Hoy parecía ser un día común y corriente, sin inspiración alguna para escribir algo y, en su lugar, dar vueltas en el suelo (figurativamente) tratando de sacar adelante las cosas. Sin embargo, eso de encontrar desconocidos que intercambian diálogos rápidos y extraños puede ser interesante.
En la escuela no sucedió algún evento destacable, antes de eso ni siquiera recuerdo lo que hice y lo único que puedo subrayar del día de hoy es el humor punzocortante que poseí durante gran parte del día. Uno de mis compañeros me dijo que esa afección podía ser nombrada como "síndrome pre-menstrual masculino". No estoy seguro de poder menstruar, pero me pareció ligeramente adecuado tal nombre.
Al terminar las clases y después de platicar un poco con una amiga, decidí emprender mi camino hacia el lugar donde tomo el transporte para salir de la ciudad y poder llegar al pueblo donde vivo, andando a pie por las aproximadamente ocho cuadras que marcho para llegar a tal lugar.
He escuchado en repetidas ocasiones cosas como "¿y no te da flojera caminar tanto?" o "¿por qué no tomas el camión que te deja justo en la parada donde tomas tu combi?". Casi siempre contesto con una risa despistada o digo que es para "hacer pierna", pero la verdad es que me agrada caminar por ahí.
Una amiga no hace el recorrido porque creen que la pueden asaltar o robar. Aunque mi travesía por ese barrio suele ser más que placentera, acepto que suelo llevar mi botella de agua a la mano por si alguien decide aprovecharse de mí (puede que un golpe así sea tonto, pero fantaseo con un asaltante tratando de robarme y responderle al vaciarle la botella en la cara).
Estaba ahora disfrutando normalmente el camino, en la soledad pensativa que me agrada, cuando escucho al pasar que una voz de mujer se dirige hacia mí. No me llamaron por mi nombre --resulta que me llamaron por el nombre del chico con el que estaba saliendo hace poco-- pero fue evidente que sí me hablaba a mí. Detuve mi caminar y desde ahí volteé hacia aquella voz.
Había un automóvil gris con la puerta del copiloto abierta y ahí adentro estaban sentadas dos chicas de veintitantos. Recargado junto al auto había un chico que platicaba con las jóvenes mientras vigilaba a un niño pequeño. Como suelo caminar rápido en esas circunstancias, estaba a un par de metros de distancia de ellos, pero vi claramente la expresión de emoción en sus rostros cuando vieron que me había volteado hacia ellas.
—Oye, tú —dijo la chica que se encontraba más adentro en el auto—, ven.
Al escuchar eso, mi respuesta inmediata normal hubiera sido "¡sal de ahí corriendo inmediatamente, maldita sea!", pero mentiría si dijera que no me dio curiosidad el asunto e involuntariamente me fui acercando.
—Tienes una amiga lesbiana, ¿verdad? —dijo la otra chica. Tenía una gran sonrisa de curiosidad en el rostro y parecía ser muy agradable y relajada.
Dejé escapar una risa pequeña. Definitivamente estaba interesado en lo que tenían que decir y les respondí.
—Tengo varias amigas lesbianas.
—¿Estás en la normal? —dijo la otra chica. Ésta tenía una apariencia más "lesbiana" que la otra chica, con el pelo desaliñado, una blusa anaranjada alegremente descuidada y con movimientos más bruscos. Su sonrisa estaba en el borde de lo burlón, pero hablaba en un tono de voz que evita que te sientas juzgado.
La pregunta me pareció un tanto fuera de lugar, puesto que estaba portando el uniforme de la escuela en esos momentos.
—Sí, en la superior.
—¿Estás en educación física? —preguntó la amigable, vestía una blusa azul marino.
—No, ¿estás en cívica? —interrumpió la otra.
Estuvieron discutiendo breve pero ágilmente por unos segundos (me sorprendió lo rápido que se desenvolvió la conversación y el frenetismo del intercambio de palabras), por lo que casi tuve que interrumpirlas para hablar.
—Estoy en matemá--
Obviamente no pude terminar porque ellas hicieron como si habían adivinado lo que acababa de decir.
—Sí, te habíamos visto con la muchacha —dijo la de azul.
—¿Cómo se llama? —habló la de naranja.
—¿Para qué quieren saberlo? —confesé.
—¿Te parece guapa? —dijo la de naranja.
—No sé, ¿por qu--
—¿Cómo se llama? —la de naranja parecía interesada en saber los detalles de mi amiga—. Ándale, dinos porfa.
No sabía a cuál de mis amigas se referían, pero tenía que ser una de las dos que tengo en mente.
—¿Hay muchas lesbianas en tu salón? —preguntó la de azul.
—No lo sé. Soy amigo de dos, que yo sepa.
—Pásanos el número de una.
—¿Para qué lo quieren?
—Ándale, tú pasalo.
—¿Para qué?
—Para hablarles y salir y así —habló la de naranja—. Te invitamos, si gustas.
—Tienen novias... las dos.
Las dos chicas hicieron caras de decepción y después comenzaron a reír. No recordaba que estaba el muchacho todavía ahí, observando atentamente a la plática, pero el niño había desaparecido.
—¿Eres gay? —dijo la de azul.
En el par de segundos que tardé en contestar, sentí que en mi cabeza se llevaba a cabo un épico debate: "decirles que sí o que no". Mi boca ya estaba queriendo balbucear un "no" por respuesta, pero me dio igual en ese momento, las dos chicas eran obviamente lesbianas, al chico no parecía importarle y me sentía cómodo con el ambiente alegre y bromista que se mantenía, así que les di el "si".
—Mira, qué perfecto —dijo la de naranja—, éste también es gay.
Hasta ese momento pude ver al chico. Un chico también en sus veintes, más o menos de mi estatura (un poco más bajo, tal vez), vestía ropa modesta pero cómoda, su piel del característico moreno de la región y se veía un poco más introvertido que sus amigas, pero no resultó serlo tanto después de todo.
—¿Tienes novio? —dijo la de azul, volteando hacia mí.
Contesté un tímido "no".
—Ya estuvo, ya son pareja ustedes dos —dijo la de naranja—. ¿Cuántos años tienes?
—20...
—Más que perfecto —dijo la de azul mientras coqueteaba con las cejas hacia el otro chico.
—Te hicimos el paro —añadió su amiga—, ahora salúdense mínimo.
El chico no reprimió la expresión de "voy a matar a las dos en cuanto pueda", lo que sólo provocó que las risas de las chicas fueran en aumento. Me pareció bastante gracioso todo eso y le tendí la mano para saludarlo. Cuando me contestó el saludo, mencionó su nombre y le di el mío.
—Ahora beso —dijo la de naranja.
No recuerdo muy bien todo lo que se dijo en ese momento, así que éste será un retrato imperfecto de lo que percibí en la escena, pero lo siguiente fue más o menos así:
—Tampoco, eh —contesté—. Todavía no, no te conozco bien.
—¡Pero si ya eres mi esposo! —bromeó el chico. Las chicas rieron.
Vi al niño que había desaparecido salir de una puerta y se puso a saltar frente a nosotros mientras las chicas me dieron sus nombres también. El niño se me acercó, sonrió, me dijo su nombre (el cual ya no recuerdo, qué pena) y se escondió otra vez dentro de la casa.
—¿Y te gusta salir? —dijo la de azul.
—Casi no, a ve--
—Vámonos de rol aquí en el carro, ándale.
—¿Cuándo? —respondí entre risas.
—Ahorita nos vamos, ¿verdad? —la de azul miró hacia sus compañeros, quienes la alentaron con su idea improvisada.
—No lo--
—Si te invitamos a salir, ¿te nos unes?
—¿Salir? —me estaba cohibiendo un poco, pues podía deducir que eran personas a quienes les gusta festejar en grande y me comenzaba a sentir fuera de lugar, pero decidí continuar con el juego.
—Este sábado nos vamos a un lado por ahí nosotros y sirve que ves a tu esposo.
Era muy divertido todo y por un segundo confesaré que estuve a punto de acceder, pero eran extraños para mí y tenía que dejar salir a la voz de la razón.
—Éste no puedo porque es el cumpleaños de mi hermana —y antes de que pudieran objetar, añadí—: y no es una excusa inventada para no salir con ustedes.
—¿Por dónde vives?
—Aquí a la vuelta, vivo en el pueblo.
Fue cómico porque parecía que estaban a punto de reír, pero en su lugar dejaron salir una expresión de confusión.
—Pues sí vives lejos, ¿eh? —asentí al comentario de la chica de azul—. Y estudias aquí y todo. Está bien.
—¿Y en qué te vas? —habló el chico.
—En combi.
—¿Y cada cuánto pasan? —preguntó la de naranja. Diría que habló por primera vez tras un largo silencio, pero contribuía a la conversación con una que otra broma ininteligible para mí.
—Cada rato hay, allá la tomo —dije, señalando a mi destino; la esquina donde tomo el transporte ya estaba sólo a una cuadra y media.
Por un momento, creí que había lanzado uno de mis involuntarios e incómodos "asesinos de conversaciones" y que podría irme tras una extraña y agradable plática, pero en un segundo los tres chicos seguían bromeando conmigo acerca de ir a mi pueblo a pasar el fin para que no tenga que volver a la ciudad. Hubo un rato en el que creí que hablaban en serio.
—Pásame tu número —dijo la de azul. De nuevo, sus compañeros la alentaron.
Está bien, jovencito, es hora de pensar las cosas. Una cosa es platicar con extraños, otra es hablar de tus amigas lesbianas con ellos, también el decirles que soy gay así de la nada no es algo que haría con todos y menos casi-aceptar una invitación para salir, pero darles mi número es otra cosa, a mi ver.
—No lo sé.
—Ándale, somos buena onda —defendió la de naranja.
—Sí, para que estés en contacto con tu esposo —dijo el chico.
—Dáselo a él —interrumpió la de azul mientras señalaba al otro chico—, mi celular se descargó.
—O que él te de el suyo, mejor —añadió la de naranja.
"Está bien, el chico parece dispuesto a darme su número y aceptar un número es algo diferente de dar el mío. El que estén dispuestos a darme sus números da a a entender de que no es con fines macabros", pensé por un momento, pero entonces me di cuenta de que el aceptar un número implicaba ser aquel que enviara el primer mensaje o que hiciera la primera llamada, algo que me parecía muy complicado para mí.
—Mejor te doy el mío —le dije al chico. Sus amigas estaban que no cabían de la emoción.
El chico parecía un poco lindo. Digo, había algo en él que se veía un poco "sucio", pero parecía divertido y agradable, aunque lo único que sabía de él era que era amigo de aquellas dos chicas, porque su nombre ya lo había olvidado.
Le di mi número de celular y, antes de despedirme, miré a cada uno para recordar sus nombres. Sin embargo, cuando miré al chico me quedé callado y notaron la larga pausa.
—¿Cómo se llama, ándale? —dijo la de azul entre las risas de la de naranja.
—¿Esposo?
Todos rieron y el chico me repitió su nombre.
—Luego te llegan los mensajes de amor, eh —dijo la de naranja.
—Y nos respondes para salir un día —añadió la de azul— ésta es mi casa para cuando gustes—dijo mientras señalaba a la puerta por donde desaparecía el niño.
Me despedí de los tres con un saludo de mano, otra broma y unas cuantas risas. ¿Quién diría que mi día mejoraría inmensamente tras una pequeña plática con gente desconocida? ¡Y con minorías en esa "ciudad" tercermundista! Fue tan extraño, pero siento que me agradaría pasar por ahí de nuevo y encontrarme a los tres chicos en ese mismo lugar por el cual ya había pasado un millón de veces antes. Sería divertido encontrarlos un día de éstos.
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