08 septiembre, 2013

El chico que no existe.

A continuación les dejo un texto que escribí la mañana del 15 de febrero de este año. Fue para un concurso de la página de facebook de la Librería Porrúa; lo que no me di cuenta fue que era para ganar un libro de autoayuda para mujeres, pero fueron increíblemente considerados al darme un segundo lugar y enviarme un libro bastante agradable, los aprecio aún más de lo que ya lo hacía antes. Aquí dejo el texto porque me siento algo orgulloso de él y porque relata brevemente algunos eventos que tuvieron lugar en mayo del 2012 y que me han hecho crecer interiormente, por así decirlo. El concurso se llamaba "Enganchados", así que ya se imaginan de qué trata lo siguiente.
A lo largo de mis casi veinte años de vida me he "enganchado" de muchas personas. Recuerdo que a los catorce años me enamoré de una compañera de mi secundaria y siempre estuve ahí para ella, aconsejándola sobre cómo estar mejor con su novio y ella ayudándome a salir de mi caparazón, pues siempre he sido un chico bastante tímido.
Muchos enganches son interesantes, muchos son divertidos y muchos son dolorosos. A pesar de no haber estado en una relación completamente estable, he tenido varias citas y muchos más encuentros espontáneos. Tengo historias y relatos, sin embargo, si me llegaran a preguntar cuál fue el primer enganche para mi, les contaría la historia de cómo me enamoré hace apenas un año de un chico de mi salón.
Sucedió durante el segundo semestre que cursé en una escuela de educación superior, durante los preparativos de la semana cultural. Durante esa semana se llevan a cabo un gran número de concursos, siendo uno de ellos el concurso de canto. Después de que se animaran dos jóvenes de mi salón a participar, alguien tuvo la brillante idea de buscar personas que tocaran instrumentos para acompañar a los cantantes y tener mayores posibilidades de ganar un premio.
Ahí es donde entro en la historia y donde el chico que me enganchó se involucró también. De las casi sesenta personas que hay en mi clase, dos confesaron saber tocar la guitarra, siendo uno de ellos el enganchador. Le llamaré Joel para efectos de brevedad, a pesar de que ese no es su nombre verdadero. A tres semanas del concurso, un amigo descubrió que había tomado clases de piano por un año y, después de cinco minutos, el grupo entero sabía de ésto, lo que me llevó a participar también.
A partir de mi inclusión y por obvias razones comencé a asistir a los ensayos. Normalmente uno de los vocalistas se ausentaba y por lo regular los demás solían llegar media hora tarde, pero un día Joel llegó temprano. Ese fue el día que me enganché de él. Tal vez fue el hecho de que lo vi caminando por un sendero de árboles (pues adoro los árboles) o fue el nerviosismo que tenía cuando se sentó frente a mi teclado y le ayudé para que tocara una pequeña melodía. Quizá fue el calor corporal que sentí cuando puse mis manos sobre las suyas para enseñarle a tocar mejor.
No lo sé, pero desde ese momento, cada vez que ensayábamos tocando con nuestros respectivos instrumentos una melodía de José José, mi mirada buscaba a la suya y él me respondía con una dulce sonrisa.
De repente me sentía atraído hacia su persona. A sus ojos que veía como dos luces que iluminaban mi día entero. A sus manos que podían tocar la sección amarilla y se escucharía maravilloso. A su sonrisa, que me enamoró con un solo movimiento. Cada vez buscaba momentos a solas con él. Trataba de encontrar algo que me permitiera seguir más adelante y que me dijera que estas no eran señales que se creaban en mi mente.
Poco a poco él interactuaba más conmigo. También es un chico tímido, muy callado y reservado, pero estaba dejando eso de lado y me estaba permitiendo ver al verdadero Joel. Me estaba enamorando tanto que si mencionaba una canción, esa misma noche pasaría horas practicándola para tocarla al día siguiente. Aquel día que toqué la de “Clocks” de Coldplay y él quedó impresionado. Es una canción bastante fácil de tocar en el piano, pero él se impresionó por cómo la tocaba, por el sentimiento que dijo que yo le ponía. Tanto que quiso que le enseñara a tocarla.
Menos de una semana antes del concurso, hubo un conflicto en mi grupo por ciertos comentarios y se decidió que sólo uno de los vocalistas iba a participar y que este iba a utilizar una pista en lugar de nuestro acompañamiento. Obviamente los cuatro que quedamos sin participar nos sentimos afligidos y decidimos aprovechar de los permisos que nos habían otorgado los maestros para saltarnos algunas clases. Uno de los vocalistas se fue, el otro guitarrista también, pero Joel y yo buscamos un aula vacía y nos metimos ahí adentro a tocar nuestra canción del cisne, nuestra melodía de despedida.
Estaba atardeciendo y las notas que tocábamos se perdían en el aire. Luego de tocar la melodía que practicábamos se acercó a mí para que le enseñara a tocar su canción. Estaba a unos centímetros de mi, podía sentir que su corazón palpitaba con rapidez y me di cuenta que era la oportunidad perfecta para algo. Para decirle lo que siento, para un beso, para un suspiro. Opté por el suspiro y luego de un rato nos fuimos de ahí. Ese fue uno de los más bellos, simples y puros enamoramientos que he tenido y culminó con una melodía.
¿Quieren saber qué pasó después? Un amigo me ayudó para llenarme de valor y le dije lo que sentía. Lo tomó con respeto y dijo que nada cambiaría, pero también dijo que a él le gustaban las mujeres, por lo que no podía sentir algo por mí. No mentiré y diré que lo tomé a la ligera en un principio, pues hubo muchas señales que me decían que había algo ahí. Fue difícil durante un par de meses porque está en mi grupo y creo que máximo dos personas saben lo que sentí por él. Sin embargo, no me arrepiento de haberle dicho lo que sentí ni de los sentimientos que tuve por él.
Los demás pueden verlo como una blasfemia o como algo enfermo, pero, a mi punto de vista, fue algo maravilloso haber sentido algo por él, pues sentir algo por alguien, aunque haya sido un simple enganche, me hizo darme cuenta de que mi alma está con vida.

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