambios que he sufrido han traído consigo un odio irracional hacia mí mismo.
En cuanto a lo físico, no creo recaer en un trastorno, sería muy difícil que me pusiera a ejercitarme en estos momentos y por nada del mundo dejaría de comer bajo mi propia voluntad al tener el privilegio de encontrar deliciosa comida en buen estado en la comodidad y seguridad de mi hogar, pero veo que mi ropa no es bonita, mis prendas favoritas están bastante desgastadas y ya no me quedan como deberían, hay playeras que no puedo ni mirar porque siento que me hacen ver como un barril forrado con plástico y mi apariencia, a mi ver, es como la de una persona que grita por aparecer en un episodio especial de ¡No te lo pongas! Me siento gordo y mi respuesta natural es comer para sentirme mejor por dos segundos (y arrepentirme tres días).
Y no sólo es el gradual cambio de tamaño anti estético, sino que también mi comportamiento está sufriendo de un toque de rosa. ¿Serán los "estímulos" femeninos y estereotípicamente homosexuales de los que me rodeo últimamente? ¿Es una especie de fase? ¿Así seré en realidad? ¡¿Así soy?! No quiero sonar como un idiota que se dedica a difamar a un grupo de personas que no merecen ser despreciadas por algo que son, que aceptan y de lo que deben estar orgullosos, pero mi subconsciente aún no lo acepta como algo natural y eso me preocupa bastante. Me siento depravado al vivir constantemente rodeado de burlas hacia este grupo de maravillosas personas y no hacer nada para cambiar las cosas. Veo cómo compañeros imitan ser afeminados para conseguir unas cuantas risas (y consiguen una reacción diez veces más positiva que la que obtuve cuando conté el único chiste bueno que he contado en mi vida, el cual ya olvidé, por cierto). Hasta hace poco me atreví a defender a un amigo cuando escuché que una compañera se burlaba de él por su manera de hablar. Y, hablando de la escuela, ese pozo infame de la escoria humana se está convirtiendo en un lugar cada vez más ruin y despreciable.
Desde mi primer semestre en esa escuela (ya curso el quinto), cuando tuvimos que organizarnos para participar en el concurso de altares de muerto --el cual tiene un carácter obligatorio para todos los estudiantes de mi casa de estudios actual--, observé que hay personas maravillosas y que cada uno tiene algo bueno dentro de sí, pero el conjunto deja sacar lo peor de cada uno y la cosa puede volverse repulsiva y difícil. Recuerdo que una amiga una vez me dijo que solamente con entrar a esa aula podía notar un aura negativa y casi se ponía de mal humor al instante; nunca fui partidario de lo de las vibras, la religión y cosas de esa --al menos cuando estás hablando muy en serio--, pero lo que decía era la exacta verdad.
Lo que me mantiene ahí son mis ganas de terminar esa carrera, el entusiasmo por ser un maestro decente algún día de mi vida y el simple hecho de divertirme ahí siempre y cuando me enfocaba completamente a lo importante, que es la escuela (y ocasionalmente a mis amigos, pues hay personas que en realidad valen la pena ahí). Hoy vi mi entusiasmo destruido por completo al exponer una simple lectura, apoyado de un cuadro sinóptico lleno de colores y con unos graciosos y lindos dibujos que realizó una amiga.
Sé que le doy muchísimo más importancia al asunto de la que en realidad merece, pero me sentí humillado y destruido. Al principio, comencé con la seguridad con la que comienzo al explicar ciertas cosas, pero había algo inusual en el asunto. Estaba ese extraño silencio habitual que aparece cuando estoy hablando frente al grupo, pero algunas miradas parecían diferentes. "¿Qué es lo que sucede?", pensé, "¿qué es lo que tengo, por qué me miran así?". La gran mayoría del grupo me ignoraba y lo agradezco, pues los demás parecía que pensaban "¿qué le pasa a ese tipo? Antes mínimo solía hablar bien frente al grupo".
Estaba apestando en grande. Me trababa más de lo normal, por ratos olvidaba de lo que estaba hablando, lo que decía no tenía sentido y todo eso hacía que me decepcionara de mí mismo. Traté de recuperarme un poco mirando a la lámina y dándome unos cuantos segundos para enfocarme en el momento, pero cometí el grave error de mirar a una compañera que parecía burlarse de mí (la considero mi amiga, o no sé si sigo pensando lo mismo después de analizar un tanto las cosas, pero no siento correcto mencionarla como "mi amiga" en estos momentos). Estaba justo en medio del aula, rodeado por equipos de trabajo amontonados, tratando de salir adelante con la explicación de una simple lámina de un texto que domino, pero lo único en lo que pensaba era en el otro día cuando esa misma compañera me dijo al oído durante una clase de ese mismo maestro:
—Tú eres como ese maestro.
—¿Cómo? —musité para que nadie más me escuchara.
—¡Mira! Mueves mucho las manos, te falta control del grupo... eres así como él.
Miré al individuo en cuestión repitiendo cosas penosamente, moviendo las manos con entusiasmo para tratar de llamar la atención de un grupo que sólo pensaba en cientos de insultos y miles de burlas hacia ese profesor, tratando de callar a un grupo de alumnas que lo ignoraban por completo. Me sentí mal por él, la verdad, pero también me sentí mal por mí, pues ella tenía algo de razón.
—Así los alumnos no te toman en serio —dictaminó ella.
Traté de pensar en al menos una sola contestación adecuada, pero sólo pensaba decirle "no es cierto", "en lugar de distraerte por cosas que no tienen importancia deberías de una vez por todas tratar de aprender algo; a eso vienes, no?", "¿y qué tiene?" o, mi favorita en el momento, "mira, perra, te he visto dando clases y al menos las preparo como debe ser y sé lo que quiero que los alumnos aprendan, como mínimo", pero no me atreví a decir ninguna de esas cosas.
—Como sea —terminé contestando.
Verán, mi mencionada compañera suele ser demasiado directa con las cosas, y en su caso es algo admirable, la verdad. Parte de mí aprecia que haya tenido el valor de decirme a la cara algo que no muchos se atreven a decirme, pero también sentí que, de no encontrarme en un salón de clases lleno de distracciones, me hubiera puesto a llorar. Y estuve a punto de hacerlo o de pedir permiso para ir al baño (y regresar con los ojos sospechosamente hinchados por el llanto) cuando me di cuenta de que ella le estaba contando a unos tres o cuatro compañeros lo mismo que me había dicho a mí.
Está bien si va conmigo y me dice eso, pues es una cuestión que sólo me incumbe a mí si la tomo en el plan "es algo que me ayudará a mejorar en un futuro", pero sigo esperando saber cuál es la necesidad que ella tiene de gritar al mundo cada cosa que pueda provocar comentarios. Supongo que al ver que no obtuvo la reacción que esperaba de mi parte, lo intentó con otro grupo de compañeros y ya no me tomé la molestia de prestarle atención al asunto, pues quería concentrar mis energías en controlar mis emociones y en tratar de regresar la atención a la clase. Aquello resultó imposible, pues miraba al maestro y veía todos mis errores proyectados en él, errores de los que no me doy cuenta cuando los cometo. Sentía las miradas de juicio de parte de otros compañeros. Sabía que ella estaba tratando de llamar mi atención, pero si cedía juro que estaría a un pelo de gritarle a mitad de la clase.
Esta última vez también quería gritarle o hacer algo para que se detuviera, pero también me sentí impotente. Con la mente en blanco, con muchas más miradas observándome, sintiéndome con ganas de estrangularme y sin saber qué hacía, continué hablando y me desquité un poco cuando cuidadosamente levanté mi dedo medio de la mano izquierda para que sólo ella lo viera, pero el momento empeoró cuando noté que la chica se volteaba hacia su equipo de trabajo, les murmuraba algo y una sonrisa comenzaba a emerger en cada uno de ellos. Primero comenzó a mirarme juiciosamente una compañera a la que le tenía respeto; llegué a notar que me señalaba distraídamente con el dedo. Luego, una compañera rió un poco, aunque con ella inesperadamente no me molestó. Sin embargo, cuando otra chica que creía que era mi amiga, de esas amigas que no se burlan de sus amigos aún y no haya razones para no hacerlo, estaba aguantando la risa, mirándome lentamente, esperando a que cometiera el más mínimo error para caer ahora sí. Terminé por interrumpir abruptamente la exposición tras ver que en mi equipo me miraban con un poco de lástima, pero tratando de apoyarme. Tomé asiento en mi lugar, aún sintiendo las miradas cuando trataba de concentrarme en la exposición de una amiga que lo hacía infinitamente mejor que yo.
¿Por qué? ¿Por qué me resisto a dormir por más sueño que tenga? ¿Por qué no termino de una vez por todas con las cosas de la escuela? ¿Por qué pierdo tanto tiempo? ¿Por qué me dan ganas de buscar un sitio para llorar y no encontrarlo o, al llegar ahí, ser incapaz de derramar una lágrima? ¿Por qué no me enfoco en mejorar mi relación con mis padres y hermanos? ¿Por qué no puedo cuidar a mi perro como se debe o limpiar la casa cada que pueda? ¿Y por qué ahora sí siento la necesidad de golpear fuertemente mi cabeza? Estoy seguro de que, justo ahora, no sentiría ningún dolor.

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